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 TAMBIÉN SOY CAPAZ

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Colombia, por cuenta de negar el conflicto, se convirtió en la fiesta de la mentira completa o de las verdades a medias"

La campaña publicitaria Soy Capaz es interesante porque evidencia que los empresarios, por fin, asumieron su compromiso con la terminación de un conflicto interno que hunde sus raíces en 1948, cuando se desató esta locura que aún no termina. Demencia que fue escondida bajo las alfombras de los palacios de San Carlos, Nariño y Liévano de Bogotá.

Y es interesante porque empieza a reparar la autoestima colectiva de un país extraviado de sus propias utilidades. Las élites, los terratenientes y empresarios, pensaron que la paz era un asunto de soldados, y que la acumulación de privilegios nada tenía que ver con los niños famélicos del Chocó. Los políticos, por su parte, imaginaron un país paralelo donde el favor personal y el enriquecimiento individual, para ellos, era la forma de mantener los intereses de camarilla. Los profesores, además de proteger sus vidas, focalizaron su atención a defenderse de un Estado que deseaba arrebatarles sus conquistas laborales; los estudiantes, se arrellanaron en sus propias comodidades y en su escasa ambición científica.

Colombia, por cuenta de negar el conflicto, se convirtió en la fiesta de la mentira completa o de las verdades a medias. En las universidades los profesores pensaron que lo mejor era construir un planeta blindado de la realidad real, una burbuja de la información y la mnemotecnia, y algunos escritores crearon un universo alterno de papel para encubrir con palabrería la masacre que ocurría frente a sus narices.

Los médicos, por ejemplo, dejaron que un politiquerito de Medellín, un enfermo de narcisismo y un esquizofrénico como El innombrable, les inventara una ley, como la 100, que transmutó su profesión en un remedo de computador e historias clínicas, de quince minutos de acetaminofén, mientras la salud se tornaba en un producto más de la mercadería de este inmenso centro comercial que nos quieren vender como patria.

Ah, y los columnistas de opinión, casi todos, vendimos el alma al diablo, y nos quedamos ofreciendo pomadas y específicos en nuestros textos, diciendo vaguedades, eludiendo el sustantivo, con la invocación adjetivada de la realidad para enmascarar nuestros intereses: dejamos de decir las cosas por su nombre porque pactamos con los dueños de Colombia.

Entonces, como ocurre en el Quindío, nos dedicamos a entonar el himno del moralismo facilista, del que ve la viga en el ojo ajeno, del conservadurismo radical que en teoría limpia conciencias o que ensalza al paisito de Cucaña, paraíso de ficción, del que hablaba Estanislao Zuleta.

La campaña publicitaria Soy Capaz no puede ocultarnos que lo importante no ocurre frente a las pantallas de televisión sino en las aulas de clase, donde de verdad definiremos qué país deseamos construir. Y deberá hacernos pensar que podemos dejar atrás la nación de la intolerancia —así como dejamos sin parpadear las prácticas del civismo— y concentrarnos en vindicar una nación de derechos públicos y sociales, que vuelva a comprender la capacidad colectiva de los colombianos.

También soy capaz de mirarme, digo, mientras me pongo en los zapatos del otro. Y el otro es una víctima que llora.

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