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RECONSTITUYENTE PARA LA EDUCACIÓN

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"El currículo, al final, es la expresión de un deseo"

Hace cinco meses el Ministro de Educación del Japón, Hakuban Shimomura con visión economicista escribió una carta a las directivas de las 86 universidades de su país y les hizo una petición especial: cerrar facultades de ciencias sociales y humanidades y en su reemplazo abrir carreras que "respondan mejor a las necesidades de la sociedad".

De inmediato obtuvo dos respuestas. La sumisa e interesada, que responde a los intereses corporativistas del régimen, que juntó a 26 directivos de universidades quienes aceptaron, sin chistar, la directiva estatal. Para esas universidades del Japón las ciencias sociales, las humanidades y las bellas artes son ejercicios académicos superfluos, que en nada corresponden a lo que "demanda" la comunidad.

Las universidades de Kioto y Tokio, tal vez las de mayor valía académica, rechazaron de plano esa petición, que era una orden, y resistieron de frente al gobierno, por lo que suscitaron en su país y en el mundo Occidental un debate sobre la trascendencia de esa formación para el currículo de un país.

El currículo, al final, es la expresión de un deseo, y en él está inmerso el mundo que soñamos de una manera colectiva. Es una utopía compartida por profesores, estudiantes y funcionarios, y conlleva a diseñar el porvenir de nuevas generaciones. En general, muchos currículos o su expresión en los planes de estudio fracasan porque responden a intereses pragmáticos o a necesidades de sectores sociales específicos.

Ese debate, en particular en la educación básica primaria y secundaria, nunca lo hemos tramitado en Colombia, y tan solo nos rasgamos las vestiduras cuando los recortes se hacen en la formación superior o en las agencias estatales que promueven cultura, como si la cúspide de la pirámide fuera lo más importante para la creación de públicos o para la imaginación de los artistas.

Jamás hemos pedido, con la fuerza que confiere la razón, que los niños de Colombia tengan acceso a una formación humanística y artística de verdad, sin que medien las maniobras engañosas de mandar a orientar esos procesos de educación estética a quien, sin ser profesional en el arte o en la pedagogía artística, le sobran horas de su cupo laboral; así sucede en centenares de instituciones educativas del país.

Razón tienen quienes dicen, con el poder visible de la realidad, que después del pacto de desactivación de la guerra interna entre el gobierno y las Farc, luego del plebiscito, será necesaria una constituyente que le dé una voltereta a nuestras prioridades; que fije nuevos objetivos para el postconflicto.

Nos acostumbramos a decir, como un discurso vacío de significado, que la educación es una primacía, cuando los recortes para el sistema son evidentes, porque si bien los recursos fluyen, muchos de ellos van A atender la creciente demanda. Es decir que lo invertido atiende la urgencia del presente o el rezago histórico del sector en capacidad instalada.

Una educación para la convivencia pacífica, para el respeto por la diferencia, necesita de maestros bien remunerados, de escuelas dotadas, y de niños y jóvenes atendidos en su alimentación básica. Y, claro, requiere de la imaginación, la fantasía, la creatividad, la libertad, la espiritualidad, que le inocula la educación artística al ser humano.

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