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 MEMORIA DE FUEGO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Galeano hizo comunión con el pan ácimo de los pobres y marginados"

Nos acostumbramos a la estridencia. Los escritores hacen bulla para que sus lectores los vean y los intelectuales, los pocos que deliberan, denostan de sus semejantes con tal sevicia y encono que solo reproducen la histeria colectiva. Lo digo porque medio país escucha, ensimismado, los tópicos políticos y los lugares comunes de Fernando Vallejo, y el otro medio, indignado por su incontinencia verbal, quisiera quemarlo vivo en la hoguera de la prohibición. Nada nuevo ni propositivo dice, y su resentimiento nos dibuja de cuerpo entero.

A principios del siglo veinte lo mismo pasó con José María Vargas Vila, y su bullicio yace en el olvido, como si la palabra incendiada, con sílabas de dolor, de poco sirviera en un país que fue, en otros tiempos, audiencia de gramáticos. Ese exhibicionismo, como el de Harold Alvarado Tenorio, es insulso: nos muestra la demencia y el rostro desfigurado de un odio ya trajinado en la guerra.

Coincide la perorata anárquica de Vallejo, con la muerte de Gunter Grass, el autor de El Rodaballo y de El tambor de hojalata, y con el deceso de Eduardo Galeano, quien a través de sus libros descubrió desde 1970, en Las venas abiertas de América Latina, un discurso propio, alejado de los códigos de ese racionalismo europeo que, en vez de revelarnos como somos, nos enmascara y traiciona.

Eduardo Galeano fue importante, y lo es, porque supo decirnos desde la diversidad cultural, y al hacerlo usó un lenguaje fuera de lo común, sinestésico, y una imaginación que puso patas arriba la sintaxis lineal aprendida de Descartes, quien le etiquetó inicio, nudo y desenlace al pensamiento lógico.

Galeano hizo comunión con el pan ácimo de los pobres y marginados, y allí reside su valor ciudadano y moral, actitud que otros escritores prefieren eludir, unos porque defienden intereses de clase o de empresa y otros, los más, porque están absortos en sus lustrosas, y a veces pútridas vanidades personales.

Discípulo de Juan Carlos Onetti —el escritor uruguayo de Los adioses, y de El Astillero— pudo entender que la peste de los nuevos tiempos era el consumismo y, con ese fenómeno del mundo globalizado, advirtió que se venía una amenaza devastadora para el equilibro de la naturaleza.

Como un profeta lo describió y lo repitió con lucidez, hasta cuando sus contemporáneos, destino de sus poderosas imprecaciones, solo tuvieron como respuesta la estigmatización para el anunciador del desastre que hoy vivimos. Expresó en ese tiempo: "Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen".

Nunca le faltó valor civil para enfrentar a los gobiernos y a las multinacionales, y para burlar las cercas mediáticas que tendieron alrededor de su obra —de El libro de los abrazos, las palabras andantes, las aventuras de los dioses, Memorias del fuego, Espejos y Los hijos de los días—, y de sus actos políticos. Los enfrentaba con sus frases demoledoras: "El miedo nos gobierna. Esa es una de las herramientas de las que se valen los poderosos, la otra es la ignorancia".

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