Logotipo calarca.net

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

InicioEscríbanos sus inquietudesLea nuestro Libro de VisitasCompartir esta página en FacebookRecomendar en Twitter
 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 SANTAS NO, POR FAVOR

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"El cómo se gestó al final del siglo diecinueve la peligrosa misoginia que experimentamos los colombianos aún"

Las telenovelas no son un género menor cuando de explicar una sociedad se trata. Los colombianos no olvidamos Caballo Viejo, El Chinche, Dejémonos de Vainas, Café con Aroma de Mujer, porque en cada uno de esos seriados encontramos un fragmento de nuestra personalidad social o un símbolo que entrama la vida individual con el imaginario colectivo.

Lo mismo pasa con un libro interesante o una buena canción. Me ocurrió hace poco, por ejemplo, con el libro El Mar de John Banville, que me revivió desde la ficción los estragos del cáncer en una mujer, su degradación física y el drama de su familia; o con Strange Fruit, una canción de Billie Holiday, artista negra, prostituta en su adolescencia, que después de interpretar esa pieza vomitaba su dolor en un baño en Estados Unidos. A esas historias siempre volvemos, creo, para encontrar rasgos o gestos nuevos.

Sentimos empatía con relatos que, al pensarlos mejor, resultan contrarios en nuestra conciencia a su dulce narrativa. Hace pocos días veo, conmovido por la bella escenificación de época, la telenovela de la Santa Laura, en donde se evidencia el cómo se gestó al final del siglo diecinueve la peligrosa misoginia que experimentamos los colombianos aún.

Esa actitud nos ha llevado a construir un devocionario, impregnado de babas, que adora la imagen de una mujer poco real como la beata; poco justa como la cenicienta y, en especial, que construye una metáfora social con la mitomanía abusiva que inventamos alrededor de la figura de una reina de belleza.

Vemos la mujer que queremos, de acuerdo con nuestras ideas o, peor, según esas secretas compulsiones que mueven, a dentellada sucia, nuestra pasión.

Laura Montoya fue una mujer inteligente y sensible, convertida en santa hace poco, que entregó su vida a los pobres y a defender los derechos de los indígenas Katíos en Dabeida, en esa Antioquia retrógrada y cruel de antes y después de la guerra de los Mil Días.

La novela, actuada en su primera parte con maestría por Julieth Restrepo, actriz graduada en la Universidad de Antioquia, más que la existencia de una mujer buena y noble, nos dice sobre la persecución que hacía la Iglesia Católica, en su peor versión, contra los deseos femeninos, como si estos fueran lastres del demonio. Y, claro, nos cuenta sobre esa cultura patriarcal que hizo de la mujer la esclava favorita de un modelo de producción, el emprenderismo paisa, y de su cuerpo, el femenino, la guarida obligada de cierta saña masculina.

Subyace otra historia terrible en esa serie televisiva, que es el obtuso e interesado paternalismo étnico sobre los pueblos aborígenes. Se da como un hecho que los indígenas deben ser salvados, colonizados con una doctrina, como si la Colombia de principios del siglo pasado fuera la misma de la conquista española.

Prefiero, excepto por la intensa mística de Laura Montoya, que dejemos a las mujeres como son o quieren ser, libres y complicadas, a veces, intuitivas y pasionales, si se quiere, pero que no las mutemos ni las matemos elevándolas a santas en un altar que nos conviene. Santas no, por favor.

 NOTAS ANTERIORES

Don Narcés | Libreros de viejo | Cargados de tigre | Tiempo perdido | Pactos ciudadanos por la cultura | Embriaguez de palabras | Ciudad perdida | El café en la boca | Sentidos comunes | Luz Marina Botero | Ojos invendiados | Memorias del día a día | El abrazo de la sombra | Érika Salazar | Pensar en grande |Patio trasero | Memoria de fuego | Tiempo reunido | Las lógicas del maniqueísmo | Los claroscuros de Multipropósito | Metal-Riff para una sirena varada | La vida es sagrada | Sociedad anónima | Doris Salcedo | Caminar es sagrado | Por quién doblan las campanas | "El Pájaro" Carpintero | Los caraduras | La otra mejilla (2) |La otra mejilla | Tu rostro mañana | Una aguja en un pajar | El café de Carlos | Pájaros grandes, bellos y fatigados | Miscelánea de ausencias | La mujer desnuda | Lunas nuevas | Fuego amigo | Histeria de hombres | El placer de mentir juntos | El sueño (in)tranquilo de los fundadores | El sueño intranquilo de los fundadores | También soy capaz | El inquilino | Carnaval Literario | Oportunidad para reflexionar | Café: Bienvenidos al pasado | Noticias de Gaza | Amores que matan | Quietismo suicida | ¿Cuál junta cívica? | Domingo sin sol | Tierra batida | Fuera de juego | Tierra de nadie | Prefiero no hacerlo | Perder es ganar un poco | El honor perdido de un país | La dignidad del "no" | ¿Para qué educar? (3) | El prestidigitador | ¿Para qué educar? (2) | ¿Para qué educar? (1) | Rara avis | Sale el espectro | El príncipe de Anapoima | Espejito, espejito... | Damas de helio | La misa ha terminado | Honor perdido | Se busca | El eterno femenino | En plata blanca | Ya viene el 25 de enero (II) | Ya viene el 25 de enero (I) | Sombra de uñas largas | Se necesita sangre | Calarcá S. A. | El mesías nunca llegará | Reconciliación de dos mundos | Textículos | Nos piden auxilio | Bodas de sangre | La economía naranja | Los significados de Amparo | Los cruzados de la guerra | La alegría de leer | Artes visuales | Que nadie llore después | Nada es broma | Lobos al acecho | Adán engaña a Eva | ¿Casa quindiana? | "Yo tengo un sueño" | El camaleón | Las traiciones del liberalismo |

Quédate en Calarcá

Inicio Escríbanos Lea nuestro Libro de Visitas Compartir esta página en FacebookRecomendar en Twitter
 
YIPAO
IMÁGENES CALARQUEÑAS
Imágenes Calarqueñas
MONUMENTO AL CACIQUE
Ver Monumento al Cacique Calarcá

Ubicado en el Barrio La Huerta.