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JOSÉ NODIER

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SE ESPERA UN MILAGRO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Fue clave para crear conciencia de Departamento"

Cada cierto tiempo, cuando pienso en el Atlético Quindío, en la raíz que tiene sembrada en el corazón de millares de jóvenes, y en los añosos ramales que se estremecen con la nostalgia, concluyo que esa institución es una deuda de los quindianos con su historia. Es una pérdida, un faltante doloroso en el inventario de bienes espirituales que aún conservamos.

Lo digo porque los cien años de la copa América, y las esperanzas suscitadas por la nueva selección Colombia, no parece conmovernos con nuestro equipo de patio, aquel que fuera campeón en 1956, pero que tuvo brillantes jornadas de domingo en su pasado, ya sea en el estadio San José o en el Centenario de Armenia.

En tanto los periodistas deportivos comentan al infinito ese deporte ambiguo, de rasgos solidarios y frívolos, propiedad de una multinacional de procederes mafiosos, y dicen que el fútbol en Colombia crece, y que esa evolución se advierte en la democratización de la propiedad de varios equipos, en su saneamiento fiscal y en las hinchadas emergentes, El Milagroso, en contrario, parece hundirse en la medianía de su administración.

Dice Eduardo Galeano, el intelectual más revolucionario de los uruguayos revolucionarios, que "la historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber". Y lo afirma porque, cuando se jugaba con zapatos de cuero y taches claveteados con puntillas, el hincha sufría pero era un delicioso sufrimiento que se agotaba en la cancha, en medio del olor a clorofila del pasto, y no en los escritorios, en la soberbia de los burócratas del deporte o en las cuentas de los mercaderes, aquellos que imaginan siempre sus utilidades: creen más en sus bolsillos y menos en esa caldera que es el alma de un aficionado.

Ya nadie recuerda la gesta que fue, según Josué Moreno Jaramillo y John Vélez Uribe, relatada en ese breviario que es el libro de Danilo Gómez Herrera, Quindío 1956 Campeón, la construcción colectiva del estadio San José y cómo hombres y mujeres, entregados a un convite, pensaron que un equipo de fútbol, más que una entidad territorial, era una forma sagrada de pertenecer a una región y a una comunidad. Once tipos de pantaloneta, con medias azules de rombos amarillos, y una V enorme en el pecho, plantaron cara e hicieron visible un enorme deseo de ser independientes y autónomos.

Crear al Atlético Quindío, por encima de las dificultades de ingreso a la Dimayor, fue un gesto de dignidad y de autoestima colectiva. Danilo, en ese libro, lo confirma: "La aparición del Deportes Quindío, sin duda, fue clave para crear conciencia de Departamento".

Alguno dirá que eso, el fútbol, es tan solo un embeleco de gentes banales, un vicio machista. Tal vez si, y esa trivialidad le da sentido a algunas vidas sencillas que no desean la trascendencia. Esa fiesta de la insignificancia, como parodia, a muchos nos permite sobrevivir frente a las angustias de esta época, a sus acosos, como si fuera un sucedáneo de la felicidad o la felicidad misma.

Uno no recupera lo que está perdido solo porque sí: lo hace porque su semántica permite reconocernos en ese patrimonio. Se espera un milagro, claro, porque nadie dice ni hace nada. Así somos.

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