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 QUE NADIE LLORE DESPUÉS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Colombia es una democracia de orangutanes con sacoleva"

La metáfora de Kafka, la metamorfosis de Samsa en un insecto, enseña mucho sobre el ser humano. Igual que su alegoría en la novela El Proceso sobre la imposibilidad de acceder a la justicia y el absurdo de las instituciones burocratizadas. La literatura es una galería de espejos donde los administradores del poder prefieren no mirarse: denuncia los espantos de su condición humana.

Hice la semana pasada en el texto Nada es broma una mueca al espejo, cuya ironía refleja las contradicciones de una nación que prefiere no mirar su propia imagen. Hace doscientos años nos embarcamos en la construcción de una sociedad que no termina de entenderse, porque siempre ha querido parecerse a todo, pero nunca a sí misma.

No culminaba Bolívar de expulsar a los españoles, y los colombianos ya perseguíamos, con sevicia, el recuerdo del Libertador. Santander, un leguleyo con empaque y charreteras de héroe —personajes que nos provocan orgasmos patrioteros— deportó a Manuelita Sáenz, y la obligó a morir pobre y olvidada en Paita, en un puerto del Perú.

Luego otro mitómano, Rafael Núñez, creador de la empalagosa letra del himno nacional, para congraciarse con las élites santafereñas y con la Iglesia Católica —y que le permitieran disfrutar en Cartagena su romance con Soledad Román— hizo una Constitución de férreo centralismo, al contrario de lo que somos, un país de regiones, diverso y multicultural. Núñez metió al país en una camisa de fuerza, y lo desquició, porque su unión fue un artificio; lo encerró en las cuatro paredes de sus montañas y lo volvió insular frente a las corrientes universales de pensamiento.

La mitomanía y cierta esquizofrenia nacida de la violencia nos trajeron a donde estamos, es decir, a ninguna parte. Recordaba por estos días James Robinson, autor de “Por qué fracasan las naciones”, que Colombia es una democracia de orangutanes con sacoleva, como lo sentenció Darío Echandía.

Y lo somos, desde Núñez, pasando por Laureano Gómez, ese sujeto que promovió el crimen contra los campesinos, y ahora con Álvaro Uribe, que se le convirtió al país en una rémora que desea, al comer el plato gélido de la venganza familiar, que nos sigamos matando en Colombia.

Lo patético de este asunto es que nos gusta lo que pasa: glorificamos el crimen, exaltamos la mediocridad y volvemos ricos a quienes nos utilizan, como si el complejo de inferioridad que tenemos como deriva colectiva tuviéramos que pagarlo a precio de oro: miren no más las nimiedades que tributan las compañías mineras, los leoninos tratados de libre comercio o los precarios servicios de telefonía celular.

A los colombianos nos gusta lo que ocurre: justificamos la ilegalidad como forma de vida, y votamos por quienes simulan prestar un servicio al país.

¿Quién ha leído Crimen y Castigo de Dostoievski?
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