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LA PULGA EN LA OREJA

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EDITORIAL

Feliz año, es la expresión actual, tal parece que el año nuevo tiene especial acogida, es, en apariencia una nueva vida luego del punto final del anterior; parece el cierre de una etapa que para los latinoamericanos sin mayores recursos que un salario mínimo o algo más, trae los recuerdos de sueños rotos, ilusiones perdidas y negocios frustrados por no tener un ahorro, una garantía o un aval. El saludo en cada enero tiene esa mezcla apretada de bueno y malo y este año si va a ser lo que yo espero. Las múltiples voces de aliento y de felices doce meses futuros, traen, como hemos dicho, más de nostalgia que de esperanza.

El agobio producido por la reforma tributaria aprobada sin las discusiones necesarias porque la parcialidad de los congresistas ha sido manifiesta y además, premiada con varias primas y sin lugar a dudas con chorros de mermelada que para colmo, sale de nuestros maltrechos bolsillos y se gasta a manos llenas por el presidente, para lograr sus propósitos todavía sin la claridad que esperamos. Ante este esperpento económico nos preguntamos, ¿cuál es el objetivo?

  • 1.- ¿Quitar la carga tributaria a los grandes empresarios y favorecer a inversionistas extranjeros  porque el banco mundial, así lo exige?
  • 2.- Pagar la altísima cuota que exige la firma de lo que el gobierno llama "Paz duradera" que tiene como consecuencia crear otro ente tan costoso como el congreso nacional.
  • 3.- Llenar el hueco fiscal abierto durante los primeros cuatro años de Santos, necesarios para su reelección, que no fueron tapados con la venta de empresas como Isagén.
  • 4.- Evitar el colapso económico que la creciente deuda externa puede producir.

Podríamos relacionar muchos problemas más, pero, la idea es pensar en lo que resta del año que apenas cuenta con algunos días de vida y, debido a su delicada salud económica, tiene a todos en vilo pensando en las dificultades para mantener el status de cada familia y, para una gran mayoría, las afugias que el micro salario aprobado por el gobierno, por primera vez, inferior al concedido inicialmente por los empresarios, nos dice que el Ministerio de Hacienda con un oligarca neo liberal en su curul, suelta su jauría tributaria contra un pueblo indolente y arrodillado.

De todas formas llegamos a otro año con muertos que no salen en los periódicos y con la tembladera de los padres de familia para educar a sus hijos porque los cuadernos, transporte, uniformes y hasta el refrigerio colegial tiene el 19%.

¡FELIZ AÑO!

DE TEGUAS Y TINTERILLOS

Por: Caliche Peláez

Don Roberto Gómez no era doctor... pero recetaba. Él mismo, en su laboratorio de alquimista-farmacéutico, preparaba sus menjurjes y curaba el cólico miserere, la cagalera, el carranchil y la pecueca. Don David, el famoso yerbatero del barrio Popular, no era doctor ni homeópata... pero recetaba. Él mismo, con sus manos prodigiosas, auscultaba sin fonendoscopio, la barriga, los pulmones, las amígdalas de los pacientes que impacientes hacían cola en su consulta. Y curaba anginas de pecho, fiebres tercianas, el reumatís, la pedorrera, el mal de San Vito y las enfermedades vergonzosas (chancros y gonorrea). Don Luciano Echeverry, don Eduardo Ballesteros y don Aureliano Quintero, no eran doctores odontólogos ni ortodoncistas; eran Teguas que sacaban las muelas podridas y las que se podían arreglar, pues las taladraban con sus horribles fresas de pedal, curaban nervios y calzaban con amalgama, instalaban puentes y hacían pianolas con hartos dientes. Las gentes de mi pueblo recuperaban la sonrisa. El negro Chorro di´humo, no era doctor en derecho ni en torcido, abogado, jurisconsulto, ni nada por el estilo: era Tinterillo (u Rábula, como dicen en Salento) y se la pasaba del Permanente a la Inspección de Policía, de los Juzgados al Tribunal, defendiendo a sus poderdantes, reos ausentes y presentes, pícaros de poca monta y avivatos de toda laya, porque al fin y al cabo "todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario". Y a todos los sacaba libres por unos modestos honorarios. Álvaro Ángel Toro, nuestro sin par "Camello", nunca pasó por la Facultad de Comunicación Social ni Escuela de Periodismo alguna y sus corresponsalías en La Patria de Manizales y en El Tiempo de Bogotá se leían en toda la comarca, se escuchaban en La Voz de Calarcá y en Pregones del Quindío. Argemiro Isaza (el papá de nuestro amigo Guillermo Isaza), sin ser Ingeniero ni Arquitecto, construyó casas y edificios que nunca se cayeron: verdaderas obras maestras de Ingeniería y Arquitectura. Por eso yo resolví hace mucho tiempo graduarme de Carpintero en Comfama de Itagüí (carrera de 3 meses) y hacer un posgrado de Plomero en el Sena (5 semanas). Aquí tengo mis Diplomas. Pero un Carpintero-Plomero como que no caza. Y además, pues con esta cara de poeta que me mando, como que nadie me cree. De modo que: ¡Qué fracaso de Carpintero! ¡Qué desgracia de Plomero! ¡Qué pobreza de poeta! Pero de todas maneras: La Universidad... ¿para qué? Y además: ¡Qué pereza...!

Caliche, San José CR

BANDEJA PAISA

Cuando muere un bombero la sociedad pierde un hombre valioso, un eslabón importante en la pequeña cadena de héroes que viven en cada ciudad y ofrecen su tiempo, su esfuerzo y hasta su vida por los demás. Arturo Díaz Franco, fue un nombre familiar a los calarqueños. Algo así como cien años anduvo por nuestras calles haciendo lo que pocos hacen: "apagar incendios", y como si fuera poco, dirigir, organizar y mantener contra viento y marea el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Calarcá. Este hombre de magra figura y hablar tranquilo, tuvo bajo su égida al grupo bomberil que acaudilló con acierto y humildad desde 1952 hasta 1974. Arturo Díaz, Comandante, junto al mayor Roberto Zuluaga, hicieron llave esencial para que nuestro cuerpo de bomberos fuera, no solo un grupo de apoyo a la ciudadanía sino una cantera de deportistas quienes durante muchos años fueron estandarte del fútbol de Calarcá. Para Arturo, adalid de nuestros bomberos: una oración y la esperanza de un lugar a donde llegan los hombres valiosos para la comunidad. Q.E.P.D.


Cada año, como castigo a nuestra navidad, aparece no sabemos cuál contratista, malo por cierto, y se ríe de nosotros con un alumbrado que consideramos "espanta turistas". A ningún Alcalde del Quindío, se le antoja hacer algo que valga la pena para alumbrar el diciembre y celebrar la navidad como debe hacerse. Quimbaya, hizo el mejor alumbrado popular de la nación, pero, los once ejecutivos de los demás municipios, no se dan por enterados del asunto, no saben que la cercanía de nuestros pueblos permite visitar todo el departamento y admirar nuestra devoción y homenaje a las costumbres religiosas. El mismo alcalde de Quimbaya, en soberana metida de pata, solicitó públicamente que los demás pueblos quindianos no hicieran alumbrado; este craso error es apenas comparado con las metidas de pata de Maduro en Venezuela. Creemos que contrario a lo pedido por ese mal burgomaestre, debemos acompañar con esplendor el alumbrado y hacer que cada año haya romería por todos los pueblos de nuestra región.


Antiguo Instituto Calarcá - Ver en Google Street View La mejor ventana hacia la montaña, hacia el paisaje cafetero en su gigantesco esplendor cordillerano se encuentra en y donde hace casi un siglo funcionaba un parque industrial, es ahora, por obra y gracia de uno de los tantos malos alcaldes que en el pueblo han sido, un parqueadero que no podrán quitar por efectos de los contratos leoninos que hacen los jurídicos para favorecer a particulares y claro está, su propio bolsillo. Ese espacio mirador espectacular hacia nuestra riqueza verde debe ser objeto de proyección, un parque para recrear a tantos ciudadanos que abarrotan, sin alternativa, la plaza principal.


En ninguna ciudad colombiana caben los "carros" la gran cantidad de vehículos atosiga calles, andenes y baldíos impidiendo movilidad peatonal y vehicular cuya consecuencia es: comparendos, partes, diarios enfrentamiento de conductores con guardas que es lo mismo que administración vs. Ciudadanía y, para completar, accidentes y sobornos al por mayor. Como si lo anterior fuera poco, las motocicletas inundan todo el espacio disponible, no les importa si hay guardas o policías parecen invasores ruidosos que imponen su ley contra todo y contra todos. No percibimos ideas ni autoridad para organizar este asunto.


No sabemos cuántos cientos de los mil millones de perros del mundo viven en Calarcá, son tantos que sobrepasan cualquier cálculo y sus cientos de dueños no tienen la mínima disciplina ni la gota de amor por la ciudad porque permiten y claro está, sacan sus perros a defecar en las calles sin llevar la correspondiente bolsa recogedora. Una función extra para los guardadores de la movilidad debe ser: llamar la atención de los propietarios de canes para no afectar el libre y sano caminar de los calarqueños.


Tenemos "Calle de los Poetas", la antigua calle de Armenia y luego la 41, recibió el encargo oficial de mostrar a Tirios y Troyanos, la magnitud de nuestros letrados y su efigie, para enseñarles, además, la razón de nuestro lema como Ciudad de Música y Poesía. Sabemos que faltan algunos cuya obra no es tan conocida y claro está, otros, que dan lustre a nuestro predio local pero, no han recibido la bendición de los dueños de la literatura municipal. Necesitamos que la calle de los Poetas, conduzca a alguna parte donde letras y letrados hagan causa común y logren mantener esa imagen de pueblo culto. La calle de los Poetas, viene a limpiar un poco el lodo y la hierba que han envilecido la 41 con 25, durante años.


¡Las galerías se transforman! el socavón donde intentaron ingenieros traídos por Otto, el jefe de Fenavip, esconder a los expendedores de carne y, que al final de cuentas, los sacaron del mercado porque el sitio a más de feo y antihigiénico quedó, como erial para esconder y rechazar a comerciantes y clientes. El terremoto hizo lo suyo con la vieja pero atractiva galería y los de Fenavip, echaron con su desastrosa arquitectura a vendedores "in sito" para convertirlos en ambulantes y convertir calles y alrededores en loca rivalidad verdulera. Ahora, levantaron un supermercado que a nuestro parecer, no tiene nada para convencer la clientela sino el local con muchas luces, sus precios, no compiten con los de tiendas que tenemos desde tiempo atrás. Sin embargo todo es admisible y se tiene con este súper el milagro de miles de calarqueños pisando nuestra galería.


Estamos tratando de adivinar el color del piso de la plaza de Bolívar, el mugre que tiene no deja saber su pinta. El piso, los prados, las materas, las plantas, en fin, todo cuanto se ve en nuestro parque es abandonado y sucio, además, las basuras que dejan los ciudadanos nos permite pensar en que nuestros maestros deben llorar a diario porque lo enseñado por ellos sobre Carreño, no tiene memoria ni aplicación en Calarcá.


Ante la debacle diaria por vehículos, motos, ciclas, vendedores, automóviles y peatones que no saben dónde, cuándo ni cómo circular, se recomienda peatonalizar la plaza, con eso, se recupera el objetivo del parque en cuanto a recreación pasiva y ofreceríamos a propios y visitantes, la idea de ciudad donde son importantes los ciudadanos, donde la diaria tertulia tendría acercamientos a la cultura y al diálogo que son fundamento para nuestra ansiada paz.


Se inauguró en la Plaza de Bolívar, el wi-fi para la Plaza de Bolívar, porque en nuestro pueblo, todo se hace en la Plaza de Bolívar, no hay ningún otro sitio para nada. Pensamos que todo se hace ahí porque la administración vigila a sus gentes todo el día, sin necesidad de ir a los barrios, Calarcá, es la plaza y nada más.


En la ciudad menos turística del departamento, encontramos algunas falencias: Pésima señalización; problemas de tránsito en la salida de la carrera 23, hacia la variante Armenia; la doble vía de la calle 43, entre 24 y 25; la salida del Barrio Guaduales hacia la variante es peligrosa, el puente no tiene rampa para los discapacitados. El caos que motos, por cientos, producen en calles y carreras sin control alguno y la peligrosidad que ofrecen los talleres que operan en las calles y carreras (la 24) por falta de control oficial y cumplimiento del POT.

LA BOLITA

Por Luis Fernando Ortiz Molina

Ahí le va esta, pues, para que no se queje:

¿Recuerda que en el sitio donde hoy son "Las Américas", en el camino hacia el barrio Valencia, existía una planada polvorienta y allí montaban las Ciudades de hierro y los Circos que llegaban al pueblo?

Pues bien; una tarde salimos del Circo cuando, de un momento a otro, me guió la Divina Providencia. La cosa ocurrió así: en las afueras del Circo instalaban varios juegos de azar, entre ellos el "de las tapitas"; nos paramos a mirar y a ufanarnos de quien adivinaba debajo de cuál de las tres tapitas quedaba la bolita después de ser manipulada por el prestidigitador; por ser la altura de la mesa igual a la de mis ojos, siempre acertaba.

Fui a la casa y rompí la alcancía, había doscientos pesos. Los tomé todos, debí haber llevado veinte o cincuenta centavos, pero no: lleve todos los doscientos pesos. Pagaban el doble por lo apostado y los policías no veían a los menores apostadores guiados por la providencia.

Llegue a la mesa de juego, miré bien y aposté no cinco ni diez centavos: ¡aposté! ¡todo! a la tapa en donde estaba seguro reposaba la bolita. Y ¡Perdí todo!

Jamás volví a jugar juegos de azar en mi vida, ni a apostar, ni a nada que se le pareciera.

Así se corrobora lo dicho por nuestro filosofo Maturana: "perder es ganar un poco", en mi caso, con esa perdida, gane muchísimo y los tahúres perdieron un adicto.

CUENTOS DE AYER Y HOY

Por Umberto Senegal

ADAGIO CON CANARIOS

Una vez más, el dictador escuchó cantar el Adagio de Albinoni a la sensual soprano que continuaba rechazando sus requerimientos sexuales. Finalizado el concierto, al llevarle la cabeza de la intérprete, aquel la introdujo en la jaula con canarios Roller que guardaba en su mansión, ordenándole cantar el Adagio para él solo. Contraviniendo su orden, la soprano trinó e hizo trinar a las atemorizadas avecillas durante una noche de insufrible insomnio y pavor para el tirano.


UN SOLO DESEO

Al caracol que le enviaron las olas hasta la playa, le descubrió forma de lámpara. Otra especie de lámpara de Aladino, discurrió esperanzado y comenzó a frotarla. Un solo deseo. No necesitaba más. Con sus ojos zambulléndose en el mar acarició en vano, hasta el anochecer, al dorado caracol. Nada sucedió. Ya no hay lámparas de Aladino. Un simple caracol. Y lo tiró mar adentro regresando a su vivienda sin darse cuenta de la seductora sirena que, un poco retrasada y confiando en encontrar allí al amor de su vida, llegó hasta el lugar donde él había encontrado el caracol.


LOS ENVÍOS

A mi apartado postal no llegan cartas, libros, revistas ni periódicos. Solo piedras. Desde tres meses atrás, me envían piedras de disparejos tamaños y de cuyas remisiones nadie explica nada. Si están en su apartado y no en estos otros, son para usted, señor. Verifíquelo en los datos que acompañan cada piedra. ¿Es coleccionista? Neruda coleccionaba caracoles. Debe llevárselas cuanto antes, enfatiza la empleada mientras una tras otra, algunas con dificultad por su tamaño, las pone en un lugar donde yo evidencie que en rótulos de diferentes tamaños y colores resalta mi nombre: Liborio Alarcón.

Descubriendo sus formas y sopesándolas, algunas de ellas como si alguien esculpiese un ser mitológico, confirmo que son para mí. ¡Lléveselas!, ordena la mujer. Debían adornar esta triste oficina con algún ramillete de flores, respondo al salir con mi voluminoso y pesado bulto. Mi alcoba se llena de piedras semana tras semana. He regalado gran parte de mis objetos y en particular mi colección de armas para darle espacio a las piedras. Si esto no se detiene, obsequiaré también el escritorio que me legó el abuelo. Comencé a clasificarlas. Cuanto más las observo y mimo durante las noches, estoy seguro que tienen fatalidades para contarme y todo es cuestión de aprender su lenguaje. La lealtad entre una piedra y un hombre es más sólida que entre dos seres humanos.

Ayer encontré en mi apartado las primeras piedras azules. Estoy seguro que estimularán el diálogo. Por vez primera en 50 años estoy feliz. Hoy es 31 de diciembre e inflaré varias bombas para celebrar mañana el año nuevo.


TATUAJE DE PERRO

Cuando más adherido parecía estar sobre su cuerpo, este otro hombre también se le desvaneció. Cada tatuaje, mejor que el anterior, no permanecía mucho tiempo en su dermis. Vigilaba toda la noche para que no desertaran y sin embargo aprovechaban cualquier momento de sueño profundo para abandonarla sin dejar vestigios. Detallando su cuerpo como si nunca le hubieran grabado un tatuaje, la mujer se predisponía para el próximo, explorando otras zonas de su cuerpo dónde cincelar la imagen del nuevo hombre con quien su desamparo cargaría día y noche.

La huida de este otro fue más punzante y la hizo llorar como cuando se lo extendieron, desnudo, desde el seno derecho hasta el ombligo. Una madrugada, se le evaporó. Entonces repetía el proceso durante largas sesiones donde la piel y los sentimientos iban resintiéndose, igual que las esperanzas de ser amada. Le tatuaron hombres en su espalda, su vientre, sus muslos, sus brazos y sus nalgas. En la planta del pie derecho, le tatuaron uno que cohabitó con ella seis días. Durante dos meses, en su mejilla izquierda persistió un hombrecillo tatuado a su vez con una mujer en la mejilla derecha. Le tatuaron uno en la mano donde mantenía el puño cerrado para que no huyera. Entró al baño y dejó que el agua corriera largo rato por su piel deshabitada. Uno de los tatuadores le dijo, señora, su piel ya no da para más tatuajes. Sin embargo pagó por un hombre desde el muslo izquierdo hasta el tobillo. Ahora sí, hasta mi vejez, pensó entusiasmada cuando concluyeron el pulcro trabajo. Este también la abandonó quince días después, una tarde que ella se durmió viendo televisión. Señora, un tatuaje a los 64 años de edad puede ser bastante doloroso, advirtió otro de los tatuadores, agregando, ¿cuál raza de perro prefiere?

¿DE DÓNDE PROCEDE LA PALABRA "QUINDÍO"

Por Jaime Lopera Gutiérrez

Mucha gente se pregunta por el origen de la palabra Quindío. La mayoría de las respuestas coinciden en que se traduce por "edén", una palabra hebrea que también equivale a paraíso, y hasta ahí llegan las explicaciones. Sin embargo, una pesquisa del autor le ha permitido llegar a las siguientes hipótesis:

En el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) únicamente hemos hallado que el prefijo quin viene del quechua "kiñu" cuyo significado es "agujero que hace la punta del trompo". Cabe dudar que los quechuas conocieran el juego del trompo, pero es la equivalencia lingüística más cercana que tenemos.

Por su parte, los sufijos de adjetivos y sustantivos correspondientes a dío con frecuencia se refieren en el mismo idioma a la agricultura o la ganadería: v.g., labrantÍO, plantÍO, cabrÍO, lanÍO; los sustantivos por su parte suelen tener valor colectivo o intensivo: mujerÍO, gentÍO, monjÍO, poderÍO.

En este caso (bajo la idea de hacer un ejercicio facultativo) podríamos tratar de descomponer la palabra Quindío como, un prefijo que significa "agujero" (quin) y un sufijo agrícola (dío) lo cual nos lleva a suponer que el vocablo se refiere a un "agujero con cultivos".

QUIN *.(como prefijo): **Del quechua kiñu, agujero.

1. m. Col. quiñazo, golpe con la punta del trompo.

2. [m.] Col. Agujero que esta punta hace.

*Diccionario de la Real Academia Española

EL TEATRO MUNICIPAL

Calarcá, 1948 - 1959

Por Juan de J. Herrera G.

Situado donde funcionó el "palacio" de gobierno central del municipio y, parte de la antigua casa cural. El viejo teatro de mi infancia era casona de madera de otros tiempos: amplia, decorada con rosetones de cedro finamente tallados, zócalos en madera burra, finísimas y pesadas puertas, ventanas con postigos adornados para refrescar los espectadores. Su pintura durante años fue amarillo claro contrastando con el resto de construcciones del parque donde alternaban el rojo, verde, beige, azul, blanco a usanza antioqueña. En la parte baja, un amplio zaguán con piso de baldosa roja y naranja, amplias paredes para anunciar los próximos estrenos, dos puertas para entrada y salida y, en el extremo izquierdo funcionaba una venta de comestibles donde se ofrecían, entre otros: refresco reparador, acompañado con galleta americana ricuras alimentarias de la época, que hoy conocemos como merengada y pancaque.

El viejo y amarillo "teatro" tenía como todos los de su época y su género una platea para quienes tenían más ingresos, esta platea se llamaba "luneta", allí entraba la "gente bien". Tenía asientos abatibles, muy duros, con brazos pero individuales. En una especie de segunda planta de más o menos tres metros de ancha y haciendo semicírculo sobre la platea estaba el "gallinero" con bancas generales, de madera burda, para el pueblo y muchachos poco adinerados (éramos todos).

Las gigantescas cerchas de madera tenían más de veinte metros de luz. El edificio se sostenía por finos listones de madera, tallados en sus esquinas y terminados en capiteles dóricos. Las ventanas y todo el segundo piso estaban asegurados con macanas de elegante y tradicional aspecto de casa colonial. El teatro en fin, era trabajo perfecto en madera fina de alrededores cordilleranos, hecho por abuelos del pueblo que sabían cual pieza servía para cada menester porque conocían su origen y la consideraban no un objeto sino un ser vivo dispuesto para ayudar al hombre. Esa madera artesanal, artísticamente trabajada resistió años, temblores y peso de lleno completo sin mínimo deterioro o peligro.

Recuerdo cuando se presentó Libertad Lamarque. No quedó espacio libre, el pueblo entero fue al teatro a ver, escuchar y admirar a la diva de entonces. Cupimos todos y el teatro aguantó. Medio pueblo quedó afuera oyendo por los altavoces la voz de aquella mujer excepcional. Otro pasaje vivido en esa época, era el cine de semana santa, nuestros padres, nos hacían vestir como para misa y nos enviaban al teatro a ver la Pasión de Cristo, una película muda, con mil cortes y debido a la escasa tecnología, pasada a velocidad de comic. En la cinta, Jesucristo subía al calvario al físico trote y nosotros, católicos, apostólicos y romanos llorábamos al imaginar tanto suplicio porque a decir verdad, la rapidez de la película producía en algunos risa y protesta en otros.

El maderamen de este cine resistió graves sismos sin la menor fisura, de allí, se formó especial credibilidad por el bahareque. Hemos visto casas viejas derruidas por la piqueta del progreso, de las cuales salen cuartones, tablas y vigas centenarias con la finura de su primer año.

El teatro Municipal era una de las pocas distracciones del pueblo; promocionó el cine mexicano en su época dorada; allí, aprendimos juegos de guapos contra bandidos y salimos cantando canciones de Pedro Infante, Jorge Negrete, Luis Aguilar, Pedro Vargas, entre los artistas serios. Entre los cómicos, aplaudimos a Tin-Tan, Cantinflas. El falsete fue envidiado e imitado por todos luego de las cursis cintas de Miguel Aceves Mejía. También el viejo teatro nos llevó a conocer la gracia de Rosita Arenas, la magia de María Félix y otras bellezas morenas de aquel México artista, no puedo dejar de mencionar a Tim Holt y Chito, Hopalong Cassidy, Roy Rogers, "guapos" del cine americano de quienes aprendimos a desenfundar con rapidez nuestras virtuales pistolas que no eran otra cosa sino nuestro dedo índice acompañado del sonido particular de cada uno para expresar el "Bang" del ilusorio disparo. El cine ficción de aquellos años corría a cargo de Buck Rogers con la película presentada como serie,(dos días), para sacarle más dinero, "Invasión a Mongo"; Tarzán el hombre mono, nos enseñó su temible grito y alentó la idea de imitarlo cuando hacíamos paseos en la escuela; para divertirnos, peleábamos contra imaginarios caimanes y leones de larga melena con fauces monstruosas y garras de acero. Del Capitán Maravilla conocimos cómo llamar los superpoderes gritando "Shazam". El teatro era centro de enseñanza, ilusiones, planetas, tierras donde el machismo acendrado nos hacía emprender tareas superiores a nuestra juvenil destreza. No recuerdo ninguna película tildada de mala o censurada pero, cuando llegaban al pueblo, habían sido recortadas por orden de curas católicos cuya influencia, en todo, era realmente marcada, regresiva y represiva al más depurado estilo inquisitorio.

A veces, como reverberando el tiempo, en la plaza, miro hacia el sitio donde el viejo teatro pasó con nuestros años chicos tantas horas de desvelo, esperando nuestra presencia cuando apenas lográbamos reunir los centavos para entrar a sus espectáculos, en gallinero, por supuesto.