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LA PULGA DILETANTE
 EDITORIAL

Nuestra idiosincrasia no definida aún porque no sabemos cómo es el calarqueño medio, apunta a decirnos mezcla de varias razas cuyo enclave por efectos de la cordillera nos asentó en una ladera andina reguladora de tránsito y a la vez del clima tórrido de nuestro país. Nuestra mixtura racial hizo fácil conjugar en nuestras calles de principio de siglo verbos traídos en la mochila boyacense, en el costal antioqueño o en la talega caucana, por calles, los asentamientos eran muestra de la diferencia y aún hablando la misma lengua se oían vocablos con igual significado pero con la propiedad de escudar y mantener viva la raigambre de cada región, por la calle de Fusa era potaje, en Las Palomas sopa; el sábado por única ocasión era indiferente tomarse unas polas en la plaza donde se confundían ruanas con ponchos en intercambio de fríjoles por legumbres y papa por panela o sal. Así creció nuestro pueblo, así se hizo fuerte una individualidad acerada que aún impide asociaciones y desarrollo. Calarcá como ninguna otra ciudad descansa antes o después de la dura falda cordillerana, según vaya o venga, y tiene en sus gentes, la timidez del oriente, el vigor de la montaña y la bravura caucana, nuestro pueblo amasa sin perder su esencia lo mejor de la patria entre versos y oraciones, entre guamos y chapoleras, entre esperanza y nostalgia, nuestro pueblo es muestra inefable de convivencia étnica pero con las trincheras que la idiosincrasia de cada región esculpió en cada ser.

 NO LLEVEN ESE VESTIDO A LA LAVANDERÍA

Jaime Lopera

Jaime Lopera es conocido en todo el país, y aún por fuera, dado el éxito editorial alcanzado por su serie sobre la culpabilidad de la vaca, un trabajo realizado con Martha Inés Bernal, su esposa. Su desempeño en la narrativa, en términos literarios, ha sido un tanto opacado por el trabajo que le imponen las editoriales ante el auge en las ventas del género de la autoayuda.

Sin embargo, Jaime Lopera ha decidido soltarle los cuernos a la vaca y dar a conocer un libro de cuentos eróticos con un título insuperable: COPULARIUM. De ese libro hemos extraído el cuento que publicamos hoy. El libro de este calarqueño será presentado en sociedad durante el V Encuentro Nacional de Escritores de Calarcá, en agosto de este año. (Libaniel Marulanda)

Cuando ella lo dijo, ya la madre lo sabía todo.

"No se lo lleven, añadió, porque vamos a necesitarlo más adelante y sería un desperdicio esta oportunidad". La chica no dijo nada y más bien pareció resignarse a su suerte.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, la señora sentenció:
"Mira, hija, no podrás hablar de esto; nadie debe saberlo, ¿comprendes?, nadie". La chica no respondió nada y más bien pareció resignarse a su suerte.

Por la tarde, la chica naturalmente rompió con la advertencia de su mamá, y por teléfono le contó lo del vestido, y todo lo demás, a una amiga con la cual se confesaba. Esta, engañando la ingenuidad de la chica, nunca le mencionó que su contestador automático funcionaba mientras hablaban.

Cuando el escándalo salió a la luz, la soplona, una rubia deslucida y antipática, estaba bajo la ducha de su casa. Como le entusiasmaba provocar para sí esa clase de fantasías, la sensación de júbilo que la invadió fue de tal naturaleza que pudo con seis orgasmos tibios en esa sola función.

La chica, que ignoraba las visiones sexuales de su amiga, en aquel mismo instante le hablaba al oído de su habitual amante: "Me gustan los hombres bien maduros, Ken, ya te lo dije, así que no tienes por qué sentirte celoso: sí, él es más joven... pero te aseguro que nada malo ha ocurrido entre los dos."

Ese día la chica le obsequió al hombre un tabaco cubano en recompensa por lo juicioso que se había manejado después de haber amado —con su boca de becaria— el árbol de los deseos de aquel tortuoso sujeto.

 MEMORIAS PREMATURAS

Ángel Castaño Guzmán

No obstante los avances en las telecomunicaciones —basta un vistazo a la pantalla del computador para enterarse al instante de las pequeñas desgracias del bestiario pop—, supe tarde del óbito de Noel Jaramillo. Ello explica mi silencio, interpretado, no faltan los maledicentes, como señal de ingratitud. La familia de Noel, Esperanza, tierna esposa que en los últimos años del maestro refrendó la pertinencia de su nombre, conoce bien la dimensión del aprecio y la amistad entre el más conocido sonetista nacido en estas coordenadas y quien esto escribe. La risa de Noel, a un paso de la estridencia, no suena en los cafetines frecuentados desde la adolescencia ni su estampa bohemia asusta a niños y monjas con la conjunción de una barba montaraz y dos carbones encendidos a centímetros de la aplastada nariz. Su muerte, no hay duda, es el punto final de una generación amante de adjetivos caídos en desuso y los puntilleos del tiple aguardientero. Es la certeza cotidiana de la carne arrastrada por una avalancha de blancos relojes. Antes de darle rienda suelta al grecoquimbaya agazapado en el inconsciente, narro dos anécdotas compartidas con el bardo hoy trocado sombra.

Lo conocí a finales de los ochenta, en la presentación de Anaconda, revista a cargo de Juan Aurelio García. Su sólido prestigio comarcano, ganado a pulso en antologías y recitales, se traducía en el rigor de una vestimenta venida a menos con la aparición del jean. Un barniz de celebridad, nunca recuperado, me cubría entonces: el fallo de un concurso de poesía me elevó del anonimato de los quince años a la comodidad de cenáculos y el cruce de miradas con ninfas de rojas lunas. Noel, galán de tiempo completo, escogió, terminado el evento, a una poetisa venida de Sevilla como botín merecido después de dos extenuantes horas de poemas vanguardistas y pretensiosos haikus. Ella, morena de generoso escote, puesta en la frontera de mis ambiciones, se apiadó de mi no disimulada admiración de su geografía apenas cubierta con el añil de un audaz vestido. Así, presas de la testosterona y los estrógenos, terminamos en un restaurante los tres. Noel y yo maquinando estrategias para provocar la renuncia del otro mientras la poetisa, ahora dudo si no era el ensayo su campo de acción, disfrutaba contemplando la batalla generacional. En un momento de la cena, la balanza se inclinaba a favor de Noel, tres décadas imitando las poses chulescas de Humphrey Bogart no pasan en vano, un desliz, casi un parpadeo de la mala fortuna, fue la semilla de nuestro cariño y el sonrojo de la Venus retocada en el quirófano. En franca demostración de sus dotes declamatorias, Noel me hizo blanco de sus dardos. Poeta, aprenda a pronunciar las vocales. Mire, a, e, i, o, u..., decía exagerando las muecas. Repita conmigo, poeta. Al abrir la boca para emitir el sonido de la a, la caja de dientes cayó en el plato de sopa, provocando la contracción risueña de los labios de la musa.

La segunda anécdota acaeció hace tres años, cuando las medallas, obtenidas en juegos florales y demás justas líricas, fueron vendidas a un bribón para la compra de víveres. La envidiable colección de libros, conseguida gracias a la asombrosa facilidad de sustraerlos de casa de amigos y librerías de viejo, fue paulatinamente desmontada. Una edición de Salambó, de Flaubert, por ejemplo, era cambiada por un costal de arroz. No siempre la suerte sonrió. Recuerdo la imagen con la nitidez de una escena cinematográfica: un día le llevé a Noel el ejemplar de una compilación de ensayos, impreso en los talleres litográficos de la Universidad del Quindío. Lo tomó con sus alargados dedos de uñas cuidadas y, ante mi asombro, abrió la nevera y lo puso junto a unos tomates envejecidos.

 LETRA NUERTA

Juan Aurelio García G.

Nosotros juzgamos la apariencia
y Dios es maestro de las cosas escuetas
Yalal al-DinRumi

Qué peso tenaz
el que tienen los poetas cuando mueren:
no puede dios cargarlos, reciclarlos
tan pesados como andan de metáforas

Qué moles colosales e infladas
como falsos gulliveres en la tierra
de los dioses enanos
qué tormenta en un vaso de agua
la muerte de un poeta que pensaba
de un amasijo de carne y palabra descarnada

Ignora uno qué es poema
y qué hueso
con memoria de nervio
desgarbado y trashumante

¿Qué vuela todavía de un poeta cuando muere?

Lo sabríamos tan sólo por los buitres
que se acercan primero desconfiados al cadáver
y quién sabe por cuál prodigio
con sus buches llenos
se elevan tan airosos por los cielos
del relleno sanitario.


"No hay nadie como los poetas y las mujeres para saber tratar el dinero como se merece."
Abel Bonnart

 BAGATELAS DEL VIEJOGUTI

Néstor Gutiérrez Henao

Haciendo las veces de caja de resonancia a la canción de Nicasio Safadi que con ritmo de pasillo tituló "La canción del Regreso", también he vuelto a mi ciudad y me he sentido extranjero. Las caras conocidas, las de entonces, están ausentes o ya no son y el arrume de saludos y abrazos del equipaje, regresa inédito. Y si bien los diez años a que alude la canción son en mi caso lustros, es inevitable ante el encuentro con el pasado, vivir y sentir en un instante torrentes de recuerdos y emociones que creía olvidados.

De la Villa del Cacique a la Bella Villa que fue en mi itinerario el destino final, como el de otros tantos Calarqueños que sí dieron y dan lustre por sus méritos al natal terruño, por sus desempeños en la metrópoli paisa, he vuelto a pasar y recorrer sus calles. Tenía además la misión, encomendada por mis herederos de llevarles fotos actualizadas de la tierra de sus mayores, pues Calarqueña es también mi esposa.

He traído de regreso un buen registro digital, pero me abstuve, avergonzado, de captar el costado occidental de nuestra querida Plaza de Bolívar. Bueno... ignoro si el paso de tantas administraciones y reformas le habrán cambiado también su nombre. Pues sí, sentí vergüenza ajena por el estado de las fachadas de lo que fueran la Farmacia de Los Mora y la otrora sede del Club Quindío y su inefable café Granada, cuya mole sustituta desentona por abandono con el resto de estructuras, bien mantenidas y cuidadas, que enmarcan la plaza, lugar de referencia citadina, vitrina de la ciudad para el visitante. ¿Y qué decir del monumento que recibe al visitante o pasajero en tránsito a la entrada de Ibagué, que tendrá que llevar en su retina un testimonio de abandono?

Abusando de la invitación de La Pulga y el espacio que me abre, invito a la autoridad correspondiente a velar por La buena imagen de nuestra querida Calarcá.

 DAMA DE LA PALABRA

Juan de J. Herrera González

Para Argelia Osorio

Tus manos de mágica tersura
esculpen por igual y sin igual
la rosa rendida en terciopelo ...
Colores encendidos de heliconias
y el secreto núbil de la orquídea.

Tus manos de eximia gallardía
dirigen cual sabia mariposa
versos, canciones, palabras, razones,
salidas del jardín donde cultivas
las exóticas flores del amor.

Tus manos describen arreboles
cuando tu voz de alondra enamorada
convierte el silencio en melodía
zurces al aire oraciones encantadas y cambias
estrellas por mundos de hidalguía.


"La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral."
José Vasconcelos

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