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 VOCES DEL CAMPO - RECARGADO

Voces del Campo - RecargadoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"De todas las maneras hemos perseguido a los campesinos de Colombia"

Ninguna traición más dolorosa, más infértil, como la perpetrada contra los campesinos de Colombia.

En 1936, con la expedición de la Ley 200, propia de la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, en 33 artículos, pretendimos iniciar una reforma agraria, cuyo fin primordial era distribuir los terrenos baldíos del Estado, intervenir la concentración de la tenencia de la tierra e insertar a la zona rural en una lógica de derechos frente a la férrea estructura de la propiedad privada.

El resultado de esta iniciativa, que era un esbozo de equidad, aún hoy repercute en nuestras vidas: una contrarreforma agraria liderada por los terratenientes, a sangre y fuego, que desembocó en la violencia de 1948, guerra civil que dejó cerca de 200 mil muertos.

Muchos pensamos —y somos tildados de castrochavistas por la ultraderecha arrogante y cruel de este país— que el fracaso de la ley 200, la interrupción de sus efectos a punta de bala, en buena parte es la causa objetiva de la subversión y, claro, de los desasosiegos del presente.

Luego, la Ley 135 de 1961, imaginada por Lleras Camargo y propulsada por Lleras Restrepo, configuró otra ilusión fallida, cuya deconstrucción y muerte con el Pacto de Chicoral de Misael Pastrana Borrero, en 1972, es la evidencia de esos vaivenes de nuestra institucionalidad: no acabamos la conquista de un derecho cuando ya, sin mediar su consolidación, pretendemos revocarlo.

Con la fracasada Ley 135 se intentaba la limitación de la posesión de la tierra, se creaba el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria y la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos y de nuevo se intervenía el nudo gordiano de los baldíos, con el propósito de redistribuir las tierras ociosas para entregarlas a los campesinos.

Volvimos al oscurantismo del siglo diecinueve. Y lo más grave, con la anuencia del Estado se adelantó una especie de confiscación en los años siguientes: Los paramilitares —en complicidad con un sector del Ejército de Colombia—, los guerrilleros, y los narcotraficantes, despojaron a los campesinos y los desplazaron, otra vez a punta de plomo, a las periferias de las ciudades.

De todas las maneras hemos perseguido a los campesinos de Colombia. Otro día, para envenenar sus aguas, firmamos una serie de tratados de libre comercio, sin las respectivas salvaguardas, que dejó huérfanos, en medio de la nada, a los jornaleros y a los pequeños productores.

Nos comportamos como la aristocracia rusa con sus mujik, que según la épica literaria era el pueblo rural, estigmatizado como sucio y marginal por quienes hablaban francés y creían dos siglos atrás que eran superiores a "los hombrecitos" que vivían en el campo.

El sábado 21 y el domingo 22 de noviembre, en Barcelona, Calarcá, las voces del campo cantarán sus desdichas y alegrías. Allí, como solistas o en agrupaciones, en sus canciones parranderas o de inédito dolor, los campesinos y campesinas de esta región, después de más de veinte versiones de su festival, nos dirán que el poder de su espíritu, esmerilado por los vientos de las mañanas, sigue indeclinable frente a la adversidad.

Será, como en los años pasados, una lección de música y de historia. Una lección que muchos no quieren escuchar.

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