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JOSÉ NODIER

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VAGINAS USABLES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

El 8 de marzo fue el carnaval de los lugares comunes y de los clichés

Hace pocos días fue celebrado, con flores y lentejuelas, el día internacional de la mujer. Muchos medios de comunicación y las redes sociales, como ocurre con la banalización propia de este tiempo, sobrevolaron con su información la historia de la fecha, y, claro, fueron caja de resonancia del ruido de la máquina insaciable del consumo. Peluches, dulces, detalles, moteles, en fin, todos a una evidenciaron y explotaron el recuerdo de los logros alcanzados en la lucha por la igualdad de género.

El 8 de marzo fue el carnaval de los lugares comunes y de los clichés. Algunos políticos y jefes de oficina entregaron a las mujeres la flor de la traición cotidiana, es decir, alabaron el hecho de que ellas sean hembras, bellas y deseables, vaginas usables, y no personas constructoras de derechos ciudadanos.

Y si bien se entiende que esta sociedad patriarcal, castradora de autonomías, sienta solaz con la cosificación arbitraria de las mujeres, nada es más incongruente en esta fiesta de la doble moral de la civilización occidental, en los países permeados por el cristianismo maniqueo, que las mismas mujeres, victimas del ninguneo histórico, se presten para las pantomimas que inventamos los hombres.

Desde la misma época de La Colonia y de la independencia la mujer es víctima de persecución implacable. Nada más, como lo recuerdo a menudo, la vida de Manuelita Sáenz, la libertadora del libertador, quien por desafiar convenciones y patrones, por enfrentar con decisión a Francisco de Paula Santander, el enemigo jurado de Bolívar, fue perseguida a la muerte de su amado y luego exiliada por Colombia y por Ecuador, su patria natal, al Perú, en el puerto de Paita, donde murió de una difteria, pobre de solemnidad, mientras atendía a quienes compraban sus dulces.

Manuela Sáenz fue la primera mujer de estos lares que enfrentó poderes mayores a sus fuerzas de parroquiana disidente de las costumbres. Lo fue también María Cano, la flor del trabajo, dama revolucionaria, o como lo digo a cada rato la pintora Débora Arango, quien desafió a la todopoderosa Iglesia Católica en mitad del siglo veinte. O como ahora, cuando mujeres como Florence Thomas, Catalina Ruiz-Navarro, Carolina Sanín o Sandra Castañeda, una quindiana valerosa, se erigen como promotoras de un feminismo decidido y no vergonzante.

Mujeres similares a Rosa Elvira Cely, quien después de su atroz muerte fue elevada a los altares jurídicos de Colombia, con una ley en contra del femenicidio, o Natalia Ponce de León, a quien le rociaron un ácido en el rostro, o María Elena Bazán, esposa del jugador de fútbol Pablo Armero, maltratada por su marido, o las 95 mujeres embarazadas de las Farc que llegaron a las zonas veredales, y las 65 que arribaron con sus bebés de brazos, todas ellas necesitan que, luego de las bombas de estruendo del 8 de marzo, los colombianos, los machitos, miremos con respeto la integridad femenina.

Y que las mismas mujeres comprendan que sus derechos, tanto los económicos como los sexuales, no tienen negociación, y que su dignidad está por encima de los acomodos del consumismo, de mantener el statu quo, y de las trampas de nuestro tiempo. Ah, y que dejen de pensar en ellas mismas, en sus pares, como en sus enemigas de plaza.

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