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 PERDER ES GANAR UN POCO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Somos un país que no desea mirar al pasado, como si fuera una guarida de la muerte y la derrota"

Colombia era un país que buena parte de su historia se la pasaba mirando perder a sus deportistas, en el minuto postrero, como si la desgracia fuera el sino fatal de su destino colectivo.

Recuerdo la derrota en fútbol, de 1975, cuando el equipo de Efraín el Caimán Sánchez, héroe del mundial de Chile, perdió la Copa América en el tercer partido jugado contra Perú, en Caracas. Era un buen equipo de fútbol, porque fungía como guardavallas Pedro Antonio Zape; oficiaba como central Henry La Mosca Caicedo, y en el medio campo, mientras pasaba el balón a Umaña o a Retat, levitaba el Maestro Jairo Arboleda. En la delantera, culebra imparable, amagaba Willington Ortiz, en compañía del veloz goleador Ernesto Díaz.

Después Antonio Cervantes, Kid Pambelé, perdería sus peleas en el ring de la vida, pasada una seguidilla de éxitos en ese deporte infame que es el boxeo. También vimos como Carlitos Monzón fracturaba nuestras ilusiones en el rostro achatado de Rodrigo Valdés, el Rocky, un juicioso deportista que, no obstante, siempre caía derrotado frente al fantoche argentino.

En el ciclismo encontramos los colombianos una disciplina y un argumento para recuperar la ilusión, a pesar de los gobiernos de turno que solo sabían dar palmaditas en la espalda y, después de una epopeya por carretera extranjera, enviar telegramas de felicitación a nuestros compatriotas en el exterior.

Era la fiesta del esfuerzo individual o colectivo de nuestros deportistas y, en contraste, el carnaval de improvisación y mediocridad de nuestras agencias de gobierno.

Alguna vez Martín Emilio Cochise Rodriguez enfrentó a los europeos en las propias barbas de su cultura deportiva. Luego, un escarabajo, Patrocinio Jiménez les causó retorcijones de estómago en las subidas a los Alpes, y Luis Herrera, el Jardinerito, a pesar de su escuálido cuerpo, les hizo morder el polvo de la derrota en las carreteras españolas. También lo hicieron, como ejemplos excepcionales en Europa, el Negro Martín Ramírez y Francisco Rodriguez.

Pero nuestra mayor derrota no fue escenificada bajo cielo extranjero. Ocurrió acá, cuando los dirigentes y deportistas, semejantes a políticos silvestres o a decadentes grupos subversivos, se aliaron con los narcotraficantes. América, Nacional, Quindío y Millonarios, lo hicieron. Así lo hizo el fútbol en general, y por su causa, hace veinte años, ocurrió el asesinato del defensa Andrés Escobar, sacrificado en el atrio de las apuestas de juego.

Cada muerte violenta, producto del odio, es absurda, como lo son las muertes de hinchas por cuenta de la ira que chispea en las calles de este país enfermo y cruel.

Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Radamel Falcao García y los integrantes de la selección Colombia de fútbol nos advierten con sus triunfos y con sus personalidades, que también somos otro país, y que se hace necesario que lo sepamos y lo reivindiquemos.

Somos otra nación que no desea mirar al pasado, como si fuera una guarida de la muerte y la derrota; que aprendió, como dijo Francisco Maturana, que perder es ganar un poco.

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