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 OJOS INCENDIADOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Los dos abuelos, cuando era menester, pienso, evadían encontrarse"

Nuestro conflicto civil, negado por la ultraderecha montuna y apocalíptica, es complejo y visceral, como todas las disputas que olvidan su origen. Recuerdo que mi abuelo materno, Manuel Salvador Castaño, en los caminos de Bohemia, en Calarcá, o cuando recorríamos las montañas de Génova, rememoraba con miedo las persecuciones que le hacían a sus padres, en la Guerra de los Mil Días. Su tristeza se prolongaba en su memoria cuando contaba sobre la frustración de la muerte de Gaitán en 1948, los desplazamientos forzados de la familia, y el asedio que había vivido en una finca de Quebradanegra. Casi muere de melancolía cuando asesinaron a Luis Carlos Galán.

Situación similar ocurría con mi abuelo paterno, Parmenio Solórzano, quien lloraba la muerte de su hijo menor, por cuenta de una cuadrilla liberal, cerca de La Paloma y La Virginia, en Calarcá. Allí, después de que fuera llevado lejos del potrero donde ordeñaba las vacas criollas, fue destazado, con tal sevicia que su cuerpo fue recogido en trozos por la familia. Lloraba la abuela en silencio cuando recordaba esa muerte, y esa imagen, lacerante en la genética y en los rezos de la familia, condicionó el carácter fuerte y agresivo de una decena de tíos y, creo, hasta de mi padre. Los ojos de él se incendiaban de ira con la sola mención de un militante liberal.

Los dos abuelos, cuando era menester, pienso, evadían encontrarse. No habían territorios comunes, lenguajes compartidos, y solo el frustrado amor de sus hijos, la resignación de mi madre y la personalidad autoritaria de mi padre, tejían con hilos delgados un vínculo que nunca tuvo amarres suficientes, excepto por los que pasaban por sus creencias religiosas, es decir, por su apego irracional a los mandatos de la iglesia católica.

Es casi un chiste oír que algunos dicen que nuestro conflicto civil no tiene una causalidad social, como si hubiera aparecido espontáneo y por voluntad de unos malvados que deseaban aterrorizar a la población civil. Uno se podría reír, claro, si no fuera porque la situación es dramática por naturaleza propia.

El asesinato a mansalva de militares por la guerrilla, y la masacre sobre seguro de los rebeldes en cualquier paraje de Colombia, a través de los bombardeos, son apenas la punta del iceberg de una guerra que tiene oscuros intereses en el fondo, creados a partir del desenlace de las refriegas, como actos conexos de la lucha por la dominancia del territorio y sus riquezas. La droga y la minería ilegal hacen parte de esos matices tremebundos, que son derivados del anhelo de supremacía en el campo de batalla. Hacen parte de la locura misma de la guerra, y así debemos entender sus feroces dinámicas.

Somos rehenes de un gobierno incompetente que le deja mucho campo de acción, en lo político, a la ultraderecha suicida que aúpa la guerra. La derecha democrática, que es la representada por Santos y Vargas Lleras, no ha podido en seis años renovar la esperanza en un Estado que sigue siendo fallido en su arquitectura institucional.

Los abuelos y los nietos no saben aún cómo hablar de sus cuitas. Tienen los ojos incendiados por la emoción de la venganza.

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