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JOSÉ NODIER

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VIENE EL LOBO...

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Petro, en solitario, es la excusa perfecta para emboscar y matar otra vez los sueños de un país marginado

Hemos vivido durante doscientos años al borde de la disolución como sociedad. En el siglo diecinueve nueve guerras civiles marcaron el rostro de una nación anémica. Pasamos al siglo veinte bajo el fuego amigo de una confrontación civil. Nadie es más peligroso para un colombiano que un propio conciudadano, como si estuviéramos condenados a agredirnos y a matarnos entre nosotros mismos.

De seguro, de vuelta a casa, después de la marcha del silencio, en febrero de 1948, Jorge Eliécer Gaitán, acostumbrado a sus gestos trágicos, entendió que caminaba, a pesar de sus ardientes sueños, hacia la inmolación.

Colombia, aun la deriva social y agraria de López Pumarejo en 1936, no estaba preparada en ese momento para aclimatar una sociedad con unos mínimos de justicia social. Nos ganaba, y por amplio margen, la mezquindad del capital; es decir que nuestros latifundistas –los mismos que hoy detentan el poder económico a través de otras empresas y otros monopolios– no permitieron que un poco de saliva humedeciera los labios de los marginados.

Ahora pasa algo similar. Petro, revestido de los ideales de millares de jóvenes, de los marginados de Colombia, repite la historia de un liberal de centro como lo era Luis Carlos Galán, quien, en contra de los dueños de su partido, invocó al pueblo –también fue llamado populista, también fue calumniado– y de su mano caminaba derecho desde Santander, su primera tierra, hacia la Casa de Nariño. Sabía, claro, que podía parar su caminata, y no lo hizo, porque en él primaron su lealtad absoluta a una idea y su vocación trágica. Mohines inútiles para la eternidad.

Galán sabía que lo iban a matar los narcotraficantes –quienes luego gobernaron el país– y no pudo detenerse; fue a Venezuela, como si se despidiera de sus hermanos, y luego vino a morir en Soacha en el agosto de un país inmisericorde.

Gustavo Petro, que habla de redistribuir riqueza a través de impuestos y de priorización presupuestal, respetuoso de la propiedad privada, como el más sensato de los liberales, camina, aupado por su pueblo, hacia el vórtice de la tragedia. Él mismo, a pulso, ha desbrozado el camino, porque los grandes medios y decenas de malquerientes tapizan de infamia sus pasos.

No le perdonan, obvio, que haya puesto frente a los ojos del país el espejo del paramilitarismo y de sus relaciones con el narcotráfico y con las grandes familias de Bogotá y la provincia. No habrá perdón.

Petro debe detener su caminata. Recomponer sus pasos, acompañar a sus antiguos amigos, y tomar el agua dulce del sentido común.

Los portavoces del terror ya inventaron la falsa historia de un lobo en el vecindario, y dirán que la fiera desafía a Dios y a sus prelados. Vociferarán, por ejemplo, que este será un país de impíos, homosexuales y comunistas, para que nuestros padres, y ese conglomerado de profesionales analfabetos de política básica, corran a detener y a acorralar al presunto lobo hambriento.

Duque, ese pelele bien peinado, de manos arregladas por la tecnocracia neoliberal, obedecerá a su patrón el asunto de la Asamblea Constituyente: excusa perfecta para entronizar de nuevo al patriarca en su otoño más oscuro y frío.

Petro, en solitario, es la excusa perfecta para emboscar y matar otra vez los sueños de un país marginado.

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