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 "YO TENGO UN SUEÑO"

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nación pretenciosa de razas puras, país de ficción que vive en una eterna pesadilla"

Imaginen 1.500 buses y 33 trenes que transportan montones de gente a una manifestación. Piensen que 250.000 personas se reúnen, bajo un sol inclemente, para protestar en el National Mall de Washington, en donde los norteamericanos tienen su monumento a Lincoln. Son las cuatro de la tarde, y decenas de cantantes y oradores han pasado desde las ocho de la mañana por la tribuna para pedir justicia racial.

De repente, Martin Luther King sube al podio. La gente está cansada, pero su prestigio de orador los ancla. La Cruz Roja reparte cubitos de hielo, y cientos de agentes del FBI miran con sospecha, y cierto odio, a los manifestantes.

¿Qué espera la concurrencia? Dice Elías Canetti, en su obra Poder y Masa, que las multitudes siempre quieren un sentido, una dirección.

El hombre inicia un discurso reivindicativo. De pronto la cantante Mahalia Jackson grita que les hable del sueño. El orador, después de apartar su texto escrito, inicia un discurso improvisado, como si fuera una intervención jazzística, un largo solo de Charlie Parker, sobre la necesidad de incorporar a los negros, con igualdad de oportunidades sociales, al sueño americano.

El discurso, que es un poema con citas bíblicas, I have a dream, cerró un ciclo ominoso para la sociedad norteamericana. Allí nació, hace cincuenta años, el proceso de inclusión de una comunidad que aún sufre de discriminación racial, y que cuenta con un símbolo vivo como Nelson Mandela, el sudafricano que nos enseñó a suturar, con dulzura, las heridas de la violencia entre razas.

Crueldad que no cesa, en Estados Unidos, sí, pero con mayor encono en otras zonas del hemisferio. En Colombia, por ejemplo, el racismo es pan de cada día: a veces evidente, casi siempre soterrado, inmerso en nuestras bromas, disuelto en actitudes indolentes, persistente en los planes de desarrollo y en nuestras instituciones.

En el Chocó, para solo mencionar unos datos, la desnutrición está 2,6 puntos por encima del promedio nacional, y es más frecuente la violencia intrafamiliar con un guarismo de 41,1%; allí la mortalidad materna en el 2008 era cinco veces superior a la de Bogotá y cerca de cuatro veces el promedio nacional. El porcentaje de hogares en déficit cualitativo, población en covachas, sobrepasa al de la nación,23,8%, frente al de Quibdó de 83%.

El Chocó y la costa pacífica son casi invisibles. De seguro, para el gobierno nacional no existen, y el reverendo King debe ser, para nuestras élites insensibles, un personaje de novela de Zapata Olivella o de Alfredo Vanín.

Nación pretenciosa de razas puras, país de ficción que vive en una eterna pesadilla.

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