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 POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Un suicidio es un fracaso colectivo"

Mi imaginación no puede vislumbrar un dolor más profundo y lacerante que la muerte de un hijo. Recuerdo que una amiga mía de ojos negros, hace unos años, me contó sus avatares de una noche cuando escuchó algunos estropicios en la habitación de al lado, donde dormía su hijo menor, en el sur de Armenia. Ella reaccionó al amanecer, fue a mirar qué pasaba con él, y lo encontró guindado de una soga.

Nunca pude escucharle todo el relato, qué oyó en la noche, qué pensó, por qué no reaccionó al primer indicio, en razón a que mi rampante cobardía me inhibió para enfrentarme a la historia completa, porque al final mi amiga con su angustia era, y es, más valiente que yo, tibio espectador de ese relato.

Nunca más volvimos a hablar de ese asunto, pero esa tragedia sigue intacta y cercana, a la vuelta del recuerdo. Ella quiso contarme, lo sé, y yo, frágil, no fui capaz de terminar de oír su historia porque mi egocentrismo, el ansia de blindar mi memoria, era más fuerte que mi sentimiento de conmiseración.

Una emoción similar me provocó la muerte de Gabriel, el hijo de Antonio Navarro Wolff. Me asomé como un curioso furtivo a los detalles de la historia, pero fui incapaz, por respeto o cobardía, de escudriñar los entresijos de esa desgracia, que ahora solo importa a esa familia.

Y me conmovió aún más esa pérdida porque estimo que Navarro Wolff, como político, es producto de un proceso de paz y, claro, porque creo que buena parte de los suicidios se podría prevenir si comprendiéramos que estamos equivocados en la manera como nos relacionamos con la naturaleza, con nuestro entorno, pero, en especial, que andamos errados en el modo de convivir con nuestros deseos y con los deseos de los otros.

Navarro Wolf es ejemplar y significativo porque nos dice bien su experiencia de cómo no se debe hacer un proceso de paz y de la importancia de que lo hagamos, a pesar de sus imperfecciones. Nada ofende más que pensar que el 5 de noviembre de 1985, el M-19 cometió una barbarie como grupo subversivo —al que le cabe la mayor parte de la responsabilidad histórica— y recordar la respuesta del Estado, de la fuerza pública, desmesurada y cruel, lo que configuró a ese acto de sangre como una herida abierta para Colombia.

Y lo es porque no hubo verdad, ni justicia y menos reparación a las víctimas. No obstante, Navarro Wolff, ex ministro de Salud, ex gobernador de Nariño y ahora Senador de la República, nos demostró, con su idoneidad y honradez, que vale la pena hacer la paz: por su hijo, que autodeterminó su destino, y por mi hijo que está ilusionado, en Bogotá, con su porvenir.

No puedo suponer, porque mi razón no alcanza, la melancolía de ese padre. Y no puedo imaginar el dolor de las madres, como Marcela, la ex esposa de Navarro Wolf, quienes sienten que nuestro tiempo, que esta sociedad, enferma y compulsiva, les arrebata a sus hijos.

Un suicidio es un fracaso colectivo. Las campanas doblan por ti, por todos, como lo dijo el poeta John Donne.

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