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 ¿PARA QUÉ EDUCAR? (2)

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Destruyen su equilibrio espiritual y lanzan a sus jóvenes al despeñadero tóxico de la industrialización"

Hace rato sabemos que la educación colombiana no funciona: que sigue siendo confesional, porque el Estado lo es, así la Constitución de 1991 diga lo contrario; que es autoritaria, porque se entiende aún como un escenario donde el conocimiento es dictado por la magistralidad y la memoria y que, además, es un dispositivo de control social porque sirve de barricada contra las ilusiones de equidad de sectores de la población.

Por lo mismo la formación responde a los intereses de unas élites del conocimiento, que son las mismas económicas. Desde los tiempos del vicepresidente Santander, el 6 de octubre de 1820, se emitió un decreto para ordenar que se organizaran las escuelas públicas en las villas, ciudades y en los conventos religiosos.

Desde esa época, lo cuenta el historiador Jaime Jaramillo Uribe, preparamos para la violencia y la intolerancia: los niños "tendrán fusiles de palo, se organizarán por compañías, el maestro será el comandante, y se autorizará el uso del azote cuando los defectos de los niños denoten depravación". Aquileo Parra relató que los maestros de la época eran déspotas y que las horas de recreo eran tiempos salvajes de matoneo escolar.

En ejercicio de nuestra enfermiza propensión por justificarlo todo, desde la mediocridad hasta la muerte violenta, Santander no tendría la culpa del colapso de nuestra educación, como no la tienen Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, ni Santos, porque aquí todos somos inocentes o al menos así lo vociferamos para que nadie se atreva a contradecir las verdades reveladas de la propaganda oficial.

Muchos intentos se han hecho por cambiar esa realidad, pero siempre fracasamos. No habíamos terminado de acometer la reforma radical de 1870, cuando ya nos embarcábamos en la elusión de la misma. Los hombres de esa generación radical entendían que el sistema republicano solo se podía sostener con el apoyo de una ciudadanía ilustrada y que la instrucción pública no podía estar a cargo, en todas sus derivas, de la Iglesia católica.

A pesar de las contrarreformas clericales de 1886 y de 1950, que nos devolvieron a la mistificación concordataria, al mundo mágico de la creencia, mucho hemos avanzado en el esfuerzo de cobertura pero poco en el tema de la calidad que, en el fondo, implica inventar un sentido común e histórico para los recursos humanos, materiales y tecnológicos del sistema educativo.

Las naciones deben educar para configurar la civilidad, la convivencia pacífica y para propugnar un vínculo armonioso en la dimensión espiritual y natural del ser humano. Ya sabemos que países como Estados Unidos tienen líos con sus políticas educativas por cuenta de su ansiedad de exitismo –la manoseada competitividad– y su nula sensibilidad ecológica; destruyen su equilibrio espiritual y lanzan a sus jóvenes al despeñadero tóxico de la industrialización. Pasa lo mismo con China y con los llamados tigres asiáticos.

Repensar nuestra educación implica diseñar un modelo propio, regionalizado, pluriétnico, diverso, construido desde una política de estímulos, alejado del esnobismo punitivo, imbricado a la conceptualización y práctica de la creatividad.

 NOTAS ANTERIORES

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