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JOSÉ NODIER

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LOS PRIMEROS VEINTE AÑOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Los presupuestos se deciden en nichos políticos, y allí debe haber un representante de la cultura

Casi siempre, como estamos montados en este vehículo demencial que es Colombia, cuyas velocidades de montaña rusa desquician al más cuerdo, pensamos que la realidad es inmutable: que solo hay corrupción, políticos mentirosos y oportunistas, doble moral, cinismo, pirañería, canibalismo tribal, bellos paisajes, ciclistas valientes, deslealtades, pragmatismo hirsuto, mujeres sacrificadas, perros envenenados, reinas de belleza, en fin, creemos que la tragedia o su inminencia nos respira, con su aliento fétido, en la nuca.

La verdad es que pocas veces, al dejar de lado el látigo mojado de la autoflagelación, advertimos procesos e instituciones que nos hayan mejorado como nación, no como el arrejuntamiento de instintos en que insistimos en ser, sino como ese generoso cuerpo colegiado de hombres y mujeres que camina caminos de ilusiones compartidas.

Digo hoy del Ministerio de Cultura. La historia de esa entidad es reciente. Si bien en Colombia copiamos un poco la arquitectura institucional francesa para acometer tareas propias de políticas públicas y de gestión cultural, el inicio del Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, en 1968, en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, una entidad adscrita al Ministerio de Educación, marca un antecedente histórico. Su radio de acción fue muy limitado, toda vez que se centró en promover el folklore y en fortalecer museos y algunas bibliotecas, pero su carácter centralista y su noción bipolar de la cultura, lo popular y las bellas artes, cohibieron su desarrollo nacional.

El Ministerio de Cultura, en medio de una intensa polémica, fue creado después de la expedición de la Ley General de Cultura, en 1997, y su singular diseño, propiciado por su primer Ministro Ramiro Osorio, por Alberto Casas Santamaría y por Juan Luis Mejía, ha permitido que sus programas y recursos copen la geografía nacional.

La cultura sigue hoy, no hay duda, siendo un asunto de menor importancia para nuestros dirigentes políticos, sociales y gremiales. Se entiende, obvio, que las inversiones de los distintos gobiernos no han sido suficientes. No obstante en el Ministerio de Cultura opera bien la asignación de recursos, las reglas de juego son claras y conocidas por todos.

Tener un Ministro como cabeza de playa ha mejorado en forma sustancial el presupuesto para la gestión cultural, como ocurrió con la decisión de tener un Secretario de Cultura en el departamento del Quindío. Los presupuestos se deciden en nichos políticos, y allí debe haber un representante de la cultura.

En 20 años de gestión el Ministerio de Cultura formuló políticas públicas para el sector, organizó un programa equitativo de concertación, el Plan de Música para la Convivencia, promulgó la ley 814 o ley del cine, adicionó una porción del IVA de la telefonía celular al presupuesto, hizo leyes sobre lenguas nativas, patrimonio y bibliotecas, diseñó y puso en marcha el Plan Nacional de Lectura "Leer es mi cuento", distribuyó en los últimos años 17 millones de libros, reparó 464 escenarios de cultura, y actualizó con dotación 1.444 bibliotecas.

No todo es malo o perverso en la burocracia nacional. Muchas personas, eficientes y honradas, desde el Ministerio de Cultura, o desde otras islas, desdicen de la inveterada manía de intentar destruir la portentosa creatividad, la lúcida y particular imaginación, de los colombianos.

No todo está perdido en este océano de desgreño y desesperanza nacional.

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