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SOLEDADES MULTITUDINARIAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La mujer amada es una galaxia, a veces inhóspita, pero casi siempre tachonada de luces y ternuras

La electricidad ya había sido inventada en el siglo diecinueve, y su generalización ocurrió en el siglo veinte. Las bombillas, en reemplazo de las velas de sebo, iluminaron las buhardillas y los estudios, en donde los jóvenes leían poesía y escribían boletas o cartas de amor.

La luminosidad, en medio de cierta soledad que abatía a algunos espíritus, vino para enfocar nuestros ojos en los libros y en los periódicos. Tal vez había en esa época más soledad, por el aislamiento físico y las distancias, sí, pero también ocurrían en las casas las fiestas del comedor, esa oportunidad de juntarse a cenar en familia.

El automóvil también fue creado en el siglo diecinueve, pero su desarrollo transitó en el siglo veinte, y con ese invento el hombre, que viajaba a duras marchas o por medio de libros y relatos de viajeros, pudo buscar la mirada de extranjeros más allá de su parcela.

En todos los tiempos, el ser humano, más que la desolación de sentirse dejado por su suerte en algún confín, ha buscado la comunión con otros, bajo la premisa de que los encuentros, los abrazos, además de sofocarle un velón a la muerte, sirven para conocer y aprender de la vida misma.

Lo mismo pasa con la mujer amada: es una oportunidad de conocer, en otra piel, el dolor y la dulzura de la humanidad toda. La mujer amada es una galaxia, a veces inhóspita, pero casi siempre tachonada de luces y ternuras.

El avión, que alzó vuelo a manos de los hermanos Wright en 1903, nos llevó a surcar sueños, a conocer otros paraísos y, claro, otras barbaries. El teléfono fijo nos sentó a conversar con otros espíritus. Luego, con el móvil, ese aparato nos hizo caminar entre ansiedades para escuchar mejor el murmullo de las voces que vienen desde otras latitudes. Ansiedades, sí, esa es la definición emocional de los inventos recientes.

La radio y la televisión nos tomaron de la mano y nos llevaron por carreteras, por ciudades y rostros que nunca habíamos visto. De alguna manera, como pasa con los artefactos que nos informan y comunican, nos sentimos más acompañados con las voces en las mañanas o con los gestos de los actores en las noches. El meollo crítico del asunto, de la radio y la televisión, aparece cuando la sociedad de consumo, con sus mercaderes, tomó por asalto las salas de grabación y los estudios con el objeto de convertir la representación estética de la vida en un espectáculo de luces y falsedades.

Digo de esos inventos, como el de la píldora anticonceptiva que ayudó en la comunión amorosa, porque el siglo veintiuno nos hace padecer, en medio de mensajes instantáneos y de fotos de otros lugares, videos de otras vidas y selfies de egos recargados, de un nerviosismo tal, de una inquietud tal, que parece que nuestros hijos no existieran por sí mismos sino por los fantasmales mensajes cruzados. Esperamos, acogotados por el temor, la razón de los amores como si un emoticon, un link o un monosílabo fuera una sentencia para nuestro corazón acobardado.

Facebook, Whatsapp y las redes sociales nos hacen esclavos de un tiempo de desolación, y de imágenes frívolas o de imposturas de sentimientos reales.

Vivimos en una época de soledades multitudinarias.

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