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JOSÉ NODIER

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SE EXIGE CULTURA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Convertimos al mercado, al comercio, en el dios de nuestros actos"

Cuando la gente se pregunta desde el púlpito de su conciencia qué hacemos mal, dónde está la falla geológica de nuestro comportamiento, qué hemos hecho para deconstruir la escala de valores tradicionales, la respuesta está en la cultura y, claro, el origen de esa inquietud subyace en la invención del consumismo como una práctica propia del capitalismo salvaje de Occidente.

Y recurrimos a la viga en el ojo ajeno para contrapreguntar y entonces ¿por qué en Oriente, en los países musulmanes, la violencia, la disolución social y política están al orden el día?

Me explico: de nuevo la respuesta está en la cultura, es decir, en la mistificación de prácticas que responden a la construcción de imaginarios o símbolos que intentan saciar los deseos y refrenar los miedos de los seres humanos.

En Occidente convertimos al mercado, al comercio, en el dios de nuestros actos, y en Oriente hicieron de la idea de dios una moneda de cambio frente al terror de vivir encima de un polvorín y un refugio, un bunker, contra el pavor del enemigo externo, del colonizador que viene a saquear los recursos naturales.

El odio contra Estados Unidos, en regiones de Oriente, hace parte de las reacciones viscerales de millones de musulmanes, que padecen el abordaje de un pirata que los atraca en la altamar de sus culturas ancestrales, y que de paso avasalla su identidad.

Intento simplificar una narrativa vital que es compleja, solo para llegar al núcleo de la idea de que así como hemos destruido mucho de lo que somos a través de prácticas inventadas en otras latitudes, y que devienen de intereses foráneos, a través de la cultura y las artes, en contrario, podemos inocular el antídoto contra la angustia de vivir en un planeta que se autodestruye por cuenta de la idea del crecimiento económico sin fin.

Por ello se tornan significativas las decisiones que toman los Estados sobre este tema, que en el contexto histórico ha sido marginal para el gobierno y la dirección de las entidades territoriales, de la clase dirigente empresarial y académica en su amplio espectro.

Por años hemos vivido en el equívoco de instrumentalizar el concepto de cultura —de la famosa economía naranja—, de reconvertirlo en el hábito prescindible, casi decorativo, de un grupo de personas alternativas que juega a volver bello el mundo.

Muchas veces he argumentado que pensar en exclusiva la cultura desde las artes es retroceder a ideas decimonónicas, que solo responden a intereses de élites estéticas que poco aportan a la reflexión crítica y a la creación de símbolos comunes para una sociedad.

Solo la crítica, la autocrítica y la libertad creativa pueden ejercer como un revulsivo contra los asedios existenciales de este tiempo.

Así lo debemos entender cuando exigimos más presupuesto para la cultura, y cuando nos congratulamos de que el señor gobernador del Quindio haya nombrado a James González Matta en la Secretaría de Cultura; y en Calarcá y La Tebaida, por ejemplo, las alcaldesas hayan designado como Jefes en las oficinas de cultura a Diego Mauricio Vásquez y a Alexander Carvajal.

En una cafetería al lado de mi casa se puede leer en un aviso: "Se exige cultura".

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