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 TRÍPTICOS DE LA INFAMIA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Pablo Montoya es ejemplo del escritor seducido, desde la historia, con su propio tiempo."

Una sociedad pierde su rumbo cuando desprecia o persigue el disenso, como ocurre en Cuba, en Ecuador o en Venezuela, pequeños reinos de la mentira, o cuando con medios sofisticados compra o hipoteca el lenguaje de sus mejores intelectuales, a través de las lógicas del mercado para que produzcan una versión edulcorada de la realidad, como pasa con muchos artistas norteamericanos, que están al servicio de la trinidad de un dogma: el capitalismo puro, el individualismo rampante y la banalidad del espectáculo.

En Colombia, buena parte de la "inteligencia" es un anexo acrítico del poder económico y político. No obstante, otras expresiones del periodismo, de los académicos o intelectuales, de los prosistas o los poetas, aquellos que son conscientes de su función social, nos revelan con sus obras o investigaciones una realidad distinta.

En la novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos, Tríptico de la infamia, de Pablo Montoya —quien estará en el teatro Yarí de Calarcá, el 2 de septiembre, con Ángel Castaño, columnista de La Crónica, Arcadia y colaborador de El Espectador, y de Claudia Morales, Subdirectora de La Luciérnaga, columnista de El Espectador— encontramos que muchas veces esa palabra inventada va más allá de la misma historia, abre las cortinas pesadas de un cuarto oscuro; ilumina y focaliza las incertidumbres de otras épocas, aunque las mismas persistan en el mundo contemporáneo.

Lo digo porque la narración se hace a través de mirar y remirar artefactos artísticos, cuadros y grabados, como es propio de la tradición europea y, como paradoja, a través de los cuerpos de los indígenas, de sus hábitos y pasiones, como si ambas culturas repelieran la juntura del corazón y la razón, haciendo desde ese tiempo la terrible escisión del ser humano. La civilización occidental, a través del cristianismo, repudia el cuerpo, la intuición, y el mundo aborigen rechaza la esclusa cronológica de la cotidianidad y el espacio delimitados, como expresiones extremas de la razón.

Tríptico de la infamia, sin abordar la violencia doméstica, nos dice bien de qué sustancia fuimos hechos en la civilización occidental. La configuración de sus personajes, de Jacques Le Moyne, Francois Dubois, y Thédore de Bry, va más allá de crear con la historia una ficción verosímil, una anécdota relatada y nos permite desentrañar las miserias y crueldades propias del dogma religioso en el siglo dieciséis.

Solo el fanatismo, estructura lítica del pensamiento, causa la exclusión del otro, su negación y deshumanización, trastorna la realidad múltiple y variada para convertirla desde la compasión o desde la violencia en el escenario maniqueo de nuestras precarias satisfacciones. Amamos o matamos, adoramos o vituperamos, como si el cerebro funcionara desde el blanco y negro de nuestros prejuicios.

En Tríptico de la infamia encontramos la belleza y el horror, como dicen los críticos literarios, pero también extrapolamos un discurso sobre la función del artista en la sociedad. Y mucha poesía en las descripciones del paisaje y de la condición humana.

Pablo Montoya es ejemplo del escritor seducido, desde la historia, con su propio tiempo. Nada es más contemporáneo que el pasado, parece decir. Así resonará en Calarcá, en el Teatro Yarí de la familia Rey Novoa.

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