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 ¿PARA QUÉ EDUCAR? (1)

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"¿Aprendemos solo para producir o para vivir bien y con calidad?"

Hablar de educación en Colombia, por los políticos y empresarios, se está convirtiendo en un tema obligado porque así lo presionan las exigencias internacionales. Los candidatos a la presidencia de la República declaman en la tribuna las eventuales soluciones a la debacle que suponen los resultados de las pruebas PISA.

Lo paradójico del asunto es que en este tema, especializado y complejo, los que más opinan son los empresarios y los tecnócratas, quienes de un tiempo para acá se afanan, con ambiguo espíritu cívico, por marcar la agenda de prioridades educativas.

Es tanto que en el Quindío definieron, parapetados en su visión parcial, que requeríamos aprender inglés de inmediato, sin mediar ni sopesar que las prioridades, como lo demuestran los resultados PISA, emanados por la OCDE, es que requerimos aprender a leer y a comprender nuestra propia lengua; interpretar la realidad desde las lógicas y la imaginación; y resolver problemas de acuerdo con la pertinencia del contexto histórico.

Los empresarios están equivocados porque ellos reaccionan a las necesidades coyunturales del mercado, como lo hacen los organismos del capitalismo salvaje que pretenden, a través de la proliferación excluyente de la educación técnica, dictada por el Sena, abaratar la mano de obra, de acuerdo con los condicionamientos de los TLC. No responde esa visión a una pregunta sustancial: ¿aprendemos solo para producir objetos y experiencias o para vivir bien y con calidad?

Excepto la Fundación Compartir, que desde el empresariado estudia el tema educativo con seriedad, las especulaciones que se hacen responden a intereses sectoriales que poco benefician a la sociedad.

Algunos se rasgan las vestiduras y atacan a los sindicatos de docentes. Estimulan ellos el prurito de acusar a los profesores por un proceso en el que concurre la sociedad entera, a través del Estado, que no tiene políticas públicas ni presupuestos suficientes; por medio de la familia, que no asume su papel formativo y, obvio, por cuenta de unos medios masivos de comunicación que soslayan su responsabilidad cultural en relación con los contenidos informativos.

Claro que los maestros tienen su cuota de responsabilidad, pero más culpables somos quienes los hemos dejado solos frente a la enorme responsabilidad de educar a nuestros hijos.

Existen diversos modelos educativos exitosos en el planeta. Algunos implantados hace cincuenta años en Vietnam, Corea del Sur, Japón, Singapur, y en regiones de China, que articulan currículos de corte universal, apegados al concepto de la competitividad. Jornadas extensas, de férrea disciplina, que si bien producen resultados, saturan los imaginarios y las emociones de los jóvenes. En Asia el incremento de los suicidios está relacionado con las sobrecargas escolares.

Otro modelo exitoso funciona en Finlandia. Allá lograron articular la familia, la escuela y los recursos. No se califica hasta después de los 9 años, y cuenta en la primera fase lectiva con los pedagogos más calificados del país. La educación es gratuita en todos sus niveles y las empresas permiten que los padres, en tiempo laboral, hagan tutorías a sus hijos.

¿Para qué educar? Incertidumbre que debemos despejar para fundar nuestro propio modelo.

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