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JOSÉ NODIER

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UN TESORO DE LOS QUINDIANOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Jaime, sin rencores y sin vindictas, tomó un camino de reinvención personal"

Si alguien preguntara por cuáles son las principales falencias de nuestra vida común en estos primeros cincuenta años, no habría mucho qué pensar. Los defectos grupales son de bulto: somos una sociedad que aún piensa que la ilegalidad es tolerable, que es más importante un ciudadano vivo, mañoso, que uno educado; que el esfuerzo individual, el ámbito privado, predomina sobre el trabajo solidario; y que el dinero fácil, la corrupción, hace parte de un inamovible de nuestros procederes.

Estos tres síntomas de la insuficiencia cardíaca de nuestros primeros cincuenta años resumen lo que ha pasado y pasa en el Quindio, con eventuales excepciones, digo, en algunos emprendimientos colectivos.

Por ello, que la Corte Constitucional piense a través de uno de sus magistrados, Alberto Rojas, que el gobierno nacional debe requerir a los españoles para que nos devuelvan el Tesoro Quimbaya tiene a mi parecer dos significados mayores: de una parte reconoce al patrimonio cultural como un bien público, es decir que la herencia de los antepasados no es una responsabilidad parcial o de unos especialistas sino que es una causa común.

Y también, por contraste, que una tarea que arrancó en solitario el presidente de la Academia de Historia, Jaime Lopera Gutiérrez, y que él mismo convirtió en asunto de todos, es una iniciativa que simboliza, más allá de sus características legales, que en el Quindío las prácticas de lo público, como proceso y fin grupal, deben construirse desde la base pedagógica.

Lo digo porque al pensar en el Quindío de estos cincuenta años, uno no puede alejarse mucho del significado de la vida misma de Lopera Gutiérrez, quien hoy nos señala, como muchas veces lo ha hecho, un camino compartido.

Alguna vez me contaron, en una indagación que hacía para un escrito, las circunstancias de la muerte de don Joaquín, padre de Jaime Lopera, y nunca borro de mi mente ese relato, cuando los asesinos, aupados desde el corregimiento de La Virginia, vinieron al final desde Caicedonia a cumplir su cometido, con la idea de acallar una voz limpia y digna en Calarcá.

Víctima como muchos de la violencia partidista, Jaime, sin rencores y sin vindictas, tomó un camino de reinvención personal, como hijo de un líder liberal. Su vida y sus escritos rezuman un interés genuino por la construcción de un sentido y un ámbito de lo público.

Lo conocí hace más de 25 años en Bogotá, y sus desvelos por el Quindío son permanentes. Sus teorías interpretativas sobre el clientelismo, ejercicio tan usual en nuestras instituciones, ya las vimos a través de la pecera sucia de la pasada administración departamental.

De seguro, algún día nos devolverán el Tesoro Quimbaya, y haremos una fiesta y diremos discursos, y los mezquinos de siempre saldrán a arroparse con los méritos de otros, en fin, todo será como debe ser, supongo, pero nadie podrá ignorar que el gestor fue Jaime Lopera Gutiérrez, un quindiano que se hizo, a pesar de las dificultades de su tiempo, como dirigente político, gerente de grandes empresas, escritor de ficción e historia al mismo tiempo y, sobre todo, como un colombiano, cosmopolita, que entiende al Quindío desde una concepción universal.

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