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 PREFIERO NO HACERLO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Uribe, todo lo que toca lo convierte en lodo puro. Pobre hombre"

La realidad y la ficción tienden puentes levadizos para intercomunicarse, de tal forma que lo que es poesía en la vida real, como el amor, es energía y esperanza en el mundo real.

La mentira, el hecho de que Gregorio Samsa en La metamorfosis se convierta en un insecto, hace parte de la sustancia de la literatura, como también lo es de la política. Franz Kafka, además, nos permite inferir que las expresiones o vestigios de la ilusión, manipulados por el Estado, las multinacionales o los medios de comunicación, se convierten en cepos del libre albedrio.

El engaño y la mitomanía llevados a extremos del cinismo puro son insumo literario, pero a la vez modos aberrantes de comprender la realidad objetiva, punzadas venenosas de un discurso doblemoralista que nos impele a encubrir desde la mentira, lo que llama Mockus, en otros estadios y en otras actitudes, la clara propensión nuestra a la impunidad moral.

Ya no me asombra que Álvaro Uribe, el energúmeno ex presidente, siga en su tarea de inficionar de odio o de oscuridad los caminos que transita. Llegó al extremo, al cinismo fundamentalista, cuando inmiscuyó a sus propios hijos en las maniobras de un enriquecimiento legal, tal vez, pero ilegitimo en las categorías de la moral ciudadana.

Lo terrible de esa manera de acomodar la realidad, y a los demás, para que sirvan a intereses de camarilla, es lo que puede ocasionar, como erosión real, en el patrimonio simbólico de los principios y valores de las personas.

Zuluaga, su muchacho de Pensilvania, armado hasta los dientes de esa subcultura del atajo paisa, hizo lo mismo; cambió su disfraz de hombre decente, lo transmutó por el sobretodo real de la impostura. Llegó también al abismo ético de involucrar a sus hijos en el atafago de sus triquiñuelas, las que, por su incuria, terminaron en el auspicio del delito. Uribe, todo lo que toca lo convierte en lodo puro. Pobre hombre.

Como es obvio, a pesar de su gobierno mediocre, votaré por Juan Manuel Santos. No oculto, como lo pensamos muchos, que este voto fastidia, pero que se hace útil en esta encrucijada democrática para impulsar una idea de sociedad en donde nuestros hijos puedan vivir en paz, sepultar los odios y, más adelante, construir la ética pública que nos fue arrebatada de tajo por ocho años de impunidad moral.

Existe un singular personaje que Herman Melville, escritor estadounidense, inventó en un cuento, antes que Kafka publicara sus historias, para explicarnos el absurdo. Bartleby, el escribiente, es un copista de documentos que frente al poder de su jefe empieza a responder, ante sus órdenes, y de un momento a otro, que prefiere no hacerlo. Se convierte, con su prefiero no hacerlo, en un renegado de la burocracia. Es también un raro caso de resistencia civil.

Lamento que millares de quindianos, algunos candorosos y otros envilecidos por el discurso de un pobre hombre con poder, que montó un partidito de ficción, voten por su propia degradación moral. En mi caso, prefiero no hacerlo.

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