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 RARA AVIS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Adolfo Suárez, un político insólito, un auténtico traidor de clase"

Los nostálgicos furiosos, hombres y mujeres que se oponen al paso del tiempo, reaccionan alérgicos cuando sienten que el llamador anuncia, en su puerta, la decadencia de sus rutinas sagradas.

En España, el 23 de febrero de 1981, los melancólicos del autoritarismo enfrentaron al presidente Adolfo Suárez cuando tuvieron su propio golpe de estado —fracasado— comandado por el teniente coronel Antonio Tejero. En ese momento, en plena transición de la tiranía a la democracia en España, quedó claro para qué servían los militares en una sociedad que buscaba prácticas de convivencia.

Fungían como salvaguardas de la institucionalidad pero también como el lobo feroz que ahuyentaba los gestos progresistas que pretendían reformar al establecimiento, esa miríada de privilegios empozados en sociedades como la española, radicalizada en el falangismo, donde se cohabitaba con el misticismo en la política y con el ansia de muchos ciudadanos por contar con un patrón que los guiara.

España, atada a su catolicismo decimonónico y a su peculiar interpretación de la monarquía, poco entendía el enorme esfuerzo que hacía Adolfo Suárez —parecido en mucho al ladino Joaquín Balaguer de República Dominicana—, un antiguo correveidile de la dictadura franquista, para conducir al país hacia la civilidad. Intentó Suárez lo imposible, con el apoyo del Rey Juan Carlos I de Borbón, y lo logró: domeñar la bestia, la hidra de cien cabezas de los intereses particulares y corporativos.

La ultraderecha de todos lares, como la ultraizquierda, se diferencia de los socialistas y conservadores de talante democrática, de los centristas y de los liberales, porque cuenta con ejército armado de su lado, cuya función es perpetuar privilegios y poderes. Millones de muertos, desaparecidos y desplazados fueron el inventario de crueldad de la dictadura de Francisco Franco, que, además de inficionar de odio a los españoles, operó como la regresión a lo más oscuro de sus pasiones. En todo, durante los ocho años de la seguridad democrática en Colombia, nos parecemos al patrioterismo hirsuto de esa neurosis colectiva.

Existen dos libros, El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina, y Anatomía de un instante, de Javier Cercas, la primera una excepcional novela y la segunda una extensa crónica periodística, que describen el contexto del franquismo, sus métodos macabros y las consecuencias culturales de esa tiranía.

En el primero un personaje de ficción, el comandante Galaz da una lección de dignidad militar al negarse a la sublevación comandada por Franco. Y en el segundo, Adolfo Suárez, un político insólito, un traidor de clase, enseña su valor para defender la democracia. En ambos libros, uno de ficción y el otro de historia, dos hombres comunes, contra la corriente, preservan valores humanistas y el ejercicio del libre albedrio de una nación entera.

Suárez no dudó en deconstruir el falangismo, su casa, cuando el Rey así lo quiso; centrista en el gobierno, no le tembló el pulso para aliarse con el proscrito partido comunista. Suárez fue honesto en la administración pública y cumplidor de su palabra. Ave misteriosa que, al morir, toma vuelo en la historia de España.

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