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 VOLUNTARISMO DE LAS ÉLITES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Con lo que perpetuó un modelo dañino para el departamento"

Si en algo fracasó la reconstrucción del Quindío, y no es poco, fue en eso que algunos llaman casi con desprecio el elemento humano, es decir en reconfigurar las condiciones productivas de las personas. Ahora, claro, vemos las consecuencias de la falla geológica de ese modelo reconstructivo.

Así lo vivimos en esa época aciaga, cuando solo nos preocupó la infraestructura, como buenos positivistas, y no pudimos bocetar un nuevo ser humano, que pudiera levantarse de los escombros con el ímpetu de una ética ciudadana superior a sus exclusivas ambiciones personales.

Nada más basta pensar en Calarcá, o en las millonarias y dichosas inversiones en tejido social, para dar con el meollo del asunto.

La reconstrucción del Quindío, si bien fue eficiente en algunos asuntos, comparada con otros procesos reconstructivos, como el de Popayán, por ejemplo, colapsó en lo fundamental: no pudo resolver la encrucijada de la educación y la cultura, a través de un currículo pertinente, moderno e incluyente, con lo que dejó intacto al quindiano, intocado, y no pudo rediseñar la estructura económica, con lo que perpetuó un modelo dañino para el departamento.

Lo anterior no lo registra la historia oficial: esa maraña de mentirijillas y medias verdades dice que aquí se perpetró otro milagro, y en parte es cierto, pero no se contabilizan los miles de millones que se fueron por la alcantarilla por cuenta de la corrupción, y sobre todo porque no se tuvo claro cómo intervenir el equipaje mental del individuo y la base productiva de la región.

Luego de ese año, 1999, mucha agua pútrida ha corrido bajo el puente, y la disputa del poder político entre élites de inspiración aristocrática y camarillas emergentes, como movimientos pendulares, ha sembrado esta tierra de muchas ambigüedades.

La dirigencia nuestra, la que todavía cree en árboles genealógicos, nos embarcó en la idea peregrina de que el turismo rural nos iba a sacar de pobres, y la verdad es que solo enriqueció a unos pocos, porque la mayoría de la gente quedó por fuera de ese modelo económico, fundamentado en la promoción del destino con recursos del Departamento, y en la utilización minoritaria de la mano de obra habilitada.

Esas élites voluntaristas, que terminaron con sus mejores representantes en la cárcel o destituidos cuando ejercieron responsabilidades públicas, nunca pudieron resolver el intríngulis de un desarrollo sostenible para la mayoría. En octubre pasado, votamos contra esa doble moral de estrato seis.

Con el fracaso de esa dirigencia, la prueba de ensayo y error de liderazgos emergentes nos tiene hasta la coronilla, y así votamos también en octubre: contra aquellos que con su discurso de clase manipulan nuestros deseos de prosperidad.

Similar a lo ocurrido cuando aquí mandó la Anapo, apoyada por conspicuos líderes regionales, y los moreno rojas, y cuanta yerba del pantano oviedista surgió sobre las ruinas de la moral pública.

No podemos reciclar esas épocas malditas. Cuando aristócratas crueles, o estadistas de cafetín, nos trazaron un camino que solo nos llevó al desempleo rampante o la fragmentación social.

Necesitamos repensarnos, y para ello se exige un modelo sismorresistente a los embates del voluntarismo de las élites o a la fantasía de las camarillas populistas.

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