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VIAJE AL INTERIOR DE UNA GOTA DE SANGRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La novela conjuga bien los tiempos verbales de nuestra violencia

Los indicios de la Fiscalía General de la Nación y de Medicina legal apuntan a que la fuerza pública cometió la masacre en Tumaco contra los campesinos cocaleros. Y de seguro, se infiere, hace parte de esa presión institucional que la obliga, pase lo que pase, a presentar resultados ante la cúpula civil, nerviosa esta porque Estados Unidos, el demente Trump, coacciona la erradicación de las matas de coca.

Seguimos, a pesar de la desactivación de buena parte del conflicto con las Farc, de masacre en masacre. Ayer fue en el Alto Mira, mañana, tal vez, en nuestro propio barrio o en una calle aledaña. No lo sabemos.

Deseaba empezar la reseña del libro "Viaje al interior de una gota de sangre", de Daniel Ferreira, diciendo que la masacre relatada en ese libro, perpetrada por una banda de encapuchados, cuya barbarie anega de sangre a un pueblo, hace parte de esa historia colectiva que, como una metáfora eterna de Colombia, preña las ficciones de pasado tortuoso y nimia esperanza.

Empieza Ferreira su novela diciendo que: "La carretera es plana, amarilla, polvorienta, paralela al río, y el sol se pone en la distancia. Es la hora de las sombras largas". Describe de entrada esa abulia terrible de nuestras periferias, de esa otra Colombia que desde las ciudades no alcanzamos a ver, y que al final de la tarde provoca incertidumbre y miedo.

La novela conjuga bien los tiempos verbales de nuestra violencia. De un presente permanente, el del asedio, el acoso, y las balas, nos lleva al recuerdo de lo que fuimos como personas y como país. Un continuo Flash Back, un ir y venir como técnica narrativa, traslación cinematográfica, que columpia nuestros ojos entre la luz y la oscuridad.

Inicia la novela con la entrada de los asesinos al pueblo y poco a poco nos lleva de regreso a la vida de las personas que, como de una mazorca de maíz, caen desgranadas sobre el piso. Poco a poco cuenta qué pensaban o soñaban las individualidades y cómo era su condición humana.

Es una gran novela. Más allá de la recreación del miedo, como en la "Mala Hora" de García Márquez o de la sevicia, como en "Viento Seco", de Daniel Caicedo, la técnica narrativa nos encara con el infierno del poder desbordado de los grupos armados. Más allá de que nos lanza la sangre de la historia en la cara, con un hiperrealismo certero, el lenguaje cuidado, meticuloso, de Ferreira es el logro mayor, en lo formal, de ese coro dolorido de las víctimas del conflicto.

En una imagen de la novela, ganadora del Premio latinoamericano Alba Narrativa, un hombre se inclina sobre una mujer asesinada en el vado de un río, le baja su blusa y busca los senos para lamerlos, y siente el sabor de hierro oxidado, con cebollas y aceite de almendras, como si esa caricia a la muerta, el hecho de sentir impulso sexual, fuera un acto final de degradación y, a la vez, de preservación de la especie.

"Viaje al interior de una gota de sangre" hace parte de esa ingente y bella tarea de Ferreira de contarnos qué tan perversa ha sido y puede ser la realidad colombiana.

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