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 SE NECESITA SANGRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"No podemos continuar este divorcio infame con la naturaleza"

Hace más de treinta años corrí por las calles de Calarcá en búsqueda de algún amigo que me permitiera ver las peleas de boxeo de Antonio Cervantes y de Rodrigo Valdés. Como muchas personas de mi generación, en cuyas casas no existía el televisor, compartí en una sala atestada de aficionados la contundencia de los puños del hijo de Palenque, Kid Pambelé, quien para muchos era una especie de máquina justiciera que ponía las cosas en su lugar: un negro, pobre, podía ser rico con su fuerza física. Ingenuos.

Ese afán, una ansiedad que nacía del corazón, experimentamos con mis amigos Pan Viejo, El enano, y supongo que así le pasó a la Copa, al Buda, cuando boxeaba ese místico de ébano que era el Rocky Valdés. Recibía palizas increíbles, que él, como un mago cabizbajo, devolvía poco a poco hasta ganar las peleas.

No se pueden olvidar, salvajes que éramos, sus duelos terribles y enconados con el zurdo Carlos Monzón, quien, por ser blanco y argentino, los hombres odiábamos mientras las muchachas se derretían por sus largos brazos de campeón. Además, Monzón caía mal, nos causaba antipatía, porque salía retratado con bellas modelos, como Susana Giménez, una hermosa argentina que ya era el sueño acuoso de muchos latinoamericanos.

Los jueves, en Leña Verde, que era una taberna en la carrera 25, don Otoniel Patiño nos decía que el peso gallo Bernardo Caraballo había sido un boxeador excepcional y que Cassius Clay era el más grande estilista de todos los tiempos, porque bailaba como una mariposa en el ring; mientras sonaban los Visconti o Charles Aznavour, con Pan Viejo, escuchábamos su lección de historia boxística, agradecidos, porque esa era la manera nuestra de birlar la cuenta.

Eran tiempos gratos, aunque no mejores. Lo digo porque poco a poco los seres humanos construimos una ética que nos permite, a muchos, entender que ese espectáculo que ayer veíamos con tintes poéticos, hoy solo es un remedo grotesco para glorificar la muerte, para invocarla, cuando todos sabemos que la tragedia llega a nosotros, por sus propios medios, sin necesidad de invitarla a la mesa.

Hablo de la urgencia de acabar o de reconvertir algunas prácticas culturales que, como tradición, hablan pésimo de nuestras emociones. Las corralejas son encierros con la ebriedad de la muerte. Las riñas de gallos o las peleas de perros son celebraciones regadas por sangre y dolor, como también lo son las corridas de toros.

Una mujer, Paola Salazar, murió al caer de su caballo en la feria de Cali. Un boxeador colombiano, José Carmona, casi fallece en México por cuenta de una pelea. No podemos continuar este divorcio infame con la naturaleza, en un infinito agravio a la vida.

Nuestra sociedad debe entender que llegó la hora de derrotar la muerte, asimilada y entendida como una compulsión gratuita, cínica, a veces folclórica. Es tiempo de reivindicar la vida.

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