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LA NOTA DE JOTA

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GERMÁN RODRÍGUEZ VELÁSQUEZ DESCANSA EN LA HACIENDA PARAGUAY

José Jota Domínguez GiraldoPor Jota Domínguez Giraldo — 21-07-17
jotajotadominguez@gmail.com

Tomado del diario La Crónica del Quindío.

Amigos le rindieron un homenaje póstumo.

"Yo creo que esta será mi casa definitivamente", tuvo que haberse dicho alguna vez Germán Rodríguez Velásquez, en una de sus múltiples visitas a la hacienda Paraguay, ahí, abajito de Río Verde en Buenavista, donde lo recibía la familia Arbeláez Giraldo, con Octavio a la cabeza y hasta el último nieto, para una de sus tradicionales tertulias musicales, en medio de la tarde noche y con el aplauso siempre amable de Silvia, la responsable de esa hermosa casa y jardines con hortensias agrupadas en el especial camino de grandes y vistosos racimos, que con tanto escándalo resaltaba Germán para complacencia de Silvia Lizette, María del Pilar y Octavio Jr.

Pese a su muerte, si Germán de verdad pensó quedarse en dicha casa, lo está viviendo a plenitud.

En medio de los recuerdos más gratos y de las canciones más sentidas interpretadas en la capilla familiar por Emilio y Bernardo, y con una pasarela construida con las lágrimas de los nietos, hijos y la totalidad de la familia, un sábado del mes de julio de 2017 llegó Germán a ocupar un puesto al lado de los antepasados de Octavio Arbeláez y Silvia Giraldo, a vivir para siempre.

Germán Rodríguez Velásquez es el autor del himno de la universidad La Gran Colombia de Armenia, hasta que María Eugenia, vicerrectora que muy poquitos recuerdan, obligó a su cambio quitándole lo regional, lo único que daba en algo sentido de pertenencia a los estudiantes quindianos.

Muchas, muchísimas veces, Germán organizó tertulias para sus amigos y para quienes quisieran conocer su canto y el gusto de lo que cantaba. Residenciado por varios lustros en Medellín y como se dijo en la sentida nota escrita por Germán Rojas en LA CRÓNICA, Germán viajaba constantemente a su Quindío, a recoger el aroma de esta tierra para respirarlo y suspirarlo en otras fronteras.

Pero la frontera del tiempo tiene unos límites que nadie conoce. Impredecible la muerte como siempre, apagó la existencia de Germán Rodríguez Velásquez en la Capital de la Montaña, su segunda casa musical. Dejó Germán en el aire nacional miles de canciones cantadas, miles de anécdotas y miles de historias de sus cantantes preferidos.

En la capilla de este comentario y que lleva por nombre Santa Silvia de Roma (la santa Silvia se destacó por su gran piedad y por otorgar a sus hijos una excelente educación) se puede escuchar música grabada por Germán. No se sabe cuántas piezas musicales haya en una memoria de 1.500 horas continuas.

Y no sé cuantas canciones ahora están dispuestas en decenas de cajas para su traslado a Paraguay desde Medellín. Un día, no hace mucho, Germán en diálogo con sus dos hijos, les dictó su voluntad eterna: "Todo lo que hay en esta habitación, coleccionado en 78 años y 7 meses, es para mi amigo Octavio Arbeláez Giraldo".

No era más que la música que recogió y atesoró desde el 18 de noviembre de 1938, fecha en que Germán vio la luz terrenal y desde ese día supo que le iba a gustar la música y que la iba a cantar como tenor.

Nadie es capaz de calcular su cantidad. Y hace menos poco tiempo, cuando conoció su delicado estado de salud, le hizo saber a sus hijos que no quería ser enterrado; que él a través de sus cenizas quería seguir escuchando la música de siempre, la de sus entrañas, la de su alma, la de su apego, y lo haría desde el lugar que le asignara la familia de Paraguay en su capilla.

Así fue y así se ha cumplido. El 23 de junio de 2017, Germán falleció para la vida terrenal. El 24 de junio fue cremado. El sábado 8 de julio de 2017 se aposentó en un sitio muy especial, preparado por sus amigos, arriesgándose a cantar en esa capilla que él conoció, donde también habita el coro de los ángeles celestiales, para hacer sentir muchas más satisfacciones a todos los que le conocieron y que hoy, aunque muerto, esperamos nos escuche este aplauso silencioso que se le prodiga al alma de este hombre, que nació para cantar, para deleitar y para ocupar un puesto en el corazón de sus amigos.

Cuando terminó la ceremonia se escuchó al fondo la voz de Germán cantando: "contéstame maestro cuando muera, quién cerrará mis ojos, con cariño".

Se fue su materia, pero mientras tanto de Germán quedó su música, su canto y su encanto; de nosotros quedó la tristeza de su viaje, viaje que tiene un pasaje directo a la eternidad.

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