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JOSÉ NODIER

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¿SOMOS DE DERECHAS?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Hemos caminado hacia atrás en lo ideológico, como si el reloj nos devolviera en el tiempo

La historia de Colombia dice que, por períodos cortos, hemos sido una nación con vocación liberal. Es decir que cuando se aspiraba a que el desarrollo colectivo estuviera centrado en el ser humano, en sus intimas y fundamentales necesidades, aparecía el monstruo que devoraba, con sus fauces entierradas, el romance que implicaba vivir y hacer ejercicio de libertades universales o, al menos, con la esperanza de su conquista.

Así ocurrió con el liberalismo radical del siglo diecinueve, cuando intelectuales y líderes tejieron una manta de ideales de grupo. No obstante, apareció el transfuguismo personalista de Rafael Núñez y los intereses de la iglesia católica, como una aplanadora de sueños, y elevaron a frustración la idea de la federalización, la que al menos era consecuente con la diversidad de nuestro territorio y de nuestras personalidades sociales.

En el siglo veinte, acobardados por el poder omnímodo de la Iglesia y de los terratenientes, el partido Liberal se parapetó en ideas y prácticas conservadoras, y poco hizo valer unas supuestas mayorías políticas. Siempre nos engañamos: pensamos, con cierta ingenuidad, que éramos un país liberal.

Excepto en algunos gestos del gobierno de Olaya Herrera, en muchas iniciativas en los gobiernos de López Pumarejo, y en el poder popular de la memoria de Gaitán, el liberalismo como vivencia de derechos ciudadanos, en particular los económicos, dejó que los terratenientes y ahora los banqueros y los propietarios de las empresas de servicios, determinaran la manera de vivir en un país sumido en la incertidumbre: no tenemos un mínimo de servicios de salud, ni siquiera una justicia equitativa y los privilegios, de los políticos, mafiosos y empresarios, colindan con la obscenidad más rampante.

Dicen los analistas de encuestas que la ultraderecha y la derecha de Colombia, el uribismo y el vargasllerismo, aupados por los dueños del gran capital –y así lo apuntala el análisis de la revista inglesa The Economist, con sus elucubraciones y encuestas– van camino a la Presidencia de la República.

Si bien la alianza de parte del centro y la izquierda política renovaron la esperanza –Sergio Fajardo, Jorge Robledo y Claudia López– se entiende que las elecciones las ganan quienes en los barrios, en las veredas, y en la Costa Atlántica, tengan el voto amarrado a sus bolsillos. Encerrado en la faltriquera de sus intereses individualistas.

¿Qué ola verde o qué irrupción primaveral podríamos esperar?

No creo que aparezca algún fenómeno. Es difícil, ya vimos que ni siquiera por la idea de la paz, maltratada e imperfecta, este país y sus jóvenes bipolares pudieron reaccionar. Ante la mitomanía y la más grosera distorsión semántica, como sociedad caímos, acríticos, de rodillas.

Aún queda un trecho por recorrer. Y la unión de todos los partidos y los movimientos de centro e izquierda, incluido Petro, sería la ilusión de muchos, al menos para darle una pelea digna a los corruptos de Colombia, quienes desde la vanagloria de su poder quieren condenarnos a la indignidad.

Hemos caminado hacia atrás en lo ideológico, como si el reloj nos devolviera en el tiempo. Es hora, supongo, de darle cuerda al ideal de encontrarnos en la mitad del camino. No es lo mejor, en lo político, pero al menos estaríamos juntos en la ilusión de acompañarnos hacia algún lugar.

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