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JOSÉ NODIER

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TIEMPOS BANALES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Nos hemos encargado de minimizarlas, de mandarlas a la cocina, al espejo, a un reinado"

Muchos hombres de Colombia hemos jurado un amor homicida a las mujeres.

Desde siempre, como si ellas fueran el enemigo externo, nos hemos encargado de minimizarlas, de mandarlas a la cocina, al espejo, a un reinado, de volverlas invisibles al nombrarlas, como si sus pasos transitaran hacia un tobogán del drama. Lo femenino, incluida la esencia o la proclividad de los hombres a esa manera de ser y parecer, por cuenta de un ríspido patriarcado, ha terminado como víctima de su propia belleza.

En la historia de Colombia la lucha de Policarpa Salavarrieta Ríos, quien fungió de espía y colaboradora de las fuerzas de la independencia ha permanecido casi oculta, avergonzado relato de una mujer que se opuso, hasta su fusilamiento, al dominio hispánico. Nunca entendimos que sobre el valor de esa mujer podíamos inaugurar una mirada, que trascendiera el santoral de varones diseminados por los libros de tapa dura de la historiografía nacional.

Así pasó en el Quindío cuando la fundación de Armenia como poblado, porque todos nos fuimos detrás del río de sudor y sangre de Jesús María Ocampo, Tigreros, y jamás supimos leer que estas montañas fueron desbrozadas también por la tenacidad de mujeres como doña Arsenia Cardona. Y así ocurrió con María Cano, la líder obrera y feminista, quien abrió un camino de reivindicación social, y a quien ya pocos recuerdan.

Luego, el papel de la mujer no fue distinto, y en parte la responsabilidad fue de las confesiones cristianas, que han tenido un estigma histórico sobre lo femenino, porque han temido los padres de las iglesias, pastores de la discriminación, que su torpe manipulación del autoritarismo caiga derrotada por la dulzura o la imaginación o la bondad de las mujeres en los púlpitos.

Nada es más patético que los hombres, y algunas líderes que se vanaglorian de su género, ahora, desde el sillón del poder político o desde la comodidad de los prejuicios, sigamos relegando a las mujeres, obligándolas a las pasarelas de los reinados, a los brillos de los espejos, a las clínicas de recuperación por cuenta de la anorexia, solo porque estamos parapetados en la sociedad de consumo, los machitos, claro, y las empujamos a ellas a destruir sus propios imaginarios, y a insertar como parte de su conciencia los implantes plásticos de un tiempo que todo lo banaliza y lo vuelve propio de un ambiente de la ordinariez.

Más de 3.700 reinados en este país, y más de 1. 351 asesinadas en el lapso de 2014 y julio de 2015, dicen bien lo que hacemos los hombres para asegurarnos el dominio de nuestros intereses.

En el Quindío las y los gobernantes, de cualquier militancia política, creen que engalanan una borrachera colectiva si programan un reinado, de lo que sea, no importa su motivación social, para afirmar que ellas están allá y nosotros los machos acá, decidiendo a nuestro arbitrio cuál camina mejor al son de nuestras pasiones y de aviesas estéticas de relumbrón.

Es parte de la cultura popular dicen algunos, como si la comunidad y las élites que se lucran de esos espectáculos tuvieran la obligación de repetir la estupidez hasta el infinito. No lo creo.

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