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JOSÉ NODIER

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PRÍNCIPE DE BACATÁ

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Vargas Lleras no calentó, indolente, el terciopelo de su cuna de oro

Luego de siete años de gobierno de Juan Manuel Santos, su herencia, aparte de ese enorme esfuerzo por desactivar el conflicto en Colombia con las Farc, deja mucho qué pensar: el modelo económico es tan excluyente como cuando inició; la institucionalidad judicial hace agua por la inefectividad; el sistema de salud deja un reguero de muertos y de enfermos desamparados por la negligencia de la atención; el sistema educativo, si bien tiene unos refuerzos presupuestales, poco ha avanzado en términos de calidad.

Y el sistema político, la columna vertebral de los deseos grupales, el nicho de la promesa de un país mejor, está escoriado, despellejado por los buitres de la corrupción.

Vargas Lleras, quien fuera Ministro del Interior, Ministro de Vivienda y Vicepresidente de Colombia, fue la fórmula electoral de Santos y su escudero político hasta cuando la caravana llegó a las goteras de su destino.

Hablar de este precandidato implica contextualizarlo en lo mejor que le ha pasado al país en los años recientes y, claro, también en lo peor que ha ocurrido.

Vargas Lleras es lo que los analistas tradicionales, con candor, llaman un animal político, es decir, aquellos hombres que hacen de ese oficio, el de tramitador de esperanzas colectivas, una profesión obsesiva y personalista.

Inició su carrera al lado de su abuelo Carlos Lleras Restrepo, y como auxiliar de escritura de las memorias de ese Presidente liberal, un republicano austero, quien junto a López Pumarejo y a Lleras Camargo, llevó a Colombia a una modernización institucional incipiente.

Vargas Lleras no calentó, indolente, el terciopelo de su cuna de oro. A los 19 años fue concejal en Bojacá, y a los 23, de la mano de Luis Carlos Galán, ya era un tiburoncito en las aguas frías de Los Mártires, una de las localidades poderosas en Bogotá para el Nuevo Liberalismo.

Cuatro veces elegido Senador de la República no ha sido condescendiente con su linaje. Su recia participación en el pasado contra el narcotráfico o contra los insurgentes o contra los ilegales lo convirtió en una especie de mártir de las élites del país.

Nadie sabe, tal vez el ansia de poder lo explique, en qué momento el impecable Vargas Lleras, el príncipe de Bacatá, nieto del presidente más admirado, o el huérfano político de Luis Carlos Galán -él estaba en Soacha, cuando acribillaron al candidato- fue dejando a la vera del camino el escrúpulo personal o la ética heredada de sus mayores, en su afán de alargar el paso hacia la Casa de Nariño.

De ser un combativo legislador, mutó en un electorero de barriada que ha propiciado, desde su partido Cambio Radical, la politiquería infecciosa en las regiones. Participó en la privatización de decenas de Empresas de Servicio Públicos, y ha entregado su corazón a personajes grises. Desde la Guajira, pasando por el Quindío, y con un aterrizaje forzado en los santanderes, con los Aguilar, Vargas Lleras le manda un mensaje a sus correligionarios y adversarios: el fin electoral justifica los medios nauseabundos que se elijan en el camino hacia el poder.

Se dirá, por algunos que ya ganó la presidencia: no creo, máxime cuando aún falta el despertar de Colombia frente a la corrupción.

Ah bueno, si la luz pública de ese amanecer no fuera alquilada, hipotecada o robada por algún contratista o cartel de contratistas de Colombia.

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