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ONCE DÍAS DE NOVIEMBRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Hay un acumulado de desgracias en el corazón de los colombianos"

El abismo nos seduce en Colombia. Vivimos al filo de la tragedia, ya sea por cuenta de nuestra personalidad social, de la individual o porque la fragilidad de las instituciones nos pone con el credo en la boca. Lo del credo lo expreso por mi abuela, quien era fiel gestora del melodrama andino, de esa propensión a volver complejo y doloroso lo simple.

Tal vez por esa proclividad, y de allí se deriva una especie de pobreza moral, este país clama por caudillos o héroes que vengan a rescatarnos. A rescatarnos de nosotros mismos, obvio.

Hace pocas semanas fue publicada una novela maravillosa sobre la toma del Palacio de Justicia, y sobre la erupción del volcán Nevado del Ruíz, en noviembre de 1985, dos tragedias que nos dejaron el alma abierta, picada por la putrefacción y que nos hicieron la radiografía de lo que somos como sociedad. La novela de Oscar Godoy Barbosa tiene el título Once días de noviembre, pero igual podría asimilarse a esa idea muy criolla de que somos un país de tragedias.

La parodia de esta nación, en verano o en invierno, nos podría significar que Shakespeare nació en Pitalito o que Sófocles vivió en los Montes de María.

Esta novela, publicada por ediciones El huaco, cuenta las veintiocho horas que duró la tragedia del Palacio de Justicia y culmina, como si fuera normal, con el paisaje absurdo de la muerte de 25.000 personas, desgracias anunciadas con antelación a las autoridades.

Durante las 239 páginas Godoy Barbosa hace un fresco verbal, con una voz central, que a veces se torna periférica y que discurre por los capítulos entremezclados, de lo ocurrido en tres lugares, en la plaza de Bolívar de Bogotá, en un pueblo del Tolima, Armero, y en la vieja Europa que compra leyendas de América, casi al mismo tiempo que alquila el sexo de un migrante, por ejemplo.

Y más allá de decirnos con una narración electrizante y un lenguaje bello, de qué estamos hechos los colombianos, el autor, nacido en Ibagué en 1961, recrea, a través de dos personajes, que son representantes de sendas generaciones, la tragedia que implica ser colombiano.

Guillermo, padre, de origen campesino, es un superviviente de la zona rural que llega a triunfar a Bogotá, y por su parte Guillo, hijo, va a Europa para buscarse a sí mismo y para encontrar allí una forma de vida que lo termina degradando. Es la repetida historia de Colombia: un Guillermo de ayer es el mismo de hoy, una víctima, como una Camila, rehén en el Palacio de Justicia, es la misma persona que sale de su casa, angustiada, a buscar a un ser querido en la gran ciudad.

Historias que se traslapan entre sí, voces que deliran a veces y diálogos bien construidos, que nos permiten conocer el carácter de los personajes.

Hay un acumulado de desgracias en el corazón de los colombianos. Por nuestra responsabilidad, casi todas. Porque no prevenimos, como con Armero o por crueles como ocurrió con los guerrilleros y los militares en la toma del Palacio de Justicia. O por negligentes y ladinos, como ocurrió con los políticos en esos días. Todo sigue igual.

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