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JOSÉ NODIER

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TIRO AL BLANCO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Quien siembra odios, recoge tempestades"

Cuando se habla de convivencia pacífica en la comunidad internacional, y en los medios de comunicación, se olvida un poco la historia universal. El mundo no muere en cada masacre, aunque un poco se disuelva en el horror, ni se funda en la esperanza de un alumbramiento.

Los siglos de expolio por parte de las potencias mundiales, su avasallamiento de las identidades locales, su contumaz y unilateral manera de entender las relaciones entre las naciones, crean un caldo de cultivo de resentimientos que hace difícil, por lo variopinto de su origen, escudriñar el rostro de la maldad. Quien siembra odios, recoge tempestades.

Buena parte de los líos que procreamos tiene causa en el uso abusivo del poder. El poder político de la civilización occidental, que excluye a los diferentes por cuenta del maniqueísmo, se expresa en la demencia aceptada como normalidad de la fabricación, comercialización, tenencia y uso de armas, y convierte a algunas comunidades en escenarios paradisiacos para esa locura.

Nada podrá justificar que un sujeto asesine a cincuenta personas, y hiera a otro tanto, como en Orlando, Estados Unidos, así sea por motivación religiosa, política o de orientación sexual, claro, aunque tampoco haya una explicación racional a esa proclividad por estimular que los ciudadanos tengan acceso indiscriminado a las armas.

Es inusual y dramático que un Presidente llore ante el mundo entero, en vivo y en directo, al confesar impotencia e ineficacia frente al control de armas en Estados Unidos, como lo hizo en enero pasado Barack Obama. ¿Por qué el hombre más poderoso del mundo se declara inerme ante las fuerzas más retrógradas de su país, ante la Asociación Nacional del rifle, ante el Tea Party, y en especial ante sus mismos conciudadanos que en buena parte quieren andar armados por la calle y comprar un fusil de repetición en una esquina?

"Es la economía estúpido" dirán los analistas en ese país, y entonces entendemos que las decisiones ya no se toman en los recintos de la política, en el ágora de las decisiones colectivas, sino en las reyertas calladas de las bolsas de valores.

Hace pocos días, qué paradoja, murió el boxeador Muhammad Ali, militante del Islam y pacifista declarado quien, con su vida y su carácter, le dio tremenda paliza práctica y de carácter simbólico a la sociedad blanca norteamericana. Fue remiso de la guerra de Vietnam, como lo hicieron tantos intelectuales de Estados Unidos, y el tiempo les dio la razón, a quienes no comulgaron con esa debacle. Mucho tendría que aprender esa sociedad del ejemplo de ese hombre valiente.

Es similar a lo que pasa en Colombia: la guerra la quieren perpetuar quienes se benefician de ella, quienes aúpan a esa parte de la sociedad que los respalda de manera ingenua o iracunda, pero que no comprende quiénes de verdad ganan en la refriega en el campo de batalla.

A ellos, a los dueños del negocio de las armas, y a las élites de este país, les encanta que los campesinos y los pobres jueguen en la selva, o en la periferia citadina, tiro al blanco: juego mortal, que para los mercaderes de tierras, armas o privilegios, solo es una consigna, una estadística o un rédito.

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