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JOSÉ NODIER

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SOMOS HISTORIA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La historia, la personal, nos cantaría cuatro verdades de equivocaciones en nuestra cara

No entiendo la resignificación de la historia, como campo del conocimiento, en un artículo desechable. Su conversión en una presunta frivolidad de élites que solo interesa a personas mayores, a aquellos que según las nuevas generaciones viven de recuerdos y se alistan en las filas de la nostalgia. Seres fantásticos, por exóticos, que piensan en el pasado.

La historia, si la estudiáramos, nos enseñaría a no cometer los mismos errores de los griegos, por ejemplo, que alguna vez se mataron en guerras fratricidas y que eligieron, como lo hacemos nosotros, tipos dañados de alma en sus capitolios. Lo mismo que los romanos, quienes a la par de construir acueductos, leyes, jacuzzis y gineceos, con servicio de uvas y muchachos en sus palacios, nombraron pirómanos o dementes en sus dependencias oficiales.

La historia nos diría, por ejemplo, que este país de regiones, que pudo ser un estado federado, nunca ha podido entenderse entre sí, porque la cultura configura que los andinos seamos reservados, trabajadores y románticos, para reseñar un cliché, y los nativos de los litorales seres más tranquilos, más prácticos si se quiere, abiertos y desparpajados, todos cobijados por un relato que nos divide.

La historia, la personal, nos cantaría cuatro verdades de equivocaciones en nuestra cara, y nos dejaría perplejos cada vez que elegimos un amor equivocado, aquel que reivindica la experiencia vital pero mata la autoestima y la esperanza.

La historia, en el Quindío, nos diría que existe un pasado de crueldad explícita, como la guerra civil de 1948, o la violencia soterrada de las camarillas, enmascaradas en la moral de una sola vía, o las engendradas en las exclusiones sociales, aquellas que hoy advertimos en los cordones de miseria que nos circundan.

La historia en el Quindío nos recordaría que hace miles de años fuimos una región habitada por indígenas, y que hace más de un siglo un Presidente de Colombia, de esos pelafustanes de corbatín que nombramos cada cierto tiempo, regaló un tesoro Quimbaya a una reina española, una dama coqueta que aceptó el presente en oro de su admirador.

Ese relato dirá algún día sobre la existencia de hombres reunidos en una academia, en procura de hacer entender, sin más grúas que la palabra, la importancia de contarnos lo que fuimos y de documentar lo que somos.

Y dirá esa historia que un hombre, nacido en Calarcá, a quien le asesinaron su padre, trató de enseñarnos la importancia de mirar nuestro rostro, surcado de cicatrices y heridas, en el espejo del tiempo.

Ese hombre, hecho a pulso, como un autodidacta contumaz, viaja por el mundo, escribe libros de autoayuda personal, libros de ficción, convoca amores y resentimientos y camina bajo el paraguas de la honradez, el esfuerzo individual y la inteligencia, valores que pueden guiar las acciones de seres humanos precarios, sí, pero comprometidos a pensar su época y a registrarla en las piedras del río que nos baña.

La academia de historia del Quindío y los centros de historia de los municipios, que ya empiezan a funcionar, son el testimonio de un compromiso por nuestro pasado y del camino desbrozado por un hombre que sabe a qué huelen los tiempos por venir.

Ese hombre, ciudadano integro, es Jaime Lopera Gutiérrez.

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