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YO TAMBIÉN

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Someter a la mujer a nuestros designios, avasallar sus imaginarios, es un proyecto inacabado para los varones de Colombia

De tiempo atrás, cada vez que como sociedad no queremos enfrentar alguna anomalía, la evadimos con una ley, como si encontráramos en las normas, en la adrenalina de su formulación, la salvación. Pensamos, por ejemplo, que la cadena perpetua es la solución contra los abusadores de niños o que la ley contra el feminicidio, la tipificación y sanción de la conducta, de entrada ya nos librará de esa barbarie. Y no es así.

Los colombianos, poco a poco, hemos construido una arquitectura legal para proteger a la mujer y, en especial, para avanzar hacia la equidad de género. No es poco lo caminado en términos de reglamentaciones.

La ley 51 de 1881 ratificó la convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, CEDAW, reafirmada después con la ley 248 de 1995.

Luego, con la ley 82 de 1993, se expidieron normas que apoyan a la mujer cabeza de familia, y la ley 294 de 1996 desarrolló el artículo 42 de la Constitución de Colombia, en relación con la violencia intrafamiliar.  Los artículos 13 y 43 de la misma Constitución ordenaron la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres. Y podría citar más leyes: 581 de 2000, 679 de 2001, 731 de 2002, 750 de 2002, 800 de 2003, 823 de 2003, 1023 de 2006, 1257 de 2008, 1475 de 2011, 1448 de 2011, 1496 de 2011, y se han adoptado las resoluciones 1325, 1820, 1888 y 1889 de las Naciones Unidas, como normas propias en Colombia. En fin.

Como se ve ya el problema, en esencia, no es la falta de leyes como pudo ocurrir después de que las mujeres pudieron votar, en diciembre de 1957 durante el llamado plebiscito, hasta el año 1981, cuando existió un bache normativo, bajo la férula de la Constitución confesional y centralista de 1886.

Hace pocos días el mundo se estremeció, en términos mediáticos, con la información que ya sabíamos pero que nos negábamos: Hollywood es una meca, más que del cine, del acoso sexual. 49 actrices, en la primera hornada informativa, confesaron que el productor Harvey Weinstein había abusado de ellas. De inmediato, miles, millones de mujeres de todo el planeta contaron, bajo el lema Yo también, que ellas en algún momento de su vida habían sufrido ese abuso en el contexto de esta cultura violenta, consumista y machista.

Se dice que más de 10 mil universitarias han denunciado acoso por parte de sus profesores y que en los últimos cinco años más de 876 mil mujeres fueron víctimas, en este paisito de doble moral, de violencia sexual. Y, claro, nada pasa bajo la sombrilla de hormigón de tantas leyes, de tantas previsiones y sanciones normativas.

Sé bien que en nuestras universidades, en las empresas, en el sector público, en los bancos, en las industrias, en los hoteles, el acoso sexual de propios y extraños, de patrones y mandamases, es un rito que se mantiene y que si no encuentra respuesta, unas piernas abiertas, una salidita a comer o a moteliar o a bailar, culmina con el desprecio y ya, claro, con el agrio asedio laboral tan repetido y manido en estos lares.

Someter a la mujer a nuestros designios, avasallar sus imaginarios, es un proyecto inacabado para los varones de Colombia. Es una forma de perpetuar esta violencia irracional, que se mantiene en los códigos religiosos, en los lenguajes de los medios de comunicación y en la endeble convicción de muchas mujeres y hombres que piensan que este, el actual, es el orden natural de las cosas.

Yo también, podrían decir millares de mujeres del Quindío.

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