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 SOCIEDAD ANÓNIMA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"La cultura cafetera, sus símbolos, terminó como pobre eslogan de las agencias de viajes"

Hace mucho tiempo los quindianos nos acostumbramos a ver, de manera resignada, cómo la clase dirigente, los políticos, los comerciantes y los empresarios, en buena parte, privatizan los bienes públicos y convierten el patrimonio colectivo en usufructo o en propiedad de unos pocos.

Lo escribí hace algún tiempo cuando recordé la historia del estadio de Calarcá, el Guillermo Jaramillo Palacio, que quedó a disposición de una organización civil creada por el hijo de quien gestionó, con presupuesto nacional, la construcción de ese escenario deportivo.

Lo sentí, con indignación y dolor, cuando la administración de Armenia eximió de impuestos a los empresarios del chance. Lo avizoré cuando las alcaldías de Calarcá, Armenia y Montenegro dejaron que en sus plazas de Bolívar se expendiera droga y se traficara con el sexo de niñas y niños, como si el espacio público, el mismo que no defienden esas administraciones, fuera tierra de nadie.

Lo percibí, claro, cuando nos enteramos que las calles y andenes de Armenia, o las carreras 24 y 27 de Calarcá, son ocupados de manera abusiva por los comerciantes formales, los de las motos o los de las franquicias de expendios de verduras, los mismos que con sus voceros gremiales se rasgan las vestiduras en contra de la informalidad, en uso de una nociva doble moral.

Todos sabemos en Calarcá, por ejemplo, que decenas de expendedores de perecederos y vendedores estacionarios le hacen un mandado a algunos comerciantes formales.

Ahora también nos privatizaron, para provecho exclusivo de los empresarios del turismo, la declaratoria por la Unesco del Paisaje Cultural Cafetero, con lo que aceleran el franco deterioro ambiental y social del departamento.

Es simple, La Federación Nacional de Cafeteros y la Cámara de Comercio, con certificaciones y marcas propias, administran una declaratoria que el sector público, por su ausencia o desdén, no supo salvaguardar.

Las entidades territoriales, el departamento y las alcaldías, terminaron de vagón trasero en los emprendimientos privados, sin defender el interés común representado en la cotidianidad de nuestros campesinos, en su seguridad social, en sus prácticas tradicionales y, sobre todo, sin atajar con impuestos o contribuciones el deterioro de los elementos naturales de supervivencia. ¿Dónde está el agua de consumo interno para las próximas generaciones? ¿Dónde la inversión para las vías terciarias? ¿En qué quedaron los 104 mil millones del Conpes de febrero de 2014?

No comprenden los dirigentes que su indiferencia en relación con la construcción de una cultura de lo público, al final, amenaza el desarrollo colectivo y las dinámicas de negocios particulares, porque hacen de la sociedad un emporio frágil, sin discurso colectivo. La cultura cafetera, sus símbolos, terminó como pobre eslogan de las agencias de viajes.

Somos una sociedad anónima, y así lo dicen a voz en cuello nuestros discursos oficiales y así quedó plasmado, para asombro de todos, en el Plan de Desarrollo Nacional. No existimos. Somos fantasmas. Estamos a la deriva, porque en Bogotá, de tanta insistencia nuestra, ya se convencieron, ya los convencimos, de que fundamos un supuesto paraíso, una suiza en Colombia.

Somos una sociedad anónima, extraviada en un discurso arribista, que no entiende la necesidad de construir imaginarios, instituciones, éticas y discursos públicos.

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