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JOSÉ NODIER

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PAÍS DECENTE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Ambos serían buenos presidentes, porque tienen claras sus ideas y son honorables

Cada vez que recordamos lo mejor de nuestra infancia o de nuestra juventud, acudimos a pensar en los educadores. En el Colegio Robledo de Calarcá, por ejemplo, presenciamos el espectáculo de profesores que, además del conocimiento, enseñaban valores, entrenaban el juicio para la argumentación y ensayaban con sus desafíos cotidianos nuestro cargamento de emociones. Hombres y mujeres como Élmer Marín, Gonzalo Gutiérrez, Olga Inés Martínez, Urbano Zapata o Luis Eduardo Gómez, nos hicieron entender que el respeto por la diferencia era sustancial para vivir juntos.

En Calarcá, otros educadores mantuvieron una tradición que inició con los propios fundadores. Hablo claro de Eduardo Norris o Román María Valencia, y luego de Elvira Pardo, Francisco Paiva, Víctor García, Bernardo Ruíz, Blanca Rojas de Duque, Pureza Rojas, Estela Aristizábal, Maruja Bernal de Chemás, Romelia Gil de Soto, Ramiro Buitrago, Nora Calderón Zamora, Mariela Bermúdez, en fin, quienes hicieron de nuestra sociedad un lugar digno para las nuevas generaciones.

Por mucho tiempo, los profesores eran nuestros héroes, y eso marcaba un sendero en los ideales individuales y colectivos ¿Cuándo se rompió abruptamente esa crisálida, cuándo se fue al carajo esta comunidad y sus principios?

Coinciden varios hechos. De una parte cuando los políticos, nuestros dirigentes, relegaron la educación al cuarto del reblujo social. Dejaron que los colegios se insertaran en una línea centrífuga de cobertura, en un afán estadígrafo, en una especie de prisión intramural de los sueños, y abandonaron la idea de que el maestro fuera, como lo fue, el centro de la sociedad.

En ese afán institucional, los maestros, sus deseos y expectativas, su sindicato, hasta su misma seguridad social, se volvieron un estorbo para los burócratas que vieron en ellos, en sus lecturas críticas de la realidad, un dique hostil. Los maestros, aupados por su aspiración de una sociedad mejor se convirtieron en blanco favorito de los ataques de la clase política.

Y cuando esos mismos políticos, integrantes de una clase social ahíta de privilegios, para ellos y sus familias -Los Uribe Vélez, los Lleras, los Santos, los Pastrana, los Gaviria, los López- entendieron, qué pesar, que el dinero fácil para ganar elecciones era el mejor sucedáneo de las ideas.

No podemos olvidar que fue el gobierno de Turbay Ayala, en 1978, el inicio de una praxis vinculada con las mafias de la Costa, bandolas ilegales del contrabando y la marihuana, las mismas que fueron denunciadas por Luis Carlos Galán.

Lleras Camargo actuaba como un profesor y fue un gran presidente. Galán fue un pedagogo, y sus profecías se mantienen en el tiempo. Antanas Mockus, con sus excentricidades, es un paradigma ciudadano.

Ahora, en frente nuestro, dos maestros agitan sus manos para llamar nuestra atención, y decirnos que somos mejores personas de lo supuesto. Hablo claro de Humberto De la calle y de Sergio Fajardo.

Ambos nos dan una lección de coherencia conceptual. De la calle, a pesar de su soledad, le canta cuatro verdades a su propio partido, esa amalgama de tradición de libertad y politiquería, mientas Fajardo intenta explicar la regla de tres simple: políticos más dinero fácil, igual a corrupción.

Ambos serían buenos presidentes, porque tienen claras sus ideas y son honorables. En el caso de Sergio Fajardo, por su entorno -Robledo, Claudia López y la emergencia de un partido alternativo- transformaría a Colombia en un país decente.

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