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 LUZ MARINA BOTERO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Ella, reitero, sí es una maestra"

La historia del arte en el Qundío es tan precaria, como lo son, por escasos, cincuenta años de vida colectiva. En música, por ejemplo, nuestra producción, en el contexto de la historia contemporánea, es mínima, lo mismo que en literatura, en la que destacan dos o tres escritores de carácter nacional. Hablo del pasado siglo veinte, que en muchos casos no acaba en los imaginarios de nuestros artistas y, también, de los gestores culturales.

Buena parte de nuestras estéticas, de las expresiones sensibles y simbólicas del mundo según la época, sigue anclada en el siglo diecinueve. Y lo extraño de esta tendencia, de glorificar el pasado, de mantener atado el presente a la nostalgia de una supuesta arcadia, se vincula con la propensión de muchos a pensar que nuestras realizaciones son mejores de lo que son y a querer evadir la realidad con nuestros productos artísticos. Como si la naturaleza pura y simple, el paisaje sin seres humanos, nos fuera suficiente.

Aquí me quedaría, por años, en la explicación de cómo vivimos de espaldas al drama de los seres humanos de carne y hueso, contemplativos y banales como somos, en la exaltación superficial de lo que vemos. Pero ese no es el sentido del arte contemporáneo, y así lo saben Libaniel Marulanda, Ómar García, Mildred Eugenia Gutiérrez, Lwdin David Franco, María del Rosario Trujillo, Alexander Carvajal, y sobre todo Luz Marina Botero.

Menciono a Luz Marina Botero, porque ella y el teatro concurren como artista y género a contradecir esa tendencia cómoda y perversa de querer exaltar las costuras discursivas del poder, a manifestar en su caso, a contrapelo de una tradición de sumisión y arribismo, un relato opuesto al buen decir oficial.

Inició su actividad la actriz de La Tebaida, con su empeño teatral en El Yunque, y luego se presentó en el Festival de Manizales, en donde Enrique Buenaventura y Santiago García, dos iconos de la cultura, pudieron apreciar el talento de una mujer y una artista con voz propia, expresado desde sus rebeldías, desde su fastidio con la cotidianidad, pero también a partir de una concepción emergente en su tiempo.

No fue fácil para Luz Marina Botero llegar a la fría pero convulsionada Bogotá de los años setenta, cuando el arte comprometido, experimental y popular ocupó la mirada y la voluntad de sus creadores.

Pasados unos días, se convertiría en integrante clave del Teatro La Candelaria. Allí, a la enemiga con la realidad pero expresiva y visceral, participó en una decena de montajes y creaciones colectivas, que aún hoy, como Guadalupe años sin cuenta, son recordados como los actos fundacionales del Nuevo Teatro en Colombia. Obras como Corre, corre Carigüeta, Los diez días que estremecieron al mundo, La historia del soldado, en el lapso de doce años de poderosa fuerza creativa, configuraron su historia de actriz virtuosa y, claro, de maestra de su oficio.

A La Tebaida la conocen en Colombia porque Luz Marina Botero fundó Tebaidarte y es, desde el año 2000, un surtidor de actores, actrices y directores de teatro que recorren, por el genio de su enseñanza, los escenarios del arte en Colombia y Suramérica.

Ella, reitero, sí es una maestra. Excepcional, sí.

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