Logotipo calarca.net

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

InicioEscríbanos sus inquietudesLea nuestro Libro de VisitasCompartir esta página en FacebookRecomendar en Twitter
 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 TIEMPO PERDIDO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Ellos, los conductores y sus familias, sus camperos, no caben en el mundo que crearon"

Los Jeep Willys irrumpen ruidosos en mi memoria. Desde una ventana en la 37, en la calle Fusa en Calarcá, veo venir un orejeperro. Atravesado, como si patinara, fulge bajo el sol en una curva de Potosí. Casi todos los recuerdos de mi infancia están recorridos por esos camperos, que trazan una línea de nostalgia entre las veredas La Paloma y Quebradanegra, como si esa geografía de guamos y mandarinas se extraviara en el sótano de lo ocurrido.

Y la verdad es que el ámbito de lo rural, para muchos, es un tiempo perdido desde que el modelo de desarrollo, por cuenta de los tecnócratas bogotanos, con la anuencia de los propietarios de provincia, fue transmutado en el boceto de un país de papel, hecho de solo cifras, como si la producción de alimentos fuera un mero guarismo, una estadística mal hecha, una pena colectiva.

Los jeep Willys —los yip— dicen mucho de nuestra personalidad social, y de cómo el mundo de campesinos que fuimos y que somos aún parece desvanecerse entre los dedos, como agua que fluye. Y que huye.

Los Willys fueron las ruedas de una economía de montaña que requería de su fuerza para extraer de esos parajes el café, el plátano, la yuca, y para llevar todos los sueños juntos al pueblo, donde a sus conductores se les veía con respeto y donde tenían un sitio, en las plazas de mercado, para estacionar.

De un momento a otro lo que era una forma digna de vida, de carros que iban y venían con su carga, no funciona en las reglas de juego de una sociedad que no aprecia su historia y que vuelve invisibles a los protagonistas, excepto si ellos hacen parte de la corte del poder político o del arribismo propio de los nuevos ricos de esta época.

Lo que pasa con este medio de transporte, tan importante aún, es lo mismo que ocurre con millares de campesinos, es decir, que sirvieron para construir el Paisaje Cultural Cafetero, pero que no tienen cabida en la seguridad social, en el sistema de salubridad pública o de pensiones, porque ellos no pueden cotizar en un sistema diseñado para ciudadanos.

Los campesinos, los conductores de los Willys, las mujeres del campo, y todos los que han construido lo que somos, ahora operan ahora como una marca, administrada por mercaderes e intermediarios, quienes no comprenden las afugias de su cotidianidad.

Importante es que entendamos que cerca de 8.000 mil personas viven hoy de las actividades de los camperos, y que más de 2.000 conductores, con su trabajo cotidiano, hacen real lo que para muchos es solo una postal o una foto para venta de servicios turísticos. Es un chiste pérfido: ellos, los conductores y sus familias, sus camperos, no caben en el mundo que crearon.

Requiere ese oficio, y la actividad de los camperos, de una legislación específica que respete su historia, como lo promueve la Fundación Territorio Quindío, orientada por Martha Lucía Usaquén y Diana María Giraldo.

Sería una vergüenza colectiva si no lo logramos. Bueno, de hecho este paraíso es una vergüenza. Y más ahora en elecciones.

 NOTAS ANTERIORES

Pactos ciudadanos por la cultura | Embriaguez de palabras | Ciudad perdida | El café en la boca | Sentidos comunes | Luz Marina Botero | Ojos invendiados | Memorias del día a día | El abrazo de la sombra | Érika Salazar | Pensar en grande |Patio trasero | Memoria de fuego | Tiempo reunido | Las lógicas del maniqueísmo | Los claroscuros de Multipropósito | Metal-Riff para una sirena varada | La vida es sagrada | Sociedad anónima | Doris Salcedo | Caminar es sagrado | Por quién doblan las campanas | "El Pájaro" Carpintero | Los caraduras | La otra mejilla (2) |La otra mejilla | Tu rostro mañana | Una aguja en un pajar | El café de Carlos | Pájaros grandes, bellos y fatigados | Miscelánea de ausencias | La mujer desnuda | Lunas nuevas | Fuego amigo | Histeria de hombres | El placer de mentir juntos | El sueño (in)tranquilo de los fundadores | El sueño intranquilo de los fundadores | También soy capaz | El inquilino | Carnaval Literario | Oportunidad para reflexionar | Café: Bienvenidos al pasado | Noticias de Gaza | Amores que matan | Quietismo suicida | ¿Cuál junta cívica? | Domingo sin sol | Tierra batida | Fuera de juego | Tierra de nadie | Prefiero no hacerlo | Perder es ganar un poco | El honor perdido de un país | La dignidad del "no" | ¿Para qué educar? (3) | El prestidigitador | ¿Para qué educar? (2) | ¿Para qué educar? (1) | Rara avis | Sale el espectro | El príncipe de Anapoima | Espejito, espejito... | Damas de helio | La misa ha terminado | Honor perdido | Se busca | El eterno femenino | En plata blanca | Ya viene el 25 de enero (II) | Ya viene el 25 de enero (I) | Sombra de uñas largas | Se necesita sangre | Calarcá S. A. | El mesías nunca llegará | Reconciliación de dos mundos | Textículos | Nos piden auxilio | Bodas de sangre | La economía naranja | Los significados de Amparo | Los cruzados de la guerra | La alegría de leer | Artes visuales | Que nadie llore después | Nada es broma | Lobos al acecho | Adán engaña a Eva | ¿Casa quindiana? | "Yo tengo un sueño" | El camaleón | Las traiciones del liberalismo |

Quédate en Calarcá

Inicio Escríbanos Lea nuestro Libro de Visitas Compartir esta página en FacebookRecomendar en Twitter
 
YIPAO
IMÁGENES CALARQUEÑAS
Imágenes Calarqueñas
MONUMENTO AL CACIQUE
Ver Monumento al Cacique Calarcá

Ubicado en el Barrio La Huerta.