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JOSÉ NODIER

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USOS DEL PODER

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Don Alberto Londoño es un ciudadano notable"

Buena parte de los problemas que tenemos en Colombia, aunados a los primordiales de la inequidad económica, la exclusión social, y su contraparte la riqueza desaforada de unas familias, tiene que ver con una concepción unipersonal del poder, relatada en los libros de historia, sí, y en la mejor literatura del siglo veinte.

El poder corrompe, claro. El poder convierte en asesinos y traficantes a los revolucionarios de antaño y en ladrones profesionales a algunos políticos de ahora. No todos, obvio, porque siempre quedan excepciones a la regla. No se sostendría el edificio del Estado, su aparatoso armazón, si no fuera porque existen colombianos que hacen bien su trabajo y que entienden su relación, desde el servicio social, con el engranaje de un mecanismo compartido.

Traigo a cuento lo del poder, porque me llaman la atención dos ejemplos maravillosos de que este sirve para mucho, mejora la vida de otros y a algunos los deja encontrar un camino extraviado en el oropel del triunfo financiero y social.

En Calarcá, por ejemplo, cualquier ciudadano puede encontrarse en una esquina a un hombre que hizo de sus negocios agropecuarios una fuente de éxito y que convirtió una porción importante de sus utilidades en una feliz oportunidad para los más pobres.

Me explico: este señor es un hombre honrado, que logró hacer que sus empresas productivas, bien administradas, le permitieran crear un hogar para sí mismo en un pueblo donde lo respetan, y sobre todo donde reinvierte muchas de sus ganancias en los ancianos, en los habitantes de la calle y en familias de escasos recursos. La gente lo admira; él usa su poder para disminuir la marginalidad.

Este señor, que pueden encontrarlo ustedes en el Café de Carlos o en el billar Momos, o en la galería de Calarcá, ha tenido algunas desdichas, como todos los seres humanos, pero siempre ha apoyado las mejores causas comunes de Calarcá. Hablo de Alberto Londoño, ejemplo para mis coterráneos.

Y digo también de un colombiano, que luego de convertirse en uno de los hombres más poderosos del país, Presidente del Banco de Colombia, renunció a su cargo, porque su hija le pidió más tiempo para compartir en familia. Carlos Raúl Yepes, además de ser uno de los empresarios más exitosos del país, pudo dejar atrás la estela del poder, sin ambages, para aposentar sus ojos, acostumbrados al filo de la competitividad, en el sereno desgano de no decidir la vida de otros.

En la más hermosa novela de Gabriel García Márquez, El Otoño del Patriarca, el dictador acumula para su albedrío la capacidad de decidirlo todo, así como en la Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, el tirano Rafael Leónidas Trujillo se apropia de las voluntades y de las empresas productivas de República Dominicana.

La realidad es tan mágica como la ficción, y está tachonada de seres humanos que deliran con el empalago del poder. Pero siempre relumbran, en la noche más oscura, las singularidades contrarias.

En Calarcá, don Alberto Londoño, con sus causas sociales crea un paradigma que desdice de quienes se aferran a la pértiga del poder. Trasciende, con su generosidad, el lugar común de la abundancia.

Don Alberto Londoño es un ciudadano notable.

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