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 SOMBRA DE UÑAS LARGAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Pudo atravesar un siglo sin salpicar su saco de ese fango"

Bajar a las cloacas asquea pero es útil para finiquitar el carcoma de la autocomplacencia, y para poner las cosas en su sitio, en especial esas furtivas vanidades de quienes nos creemos mejores que los otros o nos emborrachamos con el presente sin entender la valía del pasado.

Para algunos es como lanzar una botella al mar, a las aguas encrespadas de una sociedad como la nuestra que desprecia el sentido y el valor de la historia, porque anda engolosinada con la inmediatez de sus propios afanes.

Lo menciono porque con la muerte de Helio Martínez Márquez, un maravilloso patriarca conservador de cien años, algunos han querido despedirlo como el último gran señor de nuestro pueblo. Y de seguro que lo fue, porque no se cansó de sus principios, férreos, y jamás desmayó frente a la corrupción y a la falta de carácter de muchos de sus contemporáneos.

Imagino la vergüenza que le causaba su Partido Conservador, esa amalgama de intereses particulares y de clientelas cebadas, como los patrimonios de sus líderes, con la burocracia del Estado.

Fue testigo él de cómo los negociazos, el dinero del narcotráfico, el paramilitarismo, y el más abrumador contraterismo estatal, acabaron con el partido de sus mayores, fantasma que deambula, difuminado, por las elecciones locales y nacionales; es una sombra de uñas largas.

En el Quindío el partido conservador es un trazo famélico, un logo, proyectado en las paredes de una cueva de negociantes al detal. Se prestó, cito un caso, para que Carlos Alberto Oviedo, un oscuro personaje, cometiera sus crímenes mientras el partido, aquiescente y sigiloso, respaldaba el dominio de su Representante a la Cámara.

Tantos años después los viudos de Oviedo aún continúan enmascarando, desde corporaciones públicas, desde la prensa o desde increíbles contratos con las entidades territoriales, su pasado de complicidad con un hombre que liquidó e incineró en su momento la ética pública de los quindianos.

Imagino el dolor de Helio Martínez Márquez. Sabía él, como pocos —tal vez como Rodrigo Gómez Jaramillo— el mérito de las prácticas conservadoras en las dinámicas progresistas de una comunidad.

Preservar el valor de la historia de los hombres y de los lugares, el sentido ecológico y el equilibrio natural; conservar la institucionalidad como mediadora entre el ciudadano y la justicia social; y mantener la vida como bien supremo dentro de una democracia eran, y son, misiones extraviadas por quienes aducen ser personeros de un partido que —por asombrosa paradoja— es una fuerza electoral que aún decide la inmutabilidad del statu quo: congelar privilegios, profundizar la inequidad y promover la exclusión social y económica.

Claro que asquea bajar a las cloacas, describir las uñas terrosas de las sombras; pero es grato saber y poder apreciar el espectáculo único de un hombre que —solitario a veces— pudo atravesar un siglo sin salpicar su saco de ese fango.

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