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 PÁJAROS GRANDES, BELLOS Y FATIGADOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Barcelona es una puerta abierta de par en par hacia la montaña"

Cuando la tarde cae por Calle Larga, centenares de ciclistas pedalean sin cesar por la carretera central a Barcelona, para llegar a sus casas. Guindados de sus hombros llevan un bolso con mandarinas que perfuman la vía, como si ellos, después de jornalear todo el día, emanaran de sus cuerpos, además del olor de su transpiración, el aroma de los cafetales y de los arbustos de cítricos. Vuelven, como pájaros grandes, bellos y fatigados, a sus nidos en el poblado.

Si uno mira desde lejos podría pensar que todo va bien en sus vidas. Que ellos madrugan alegres a trabajar, cultivan la tierra y en el claroscuro del día vuelven a sus casas, donde las historias de los viejos endulzan el último café del día. Pero no es así: resulta que los campesinos no viven el paraíso que pregonan a dos carrillos nuestros políticos, ni el edén que escriben nuestros poetas.

La mayoría de ellos no recibe un salario fijo, ni siquiera cotiza para su pensión y no tiene ahorros para sus cesantías. Vive de arriendo y fía sus diarios en la tienda de la esquina. Va a contrapelo del pregón oficial que habla de un mundo feliz. Un planeta paralelo, en donde vive buena parte de los políticos y los ejecutivos gremiales del Quindío.

Esa es una cara de la moneda en Barcelona. Mujeres y hombres sin futuro para su vejez, y sin un Estado que los represente. La nación, además de negarles la posibilidad de una pensión, porque nunca ha abordado el problema social del campo colombiano, les impide desatar su destino de la indolencia colectiva que hoy es Calarcá.

La otra cara, la de su cotidianidad, está sembrada de logros, ausencias y trampas. Hace poco, con la gestión del diputado Jorge Humberto Guevara, y de la Gobernación del Quindío, fue reinaugurada la casa de la Cultura de Barcelona, pero su operación administrativa será un desastre cantado, porque su cabecera, Calarcá, no apropia los recursos para nombrar los gestores culturales que requiere ese edificio, ubicado en el marco de la plaza principal.

En los meses pasados la ex alcaldesa de Calarcá, Carolina Cárdenas, destinó doce millones para publicar un libro con historias de esa comunidad, un texto de Fernando Ángel, pero, a renglón seguido, cuando ella terminó su encargo, los administradores recién reincorporados, sin mediar razón alguna, cambiaron la asignación de esos recursos.

Barcelona se convirtió en tierra olvidada, donde solo pesan las alianzas clientelistas que algunos líderes de la comunidad hacen con los mercenarios de la política que llegan de Armenia y Calarcá. Venden la dignidad de ese poblado al mejor postor, por tres monedas, y no hacen respetar los derechos ciudadanos.

Un amigo ve alcaravanes en las inmediaciones de Barcelona. Pájaros reales y de ficción, que aparecen en los libros de García Márquez y de Rulfo. Yo veo aves cansadas, que aun así pedalean sin parar sobre sus bicicletas, mientras entonan canciones del campo.

Dueños de su acueducto, los habitantes configuraron también un corredor gastronómico; el poblado es un dormitorio de gente creativa. Barcelona es una puerta abierta de par en par hacia la montaña.

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