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UNA NOCHE EN EL MUSEO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Su definición y prácticas de Museo en Armenia son obsoletas

En un país de ingratitudes y olvidos interesados nadie puede ignorar la tarea realizada por el Banco de la República en el campo de la cultura. La preservación de la memoria de nuestros ancestros aborígenes, su esfuerzo en la conservación de las artes plásticas desde una perspectiva clásica o de la música en sus salas o su trabajo desde la Biblioteca Luis Ángel Arango, como mediadora bibliográfica y documental para la nación, nos pone de frente un inventario de logros que es un orgullo para todos.

En el Quindío su trabajo requiere un análisis que, obvio, no se desliga de lo que pasa en el resto del país, bajo una concepción de cultura conservacionista. Es decir, que su idea de sostener ciertos valores, de fijarlos, es un dique en medio de la avalancha de frivolidades contemporáneas y de la idea peregrina de volver el hecho estético un espectáculo.

Por estos días se encendió una polémica entre gestores culturales del eje cafetero porque se entiende que el Museo Quimbaya, en infraestructura física, es una amenaza latente, por sus redes y alcantarillados, y porque su deterioro avanza a mayor velocidad que la mirada de sus administradores, quienes aún no toman las medidas pertinentes para su reparación. El edificio se destruye a sí mismo, por efecto de negligencias acumuladas. En Bogotá, las decisiones restauradoras, engavetadas, dormitan con la indiferencia de sus responsables.

Se dice también que la gestión cultural en Armenia es precaria. Alguna razón tienen quienes así lo dicen, y mucha si abordamos también el problema desde una noción crítica frente al recalcitrante centralismo en la definición de programas.

El Banco de la República, por su tradición de entidad autónoma, estimula la endogamia administrativa, mastica y engulle la vivacidad cultural de las regiones. Su centralismo es de tal dimensión, que parece aún pervivir bajo la sombrilla excluyente de la Constitución de 1886, cuya emanación seudomonárquica, vertical, teje una camisa de fuerza en sus reglamentos que maniatan el entusiasmo y la iniciativa de muchos de sus funcionarios.

Ha configurado el Banco una élite burocrática, muy calificada, ajena en muchas regiones del país a lo que ocurre en las calles, en las veredas y resguardos indígenas. Camarillas encerradas en sus oficinas, ocupadas en responder las decenas de formatos y reportes que solo el absurdo kafkiano podría explicar, si existe explicación para ese delirio formalista.

Su manera de planear actividades, de reclutar y circular a los funcionarios en el ámbito local, hace por ejemplo que su personal sea remitido desde otras regiones, con lo que convierte sus programaciones en expresiones poco pertinentes para las culturas periféricas.

Su definición y prácticas de Museo en Armenia son obsoletas. Encerrados sus responsables en las paredes de su comodidad, no entienden que su discurso de guía es monotemático, por ejemplo, y que falta la investigación en su argumento. Pocos visitantes o turistas quieren hacer o repetir la experiencia de interactuar con el Museo y sus exhibiciones.

Alguien debería decir en Bogotá a Juan José Echavarría Soto, nuevo gerente del Banco de la República, que la Constitución de 1991 y la ley 397 de 1997, o Ley general de Cultura, definen a Colombia como un país descentralizado, con participación ciudadana.

Ah, y que el museo es del Banco de la República, y dejó de ser de los quindianos.

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