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 ¿PARA QUÉ EDUCAR? (3)

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nos agobia por insuficiente, por ingrato con nuestras emociones, por disparatado con nuestros recursos naturales"

La pregunta de para qué educar me lleva a pensar que esta incertidumbre tiene, como es obvio, diversas aristas. Es lógico que se educa para transformar a los seres humanos, pero no podemos comprender esa intervención como dirigida a una sola de las facultades del individuo, la intelectual, y menos que el proceso nos lleve deslizados al puerto feliz (infeliz) de la civilización occidental: ser competitivos.

No lo podemos aceptar porque muchos de los países que hoy son bien educados, de acuerdo con los estándares internacionales de la globalización —los promovidos por la OCDE, que es un club privado de países desarrollados, referentes que son defendidos por los empresarios y los comerciantes— nadan en los efluvios de su eventual autodestrucción.

Para no ir más lejos podemos mirar hacia los Estados Unidos, donde el individualismo, si bien hace ricos a los ciudadanos en lo material, los convierte en pobres de solemnidad en su estabilidad emocional, lo que implica que busquen en el paroxismo de las drogas, en la alienación de la religiosidad, en el poder de las armas, en la destrucción del hábitat, en la manía consumista, una salida que les permita nutrir su autoestima por la falacia de que pertenecen a un Estado poderoso que los cobija.

Hace pocos días el científico Rodolfo Llinás, el mismo que estuvo con Gabriel García Márquez en una comisión de sabios hace veinte años, y quien trabajó para levantar una cartografía de políticas públicas en la educación, engavetada en el escritorio del Ministerio del sector, expresó que Colombia era una especie de cenicienta que, a trompicones, quería colarse en la fiesta de los países desarrollados. Dijo también que los maestros se creían dueños del conocimiento, y con sus palabras desnudó la arrogancia académica de un gremio que requiere, así lo exigen estos tiempos, autocrítica en sus metodologías.

Necios y arribistas somos en este tema. Una suerte de imbecilidad que nos lleva, por ejemplo, a legitimar el cuadrilátero de lodo que hoy tenemos como sistema político colombiano. Torpes que somos, creo, porque lo que nos pasa ya lo sabíamos, desde Alfonso López Pumarejo, en 1934, cuando quiso revocar el sistema privado y la instrucción religiosa que teníamos como pública en esa época, para cambiarla por un proceso donde el libre albedrio tuviera su oportunidad.

Ahora, de seguro, iremos a copiar algún modelo educativo, sin considerar los diagnósticos ya elaborados en códigos y realidades propias, sin necesidad de que nos los reciten organizaciones internacionales. Falta que nos sentemos todos, sin exclusiones, a repensar este disfuncional sistema que nos agobia. Nos agobia por insuficiente, por ingrato y descontextualizado con nuestras emociones, por disparatado con nuestros recursos naturales y, claro, por huraño frente a la investigación, a la lectura y al arte.

En la China, ya lo dije, muchos jóvenes se suicidan por las crueles exigencias de sus internados y colegios, y porque se les reclama más desarrollo de competencias. Nosotros llegamos más lejos: mutilamos en vida las esperanzas de la mayoría de nuestros niños.

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