Por: Janet Duque Cuéllar
La sensibilidad del sentir de Jaime Lopera va más allá de su afición por la disciplina,
especialmente por sus obras llenas de ternura como la del hombre
amigo, escritor, historiador y político, obras donde celebra la realidad social, la exaltación
de los sentimientos nobles, la originalidad, porque le interesa hacer resaltar la auténtica
calidad humana. Esta doble acepción, de la sensibilidad de una parte, y la disciplina, de
la otra, hace de sus obras nuevos elementos rectores.
La rica fantasía, la profunda humanidad, el manifiesto conocimiento de las ciencias humanísticas
y clásicas que demuestran todas sus obras, pone en evidencia que Jaime Lopera está en estrecha
vinculación con el culto mundo del humanismo.
¿Quién es Jaime Lopera Gutiérrez?
— Toda autodefinición es un peligro. Pero me defino a mí mismo como una persona familiar, amiga de
sus amigos, tolerante, inconforme, inquieto, curioso, con humor, versátil, asertivo, un espíritu
libre y un cinéfilo voraz.
¿Le debe algo de su formación cultural a un profesor de primaria o bachillerato?
— A don Gonzalo Gutiérrez, el esmero por la escritura, y al padre Alzate mi afecto por la
filosofía.
¿Qué le aportaron sus padres y familiares en cuanto es usted como escritor?
— Mi madre me hizo gozar la pintura y a la música (ella cantaba, con voz de mezzosoprano, El Dúo de
la Africana, de la zarzuela del mismo nombre de Fernández Caballero); de mis tías maestras,
Carlota y Teresa, la pasión por enseñar. A mi padre le gustaban los tabacos, las noticias y los
viajes: recuerdo uno con mi hermana Cecilia en el vapor David Arango, por el río Magdalena, desde
La Dorada hasta Barranquilla. Ese mismo barco lo evoca García Márquez en una de sus novelas.
¿Primer libro que leyó?
— Los cuentos de los hermanos Grimm. Luego disfruté un librito sobre las aventuras de Sandokan, del
escritor italiano Emilio Salgari.
¿Qué personaje literario le ha impresionado a lo largo de su vida?
— Muchos. Por ejemplo, John Shade, el poeta de Pálido Fuego. Los personajes de Benjamín Baena Hoyos
en su espléndida novela El Río Corre hacia Atrás. Sam Spade, el detective de Dashiell Hammett, que
Humphrey Bogart lo convirtió en un icono del cine. Después me pasó con Ian Fleming lo mismo.
¿Cuándo comenzó a escribir y qué géneros fueron sus preferidos?
— Mis primeros pinitos como escritor los hice en un semanario Rojaspinillista de Calarcá de cuyo
nombre no quiero acordarme.
¿Dónde publicó sus primeros textos?
— En una gacetilla que se publicaba en Calarcá por Procivismo, eje del movimiento cívico de los
picapiedras. Luego en La Patria, de Manizales, donde me publicaron algunas notas gracias a Héctor
Rojas Castro.
¿Quiénes reconocieron su trabajo literario en un comienzo en el Quindío?
— Primero que todo, una barra de amigos con Adonías Rey, Fabio Botero, Nelson Mora, Bernardo Mejía
y Marco Tulio Betancourt. Por aquel entonces gané un concurso sobre la historia de Calarcá, que
dio origen a mi libro sobre La Colonización del Quindío,
publicado por el Banco de la República en el centenario de fundación de la ciudad.
¿Y a nivel nacional quiénes vieron en usted un escritor representativo?
— Bueno, como representativo, nadie. Pero comencé como reportero en La Calle, un órgano del MRL,
bajo la dirección de Ramiro de la Espriella. Luego colaboré con una columna en El Diario de
Medellín, en Colprensa, y otra en Semana, puro trabajo periodístico. Cuando empecé a publicar
reseñas de libros en la revista Eco, el señor Buchholz me dio su confianza y el poeta Nicolás
Suescún toda su orientación.
¿Sus autores predilectos cuando niño?
— Aparte de las parábolas europeas de los hermanos Grimm y Andersen, me llegaron al alma las
fábulas de La Fontaine. Más adelante fueron los cómics que leía a hurtadillas en el desván de la
casa del negro Concha.
¿Sus autores predilectos en la adolescencia?
— En primer lugar, El Tesoro de la Juventud; luego los libros de Doc Savage, Bill
Barnes, La Sombra y Dick Tracy que leía en la revistas Peneca y Billiken de
Buenos Aires. Más tarde, los mexicanos Alfonso Reyes y Octavio Paz, y los formidables textos de la
revista Mito que me abrieron los ojos hacia Sartre y Bataille.
¿Sus autores predilectos en la época de madurez literaria?
— En primer término, Borges; luego las revistas Nexos y Vuelta donde escribían
latinoamericanos y europeos como Arreola y Monterroso; posteriormente
mi enorme adicción por Nabokov; y finalmente Savater, Foster Wallace
y recientemente Vila-Matas. No puedo dejar de mencionar a Gabriel Zaid, un ensayista mexicano
que me revolcó las formas de este género.
¿Estudios realizados?
— Estudie derecho en el Externado de Colombia, pero siempre desistí de graduarme. Luego no me
importó porque derivé hacia el Desarrollo Organizacional, DO, tema con el cual innovamos muchísimo
en materia de administración de empresas.
¿Cómo define la literatura?
— No existe definición alguna que abarque las inmensas posibilidades de la creación humana. Me
remito a Wikipedia donde dice que es el arte que utiliza como instrumento la palabra.
¿Primer libro publicado?
— Gracias a Manuel Mejía Vallejo, dueño de la editorial Papel Sobrante en Medellín,
publiqué allí mi primer libro de cuentos, La Perorata, en 1967. Treinta años después
encontré, con sorpresa, una copia de ese mismo libro en una biblioteca
de obras latinoamericanas en Tokio.
¿Además del género literario qué otros géneros le caracterizan como escritor?
— El periodismo, el ensayo administrativo, la cuentística, las historias de formación, las reseñas
de libros, la poesía y ahora entrando en la novela corta. Una vez, en la más larga fiebre por el
cine en la revista Guiones con el sevillano Armando Buitrago (Ugo Barti), me dio por
escribir guiones, pero me derrotaron otros intereses.
¿En qué lugar y época se inicia su carrera política?
— Mi primer discurso en plaza publica, en la plaza de Bolívar de Calarcá con Hernán Valencia, fue
el 10 de mayo cuando cayó la dictadura de Rojas y salimos los jóvenes a celebrar el acontecimiento
a pesar de un alcalde anapista que corrió a censurarnos. En realidad, mi vida política fue en el
MRL que en aquellos años me hizo concejal calarqueño y diputado suplente en Cundinamarca.
¿Políticamente cómo se define y cuál ha sido su orientación ideológica?
— Mis ancestros liberales me hacen un socialdemócrata malogrado;, mejor, un discípulo de Richard
Rorty y un aficionado al sistema político de John Rawls y Castoriadis. Es decir, una ideología
progresista que me acompaña a todos los lados cuando, por ejemplo, me defino como un agente de
cambio organizacional.
¿Cargos desempeñados dentro y fuera del Quindío?
— Los principales públicos: jefe del Servicio Civil, director de la Esap, gobernador del Quindío,
Ministro. Los privados: gerente de la Nueva Prensa, secretario de Afidro, director de D.O. en la
Organización Corona; gerente de Recursos Humanos de la Flota Mercante Grancolombiana y
Representante de la misma en el Mediterráneo (España, Francia, Italia). A mi regreso al país, abrí
mi firma de consultoría, Konsultar Asesores, que todavía me ayuda para el mercado dando
entrenamiento y asesorías.
¿De cuál de estos cargos se enorgullece más?
— Indudablemente, los siete años en Corona de donde salí convertido en lo que soy como persona.
Aprender de las ciencias del comportamiento humano, y por esa afinidad conocer a mi actual esposa
y colega en los mismos menesteres.
¿Al político lo formó el escritor, o por el contrario, el escritor nació del político?
— Se nutrieron recíprocamente. En el Café Excelsior, de Bogotá, alternaba con escritores como Jorge
Gaitán Durán, Eduardo Cote, Alfonso Hanssen y Hernando Valencia Goelkel, con López Michelsen,
Álvaro Uribe Rueda, Iván López Botero e Indalecio Liévano. Esa fue una mixtura muy rentable para
mi desarrollo personal. Era entonces un muchacho provinciano metido a grande que adoptó muchas
costumbres bogotanas como el corbatín y el saco cruzado. En Bogotá viví treinta y ocho años; a mi
regreso al Quindío, apenas llevo diez.
¿Con qué políticos Colombianos tuvo usted amistad?
— Soy un jubilado de López Michelsen, mi único jefe político en toda mi historia; pero viví de
cerca los gobiernos de Belisario y Virgilio Barco, quienes me distinguieron con importantes cargos
públicos y con su amistad. Con Benjamin Ardila vimos a López en Anapoima, un mes antes de morir, y
creo poder confirmar su aprecio por mi.
¿De igual manera, qué escritores internacionales ha tenido la oportunidad de tratar?
— Un breve saludo con Borges en Bogotá; con Augusto Monterroso en una visita que nos hiciera a la
revista Pluma; la presentación que hice de Fernando Savater en el Teatro Yanuba de
Armenia; y un saludo de mano con Ernesto Sábato en un café de Buenos Aires. A Fernando del Paso lo
conocí en una feria del libro, y me perdí de una entrevista suya porque no llegué a la casa de
Antonio Montaña en Chía.
¿Cuándo descubrió el minicuento?
— En 1965, leyendo a Borges, Juan Rulfo, Marcel Schwob, Enrique Anderson Imbert y Juan José Arreola.
Hice una antología personal de esos autores y desde entonces advertí que ese género de narrativa
no me era del todo ajeno; lo sigo cultivando y tengo por lo menos tres libros inéditos con cuentos
cortos.
¿El escritor Umberto Senegal señala que usted fue el primer cuentista Colombiano en publicar
un libro completo de minicuentos, qué opina al respecto?
— Es un hallazgo de Senegal que me emociona, sobre todo porque lo ha escrito y divulgado en varias
partes. No niego que me halaga, pero ahí está Luis Vidales como precedente. Si estoy en alguna
antología, como las de Kremer/Bustamante y la de Rebetez, es porque ya existe ese reconocimiento
que me propició Umberto.
¿Qué acogida tuvo su cuento La Perorata por la época que se editó, entre los cuentistas
Colombianos?
— En el círculo de los amigos de Papel Sobrante, la editorial de Medellín que me
publicó ese libro, Óscar Hernández y Darío Ruiz Gómez me hicieron muy elocuentes comentarios.
Luego Mario Rivero, en Golpe de Dados, haciendo una excepción porque allí sólo se
editaban poemas, me publicó una selección de otros cuentos.
¿Qué libro de cuentos viene después de esta obra?
— Vino después, en 1986, el Minotauro Insólito, de la editorial Pluma, de cuya
edición ya no quedan ejemplares. Hace tiempo tengo lista una colección de cuentos eróticos, El
Copulario, que algún día me decidiré a publicar en estos contornos. Ahora estamos preparando
un nuevo libro para Planeta, del corte de La Culpa es de la Vaca, que me ocupará muchas
horas este año. De este género, ya son siete los publicados por Intermedio y todavía no salgo de
mi asombro sobre los ejemplares vendidos.
Son notorios los hábitos de grandes escritores cuando escriben. Cuáles son los suyos, ¿Tiene
una manía particular cuando se sienta a escribir?
— Soy como los perros, que dan vueltas y vueltas antes de echarse. Mi inestabilidad literaria es
proverbial. Escribo notas a mano, o en cuadernos, que después voy pasando al computador; las dejo
madurar y luego de varias semanas vuelvo a olfatear ese cocinado para ver si ha quedado
decente.
A propósito de lo anterior, ¿Corrige mucho aquello que escribe?
— Si, corrijo mucho por respeto a los lectores. Me ayudo de diccionarios y del Internet, y no le
temo a la crítica literaria porque nadie es perfecto.
¿Qué papel desempeña la inspiración en su obra?
— Todo. Camino con cuadernillos y lápices por todas partes, y mi esposa me ayuda tomando notas
cuando voy conduciendo. En mi mesa de noche hay una libreta que, de repente, en la noche, se llena
de garabatos sobre un pensamiento que me desvela.
Como historiador ¿En qué corriente se incluye usted para desarrollar sus métodos de
investigación?
— Soy apenas un amateur, pero sigo las rutas y métodos de Marc Bloch y Jaime Jaramillo
Uribe, primordialmente. No obstante, antes de publicar investigo mucho, a veces demasiado, como si
no atreviera a opinar de un tema sin un respaldo conveniente. Esa manía a menudo me esteriliza,
porque hay afuera muchos profesionales dando ejemplo de estudio y penetración.
¿Cuáles son las virtudes literarias de Jaime Lopera?
— A veces creo que la síntesis, pero esa no es una virtud sino un pecado para los narradores. Soy
una mezcla de muchos estilos e influencias, como casi todo el mundo, así que no podría decir a
cabalidad que posea un estilo propio. Otros podrán decirlo, yo no.
¿Qué le critica usted a la literatura Quindiana de su generación?
— No existe, que yo sepa, una generación quindiana en la que pueda
inscribirme. A mi edad, pasado el séptimo piso, solo me queda pensar
en alguien como Darío Botero Uribe en filosofía, o Guillermo Sepúlveda en la poesía. Estamos
en mora de un debate sobre el alcance de la literatura quindiana en el panorama regional
y nacional, pero por anticipado creo que nuestros nombres emblemáticos son muy pocos.
Me interesa mucho conocer una definición suya, personal del minicuento?
— El subgénero del minicuento suele ser definido a partir del número de palabras, pero hay un
mínimo de atributos: una presentación de los personajes, el desarrollo de la historia y un final
inesperado. Es posible decir que en el breve espacio de 50-500 palabras muchas situaciones pueden
crearse, con resultados insólitos o imprevistos. Un poema haiku a veces lo parece; un
poema breve y descriptivo también.
¿Sus peticiones sobre la devolución de tesoros aborígenes a España, ha tenido alguna respuesta
positiva?
— Esta es una lucha solitaria de años. El gobierno de España es silencioso, y nuestros diplomáticos
no pelean con la madre patria. Pero la opinión mundial está con estas repatriaciones, y hasta la
UNESCO nos sigue los pasos.
¿Podría explicarnos con más amplitud acerca de este importante trabajo que usted se propone
para recuperar las valiosas piezas precolombinas que tiene España en su poder?
— Por la vía diplomática, cero. Por la vía de una acción popular, muy pronto el Gobierno actual
tendrá que pronunciarse a favor del rescate del tesoro.
Amanecerá y veremos. Pero tenemos ya abogados internacionalistas ocupados de encontrar una salida
jurídica comparada que a su tiempo deberá tener un escrutinio popular.
¿Cuál es más importante para usted el cuentista o el historiador?
— Desde siempre, la literatura predomina en mis lecturas y en mis escritos. Escribo y leo todos los
días, pero predominan mis intentos de hacer ensayística y narrativa. Pero, por ejemplo, mi columna
periodística en La Crónica sólo contiene opiniones ocasionales, y a veces creo que no influyen
para nada en esta tierra.
¿Qué escritores admira en esta etapa de su vida?
— Sin ninguna duda a García Márquez. Pero me gustan mucho Vladimir Nabokov, cuya obra completa
poseo en diferentes ediciones; Vila-Matas en España; y Paul Auster en EEUU. Ahora mismo estoy
disfrutando a Julio Cesar Londoño, Héctor Abad y William Ospina, que sacan la cara por los
colombianos. Aquí entre nosotros, me descresta el rigor de Carlos Castrillón.
¿Alguna obra de la literatura universal que valga la pena leer?
— Fuera de Cien Años de Soledad, solo recomendaría a Borges, los ensayos de Octavio
Paz, y la obra poética de Fernando Pessoa y de Antonio Machado. Los norteamericanos Shepard y
Carver me seducen, pero no conozco toda su obra.
¿Qué se le dificulta como escritor?
— La concentración necesaria para seguir, seguir y seguir hasta quedar contento.
¿Qué significa dentro de su producción literaria obras como La Carta a García y La Culpa
es de la Vaca?
— Ambos son libros de compilaciones. Se trata de una tarea didáctica, que ha llegado a multitudes,
donde mi pensamiento sólo se encuentra en el criterio de selección. Con mi esposa y coautora
creemos que nuestros mensajes tiene un valor intrínseco y que mucha gente los ha recibido como
ayuda.
¿Qué proyectos tiene y desarrolla en la actualidad?
— Tengo en marcha una nouvelle que, como tal, es pasar de los cien metros planos
(el cuento) a la media maratón (novela corta). Cuando rompa la cinta de la maratón (la novela),
si llego, podré sentirme realizado. El libro comienza con el accidente en que murió Gardel,
con un testigo vivo de la tragedia que cuenta toda su historia.
"A quien no aprende con los padres, le enseñará el mundo".
A da Silva Costa |