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 QUIETISMO SUICIDA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Mañana, de seguro, la pesadilla de nuestra pasividad ciudadana continuará. El dinosaurio, la metáfora de nuestras desdichas, bostezará complacido."

Calarcá, la aldea perdida de Luis Vidales, el poeta, es una ciudad extraviada en sus recuerdos. No vive del presente porque se avergüenza de sí misma. No vive para el futuro porque su indolencia colectiva, que la degrada, es superior al deseo de romper el quietismo suicida de su cotidianidad cívica.

Hasta hace pocos días muchos pensábamos que no existía un periquete de esperanza. Y tal vez era así con la realidad de un alcalde suspendido, un concejo municipal alquilado al postor ejecutivo, y con una sociedad civil que solo musitaba sus incomodidades, fantasmal, en los cafés de la plaza y en los círculos de la conseja y la chismografía.

El atardecer era gris para un pueblo que ya está configurado como una ciudad dormitorio, dependiente de definiciones políticas tomadas en Armenia. Poco o nada qué hacer. No obstante, Calarcá pudo recomponer sus cuadros administrativos, con la designación de la alcaldesa provisional Carolina Cárdenas Barahona.

Varias amenazas jugaban en su contra. Administraría ella, inexperta en esas lides, por un corto periodo un plan de desarrollo ajeno a sus visiones y sensibilidades y, sobre todo, gobernaría con la sombra de un alcalde titular, coligado con la politiquería más avariciosa del Quindío.

Las incógnitas se fueron despejando. De manera lenta pero segura, casi en silencio, el equipo administrativo nombrado por la alcaldesa provisional fue demostrando que se podía gobernar con las premisas de la dignidad y la honradez.

A pesar de la nimia injerencia de ese plan de desarrollo en la solución de los problemas estructurales, irrumpía un milagro: alguien podía mandar sin la estridencia propia del neo arribismo, sin las camionetas blindadas ni las gafas oscuras y sin las mañas de los políticos tradicionales. Era un milagro, casi invisible, pero que fue evidenciando su eficacia en la autoestima colectiva.

Ya sé que nada ha cambiado, que mañana despertaremos y el dinosaurio de Augusto Monterroso todavía estará allí, a las puertas de nuestra casa, si, pero la Avenida Colón, arteria principal, empezó a reconstruirse, las víctimas del conflicto comenzaron a ser atendidas, y los animales tuvieron otra oportunidad bajo la luna de Baudilio, sin ser perseguidos y maltratados por la verdad oficial.

No alcanzó la señora alcaldesa a ponerle coto —¿alguien podrá?— a las tarifas de Multipropósito, que son desmesuradas y sin control ciudadano; ni a recuperar el espacio público de la carrera 24, que es un exhibidor y un taller de motocicletas a cielo abierto; ni actuó para recuperar el estadio Guillermo Jaramillo, ni las calles aledañas a la galería, claro que no, pero si pudo, con la gobernadora Sandra Paola Hurtado, hacer priorizar inversiones en la reparación de la infraestructura del Alto del Río y de la Casa de la Cultura.

Su gestión no fue perfecta, porque le faltó tiempo y porque rezaba con un catecismo prestado, pero si fue aleccionadora: nos devolvió la ilusión de que aún se puede gobernar con la sinceridad de un corazón limpio.

Mañana, de seguro, la pesadilla de nuestra pasividad ciudadana continuará. El dinosaurio, la metáfora de nuestras desdichas, bostezará complacido.

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