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LA PULGA EN LA OREJA

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ESPECIAL - MENCIÓN DE HONOR
al director de La Pulga en la Oreja

Especial Mención de honorcalarca.net felicita al director de esta columna, doctor Juan de Jesús Herrera González, por el reconocimiento obtenido en el quinto concurso nacional para adultos mayores de 60 años: "Historias en Yo Mayor 5", pues con su relato "Erialet (La puta decente)", nos trajo al terruño un honroso cuarto lugar, luego de participar entre más de mil doscientos escritos. Dentro de los premios recibidos se encuentra su publicación en el libro oficial del evento y calarca.net no podía pasar por alto este acontecimiento por lo cual hemos decicido incluirlo en este espacio para el disfrute de nuestros lectores.

ERIALET (La puta decente)

"El amor que pudo morir no era amor" anónimo

Erialet, quien lo creyera, es nombre de mujer, exótico como la propietaria, quien a pesar de tantos años recuerdo como la prostituta de quien me enamoré siendo adolescente.

En los pueblos las historias comienzan y acaban sin pena ni gloria. No se puede ir más allá de límites parroquiales en cuanto a supuestos pecados que un mozalbete puede cometer porque "pueblo pequeño es infierno grande" y, todo, especialmente lo morboso se conoce tan pronto ocurre.

Los años a mis espaldas no llegaban a quince; trataba de acomodar mi personalidad y hacerme hombre en la época machista de los 60, cuando era documento imprescindible de varón tener novia, mujer o moza. La sexualidad era privada, cualquier manifestación, mal vista y censurada a nivel religioso y social con draconiana severidad. Erialet, para no olvidarla en otros recovecos, era mujer de aquellas que anduvieron el tortuoso camino de la "vida alegre", por necesidad, decía, cuando en su trabajo de mesera del café Bacardí, cruzaba palabras con el niño a quien miraba a veces compasiva por creerlo inferior y otras con decidido cinismo de quien por su posición resta importancia a su interlocutor que solo representa dinero o para decirlo en lenguaje llano, un cliente más. Por aquello del despertar del sexo, miraba con infinito deseo su cuerpo y belleza porque valga la pena aclarar, en esos pretéritos tiempos, las trabajadoras sexuales eran mujeres de cuerpo y alma grandes con valor para enfrentar esa sociedad pacata y oscura.

Recuerdo una tarde de canícula yendo y viniendo, como cada día por la calle real repentinamente sentí sed y lo más cerca para calmarla era aquel café Bacardí. Entré con temor de no ser atendido por mis cortos años, además, era flaco, sin gracia y sin la masa corporal requerida para reconocimiento como adulto. Al sentarme, sin pedir nada, me vi frente a una hembra de especial fisonomía preguntando: ¿qué va a tomar? No pude menos que tragar saliva, quedé deslumbrado, flechado y casi mudo ante su presencia. En instantes traté de resolver mi turbación e intenté una voz varonil que casi rasga mi garganta ¡una gaseosa bien fría!

A partir de ese momento no pude sacarla de mi vista ni del pensamiento que, a mi edad y un desesperado deseo de ser hombre encontré en aquel sitio donde podría negociar mi ingreso al selecto grupo de los machos porque mi vida había pasado entre noviazgos rosa, tragas de ojo y esquelas de colores para niñas de bien, a quienes solo podía tocarse cuando tuvieran edad suficiente para matrimonio, aval imprescindible para la relación sexual.

Erialet se convirtió en mi obsesión por extraña mezcla de pasión juvenil, amor a primera vista y ganas de adoptar un rol superior. Entré al submundo de las putas sin más bagaje que juventud e inexperiencia para afrontar situaciones varoniles obteniendo, a veces, rojo intenso de timidez en mi cara de catorce, aptos solamente para nadar en dudas y vacilaciones. Pasé largas noches intentando diálogos; la luna, mi cómplice, parecía bóveda de plata para mi incierto despertar amoroso. Los días esperanzadores tratando de conseguir recursos para ir al café, tomar alguna bebida, dedicarle canciones en la rockola y dejarle propina. Los ratos a su lado eran fugaces, cortos y lindos como sueños. Verla venir y sentirme atendido por ella era visión mágica, realidad llevada a leyenda donde mi ser sentía mezclarse mil cosas. Cuando se sentaba a la mesa para oír mis cortas historias con fondo trágico de tangos –su gusto particular– trataba de aprenderlos para atraerla por medio de la música, tan sutil y atractiva para las mujeres. Antes de ahondarme en aquel inmortal recuerdo debo confesar que mi cerebro romántico cuando el insomnio por su causa pintaba la noche en mis ojos creyéndola en cama con otro, inventaba poemas trágicos, épicos y cantaba en solitario silencio melodías como "yira–yira" que es igual a decir puta, puta.

En ires y venires hacia Erialet, encontré afinidades con románticos de la época entre quienes descollaba Julio Flórez con su poemario de lágrimas y pesadumbre, además, supe por aquel y, por ella, que amar es sufrir sin hallar consuelo ni recompensa. Inolvidable aquella tarde cuando un tinto caliente pasó por mi boca como fuego: Erialet, tomó mi mano izquierda en el preciso instante del primer sorbo, mi cara casi se calcina, mi garganta pasó el café aceleradamente, mi mano presa de la suya era un tomacorriente recibiendo miles de voltios que hacían temblar mi cuerpo. Como pude coloqué el pocillo en la mesa y petrificado, sin mirarla, mi mano intentó apretar la suya en gesto de agradecimiento y emoción sin límites. Cierto día llegué al café; estaba en una mesa con un hombre. Tomé mi acostumbrado lugar y esperé su atención; no llegó. Su compañera de turno se acercó a recibir mi pedido: costeñita, por favor. Dije indiferente. Sin dejar de observarla bebí el contenido en segundos y pedí otra, no podía creerme ignorado. Yo, su novio, amante virtual, admirador, fiel cliente, aquel quien a pesar de sus cortos años era capaz de dar su vida por ella, no podía verla, no atendía mis ruegos ni estaba presta a entablar charla con quien se había convertido en su amoroso esclavo. Cuando comprendí el asunto, mi alma hecha girones cayó como cristal rompiéndose en el frio suelo en partículas ínfimas, intenté salir corriendo pero mi hombría y ese acendrado machismo de antaño hicieron que optara por sufrir el terrible momento sin chistar sintiendo en lo más profundo arraigarse un sentimiento nuevo llamado celos, peligrosos como la ira de aquel instante porque otro hombre, adulto de verdad tenía a Erialet bajo su influjo. Ella lloraba mientras un tango golpeaba mis oídos y llenaba de rencor mi alma joven; él, parecía subyugarla y tenerla a su merced, yo callé ante aquel espectáculo en el cual mi dolor se volvía ira, frustración y complejo. Cuando la situación se volvió intolerable salí del café con idea de no volver, apretando los puños salté a la calle sin mirar atrás. Luego de varios días regresé; su saludo fue cálido, especial; su voz sonó a gloria cuando me dijo: te he extrañado. Sin mirarla respondí: tengo mucho que hacer, mentí para salir del paso, en mi interior quería gritar lo mal que pasé viendo cómo un hombre que no la amaba la hacía llorar y yo, enamorado peleaba con mi almohada secretos nunca expresados y mil cosas bellas inspiradas por su amor. En casa no tenía sosiego, mi madre repetía a viva voz: "este muchacho quien sabe dónde se meterá, no come, no estudia, no sirve para nada". No escuchaba. Mi sentimiento estaba lleno de ella sin dejar espacio para nada ni nadie. Y ella, en este instante me volvía la vida, diciendo que había extrañado mi presencia, me hizo sentir de nuevo hombre con capacidad para pedirle cosas difíciles en un adolescente tratando de salir a la superficie en ese mar de machismo donde yo, oficiaba como aprendiz frente a una mujer con años y mundo suficientes para burlarse de mi inspiración y sueños de poeta que ya incendiaban mí alma romántica y sola. Sus palabras fueron magia, de nuevo anduve merodeando su trabajo y hablando con ella cosas imposibles de realizar, menos aun cuando mi futuro parecía ser maestro de algo porque mi padre sugería aprender un arte y en aquellos tiempos era posible ser sastre, ebanista, mecánico o empleado público. Pensaba entonces ¿cuál sería mi destino?, a esos años, sin posibilidades, me encontraba enamorado de una mesera de café mayor en edad y cuerpo. Cuando amigos infidentes me armaban corrillo, es –puta pero decente–, les comentaba. Esta frase era anatema porque padecíamos épocas de oscurantismo religioso plagado de dogmas prejuicios y honduras teológicas que aún hoy no entiendo porque las cosas de religión no encajaron jamás en mi haber cerebral, por esa razón, Erialet, era inmune a comentarios o reclamos de mis padres, condiscípulos o maestros. Cierta vez alguno hizo chisme al grupo de chicas donde una de ellas esperaba mi declaración, desde ese momento aquella linda criatura no volvió a dirigirme su mirada y menos aún sus palabras; desde allí fue para mí tempano inalcanzable.

Erialet, llegó cuando la sexualidad aparecía con su grito febril por mi cuerpo; ella, me mostró caminos de manera magistral sin frustrar mis sentimientos ni romper esquemas que fue elaborando hasta el día cuando me enseñó lo que un hombre hace sin necesidad de procrear y, en eso, era aventajada. Me llevó a su humilde cuartito, en primera instancia me invadió la tristeza por su pobre condición y la forma como aceptaba su destino, sus carencias y las pocas oportunidades que la vida le brindaba a pesar de ser realmente bonita, pulcra, sin adicciones pues, no bebía, no fumaba ni aceptaba a cualquier individuo. En ese lugar se respiraba seguridad, limpieza y los cuadros religiosos impedían ser grotesco. Estaban por todos lados con su correspondiente veladora. Me inició en el sexo rodeado de esoterismo, iconos, novenas de santos y camándulas. La casita era de bahareque y su cuarto siendo del mismo material no amenazaba ruina como el resto, por el contrario contrastaba con todo lo demás de esa casona de inquilinato; no estaba en la zona de tolerancia como se denomina en pueblos el lugar designado por decreto para buscar placer fuera de casa, por esa razón llegar al cuarto de Erialet, no era una odisea el pésimo alumbrado público servía a maromas de quienes intentábamos alguna aventura evitando que el chisme corriera como lava hirviente por las calles. Aquella noche de aquel día con mi flaca humanidad y mi gigantesca timidez, recibí la gran lección de una mujer de mundo convertida en manojo de flores para no herir mi novatada y darme con delicadeza infinita clase de sexualidad plena de cosas bonitas como ella.

No quiero ahondar el asunto porque convierto este cuento en narrativa erótica común; simplemente, Erialet ayudó a definir dudas adolescentes convertidas en barrera infranqueable cuando no tenemos a alguien para pasarlas y quedar ilesos. Su grato recuerdo no permite colocarla en una historieta sexual común y corriente. Su paso por mi existencia me enseñó que el sexo cuando lleva sentimientos y afecto no es pecado.

Después de varios meses de escabullirme a su cuartito en medio de la opacidad de las noches, comencé a visitarla con menos asiduidad. Ella lo entendía y alentaba sin problemas diciendo: "los hombres son así y tú, eres y serás como ellos". Un día de julio, precisamente en mi cumpleaños me regaló pañuelos blancos porque los hombres deben usarlos de ese color para que tengan algo limpio en su vida, dijo. Me invitó a su casa, destapó una botellita de vino barato. Me pareció excelso por venir de ella y acordarse de mi fecha. Celebró mis quince de manera tan especial que a través de mis años recuerdo aquel dulce denominado por ella "ponqué", me supo a gloria por ser mi primera fiesta privada donde ella y yo distanciados por edad y otras cosas, encontramos en el sexo bien entendido fuerza para romper talanqueras sociales, prejuicios y acabar con las diferencias de unos y otros por edad, profesión, sexo o dinero. Esa noche viene y va cuando por algún motivo tengo oportunidad de tener una mujer entre mis brazos, ella con delicadeza extrema grabó un mensaje amoroso imperecedero. Después de aquel encuentro maravilloso cuando creía haber forjado un sentimiento especial, similar al nacido y agrandado en mi alma por sus encantos y sutilezas, volví tras una semana de ausencia, quise verla, no la encontré en su sitio de trabajo, pregunté al dueño del establecimiento dijo: "ayer pidió su liquidación y no creo que aparezca por estos lados nunca más" fui a su casa expectante. No pude tocar. Alguien en la puerta terminaba labores de aseo general.

– ¿¡Dónde está Erialet!?

– ¡No sé nada!, me mandaron a limpiar y colocar este aviso: "SE ARRIENDA POR MESES O POR NOCHES".

JUAN DE J. HERRERA GONZÁLEZ