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 RECONCILIACIÓN DE DOS MUNDOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

La muerte de mi padre, Rosemberg Solórzano Arenas, me hizo pensar sobre la Colombia en donde él nació y la que heredará mi hijo. Mi papá, nacido en los años treinta del siglo veinte, vivenció en su hogar la égida de un conservadurismo a ultranza, dominado en el país por la iracundia de Laureano Gómez y de la Iglesia Católica, por medio de Monseñor Builes, quien inficionaba de miedo la cotidianidad porque, según ese energúmeno, solo el colérico Dios del Viejo Testamento podía dirigir la conciencia individual.

Mis abuelos habían venido de Choachí. En La Virginia, Calarcá, entre montañas encontraron abrigo a sus ilusiones. El mundo de mi padre era inocente, porque la naturaleza así lo era, y violento porque así lo chispeaba la cultura circundante. Un día, en un cruce de caminos, vio cómo asesinaron a machete a su hermano menor, lo abrieron en canal como si fuera un animal de beneficio y luego lo fijaron a la tierra como ocurre con las mariposas muertas de exhibición. Su vida ya no sería igual: su mirada se tornó desangelada y triste, como su corazón, que muchas veces rebosaba de rabia por el mundo que le correspondió vivir. Fue una víctima más de nuestro conflicto.

La guerra civil del 48, el golpe de Rojas Pinilla, las elecciones de 1970, los asesinatos de Pardo Leal, Jaramillo, Pizarro, Galán, y de millares de mujeres y hombres de la Unión Patriótica, así como la muerte de su admirado Álvaro Gómez, todos los actos genocidas que intentaron finiquitar la democracia, lo volvieron arisco, como muchos, a un diálogo para negociar la paz. Así lo dijo, y comprendí que él nunca olvidaría a su hermano asesinado por liberales en un recodo de La Virginia.

Su historia es triste porque, de alguna manera, se encerró en sí mismo, en su individualismo, para poder sobrevivir a la hostilidad del mundo exterior. Solo obedecía sus propias reglas, como si el dogma espetara su humanidad.

Conoció a mi madre, hija de un liberal de Quebradanegra en Calarcá, y de inmediato se enamoró. La dulzura de ella, tal vez, mitigaba sus penas. El amor vence a las ideologías.

Se hubiera alegrado por la destitución de Petro, porque no perdonaba, de seguro, la masacre que el M-19 propició en el Palacio de Justicia.

Al final, las circunstancias de su enfermedad lo llevaron a abrazarse a mi hijo, de sólo quince años, quien, empujado por su bondad de corazón, lo ayudó —con mis hermanos— a cruzar el umbral de la muerte con dignidad, como fue él durante su existencia. Un hombre digno.

El abrazo de mi padre y de mi hijo es la metáfora del encuentro de dos mundos que se reconcilian. Paz para mi padre en su tumba y paz para mi hijo en su vida.

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