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 PACTOS CIUDADANOS POR LA CULTURA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"O tal vez lo escribo para no sentarme a llorar sobre la leche derramada"

La cultura, y el arte como expresión sensible y simbólica, es la oveja descarriada de los dogmas. Como se configura desde la práctica del pensamiento divergente, construye realidades alternas mediadas por la intuición y por el entrenamiento riguroso de la razón; no se deja avasallar por las lógicas de los poderes omnímodos.

Los dictadores la temen, la academia la protege y los políticos estiman que no pelear con ella, significarla como un gesto decorativo, a la cultura, es una manera de quedar bien con todo el mundo.

Francisco Franco, un católico fanático que gobernó a España, la quiso barrer del mapa. Apresaba a los artistas, los hacía exiliar y los mandaba a matar —"dale un café" decía al verdugo de turno— con el objeto de acallar la disidencia.

Los poetas Federico García Lorca y Miguel Hernández fueron ejecutados por esa dictadura feroz, que después de varios decenios de terminada no deja de acosar la conciencia de los españoles. Tu rostro mañana, la novela de Javier Marías, es un eco literario de más de mil páginas de culpas no aclaradas de ese tiempo.

Mao Tsé Tung encubrió una purga interna en China, a través de una presunta Revolución Cultural: era otra manera de uniformar el pensamiento social. 20 millones de chinos fueron deportados, llevados a campos de concentración o fusilados en esa persecución a quien pensara distinto. La Unión Soviética, por su parte, la estatizó, como pretenden acá con la temática única del paisaje cultural cafetero, con lo que mutiló la creatividad de los artistas, y puso a hibernar la imaginación de los rusos.

Digo lo anterior para matizar un poco lo que fue el ejercicio del pacto ciudadano por la cultura, celebrado en Teatro Azul, los pasados días 6 y 7 de junio. O tal vez lo escribo para no sentarme a llorar sobre la leche derramada.

La percepción de los candidatos a la alcaldía y a la gobernación, además de pobre en lo conceptual, con evidentes excepciones, es que la cultura y las artes son importantes en tanto no nos valgan mucho, como si su gestión fuera el rezago de otras tareas que ellos consideran más importantes. Excepciones hay, reitero.

Y lo más dramático: muchos ven este campo del conocimiento, hasta los mismos gestores, como un fenómeno complementario e instrumental. No se entiende que el tema no pasa por invadir inadecuadas casetas comunales con chirimías y lápices, por ocupar espacios públicos con danzas folclóricas o lecturas en voz alta, por hacer demagogia cultural o bufonería artística en muchos casos, sino por construir una nueva sociedad a partir de desarrollar en la escuela pública, en todos los niveles, un proceso formativo en artes desde la primera infancia, que permee nuestras maneras de ser, parecer e imaginar: para intervenir y modificar la misma conciencia ciudadana.

Se entiende la cultura, por candidatos y algunos gestores, como un asunto de presupuesto y de activismo furibundo, para dejar de lado lo que de verdad es: transformar la sociedad desde la inserción de la creatividad y el pensamiento crítico, de tal manera que las artes sean un proceso estético y social y no un mero espectáculo.

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