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JOSÉ NODIER

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NOS CAYÓ LA NOCHE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Lo que quiero significar es que no hay razones en nuestro país para tener fe en el futuro"

El mundo en que vivimos nos remite a la noción de infierno, dice Pablo Montoya en su discurso al recibir el premio José Donoso, en Chile.

Al inicio de un siglo maravilloso e inquietante, lengüetazos de fuego destructor nos sorprenden en la esquina más lejana. Y aquí, en nuestra casa.

Siria, ese país maltratado por el fundamentalismo y por el cruce de intereses internacionales, en donde han muerto más de 300 mil personas y han sido heridas más de 2 millones, se derrumba ante la mirada de Occidente. Estados Unidos y Rusia, en Alepo, se muestran los dientes, rechinantes de pólvora, como si el payaso de la muerte riera en su nombre.

Rusia, por su parte, es gobernada por un sátrapa que dispone sobre la vida de la nación de Tolstoi, como si el castigo fuera infinito por la anomalía de creer en un hombre ladino.

Gran Bretaña, a su vez, aún no sale de su desconcierto por la decisión en el brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que menoscaba su economía.

Todo, después de unos meses frenéticos, parece a punto de colapsar. El planeta, que muchas veces parece loco, se desquició de tal forma que estamos al borde del abismo.

Los jóvenes de Colombia sienten la herida de la desesperanza. Y la desilusión nace porque ellos pensaban, a pesar de los corifeos de la oscuridad, que el proceso de paz, el acuerdo ya firmado, era el enlace virtuoso con el futuro, y que el Sí que ellos habían dado era suficiente para fundar una nueva utopía.

No contaban, claro, con la pasividad de muchos de sus contemporáneos y, en especial, que el poder manipulador de algunos líderes del No convertirían el proceso en un tortuoso purgatorio.

Lo que quiero significar es que no hay razones en nuestro país para tener fe en el futuro. En el orden interno, sobre todo en las ciudades, el modelo urbanístico prevalente y el consumimos acelerado, nos conducen a la parálisis vial y a la contaminación. El agua, ese recurso abundante en otrora, parece evaporarse ante la mirada inepta de los personeros del Estado. Y qué decir de nuestras inequitativas relaciones con el sistema de salud o con la intermediación de las enormes empresas de telecomunicaciones...

No hay razón para la esperanza, y lo lamento. Nuestra pasividad ante la ignominia, como si fuera una invasión o una toma de nuestra voluntad, una casa tomada, nos ha llevado a hundirnos en una espesa desilusión. Arenas movedizas para nuestra estulticia.

No puedo decir que haya visos o anuncios de alegría. No tengo pirotecnia verbal para inventar paraísos de cartón. Trump, Uribe Vélez, Putin, Maduro, esa caterva de populistas, mitómanos y narcisistas, tomaron las riendas de nuestro destino. Un camino historiado por la cuerda floja del terror y por los aspavientos de la angustia colectiva.

Solo nos queda el refugio de nuestros espíritus, la sonrisa del amor filial y la conversación de los amigos.

Pablo Montoya, nuestro mejor escritor contemporáneo lo dice así: "Ante el mundo que, cotidianamente, es agraviado por las bestias del mal, protejamos y reparemos con el firme consuelo de la palabra".

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